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lunes, 5 de octubre de 2015

DOS BAZARES DE ASOMBROS, Carmen Villoro

 
El joven rector de la Universidad de Querétaro. Foto: Archivo familiar

Conversaciones supremas del poeta con sus lectores.
Ofrece en sus páginas un mundo de tesoros desconocidos.
Carmen Villoro


Esbozos y miradas
Hugo Gutiérrez Vega tiende para nosotros un bazar de curiosidades y delicias que ha ido coleccionando a lo largo de sus tardes de lectura, sus viajes, sus experiencias como teatrero, diplomático y poeta, sus largas charlas de sobremesa en fondas, restaurantes y casas de gentiles amigos. La amistad parece ser la fuente de donde todo brota: recuerdos que son tesoros, objetos valiosos de este bazarista que ahora los comparte con nosotros, sus asiduos lectores.

La primera mesa del bazar es la más grande. En ella se exponen voces de diferentes tamaños, tonos, texturas. Encerradas en cajitas de papel, en pequeños cofres con el interior de terciopelo y cubiertos por la pátina de los años, envueltos en la suavidad de las telas de la memoria o frescas y aromáticas como flores o trufas recién cortadas y servidas en platitos de porcelana. Algunas voces nadan en pequeñas peceras de cristal; otras han sido atrapadas en jaulas de hierro forjado. Cada voz viene acompañada por un boceto del personaje en cuestión; así, el visitante de este singular bazar puede llevarse en el bolsillo el canto pausado de la poesía de Gorostiza, los sonetos eróticos de Efrén Rebolledo, las imágenes de Copí encerradas en un teatrito de juguete, los cuentos cinematográficos de Luis Tovar en una de esas cajitas con negativos dentro y una lupa donde uno pega el ojo mientras con el dedo índice presiona una palanquita. Nuestro bazarista Hugo Gutiérrez Vega despliega ante nosotros las palabras de Juan José Arreola y Jorge Cuesta, de Agustín Yáñez y Juan Bañuelos, de Sylvia Plath y de Pablo Neruda entre muchos otros. En una esfera de luz gravitan los versos de Eliseo Diego; ahí dentro se ha detenido el tiempo y las cosas de la vida simple adquieren su dimensión sagrada.
En la segunda mesa de este bazar nos esperan las sabrosuras. Servidas en sus barros regionales están las descripciones y las recetas de Ana Benítez Muro quien rinde homenaje a Lupita Pérez San Vicente, estudiosa de la gastronomía de nuestra cultura. Dibujando la rosa de los vientos sobre la mesa, al norte se sitúan la machaca y el cabrito; la riñonada y el chile con queso; las gordas de harina y los dulces de nuez. Acompañan a estos platillos la langosta de Ensenada, el abulón y las almejas chocolatas de la Paz. Al occidente está el pozole de Jalisco, la birria y el tejuino; de Colima, los alfajores y los dulces; de Nayarit, los pescados zarandeados; de Zamora, las fresas y los chongos. Fiambres, cajetas, carnitas, escamoles, chalupas y chiles en nogada coquetean en el mero corazón de la rosa de los vientos. Moles, cebiches y escabeches imantan al sur hasta llegar a la explanada interminable, península de sabores y colores del imperialismo culinario yucateco.
En otro espacio humean los agridulces platillos del oriente. De China, de Japón y de la India; de Sumatra, de Vietnam y de Filipinas, exóticas recetas para quien se sienta en esta mesa del bazar a comer palabras con palitos.

Hugo Gutiérrez Vega, nuestro anfitrión en este Bazar de asombros, le otorga el mismo respetable lugar a los ambientes más sofisticados y a los más sencillos; un homenaje a la fonda del mercado de Santa Cruz Atoyac revalora la sopa de coditos y el agua de zapote.

Hugo sabe que la comida es un vínculo de afecto con la infancia. Por eso, en su bazar no podían faltar las alusiones a las recetas de la abuela y de la tía, degustadas en aquel patio provinciano salpicado de trinos y colores.

Hay un recinto en el bazar reservado al teatro. El visitante puede tomar su silla y sentarse a ver desfilar sobre el escenario de la buena prosa a las compañías de comediantes del Virreinato de la Nueva España, bailes, jácaras y autos sacramentales, así como la gran actividad teatral del siglo XIX en la “Jerusalén de América”, el Querétaro amado de nuestro bazarista, donde se ha dado una efervescencia sorprendente de ese arte. Juan José Gurrola, John Ford, Ludwick Margules, Mary Shelley, Polidori, Frankenstein, Vicente Quirarte y Eduardo Ruiz Saviñón son las sombras y las luces que aparecen tras el traslúcido telón de los afectos. La mirada curiosa del lector reproduce la de nuestro anfitrión, ese niño que se sigue entusiasmando con el guiñol de la vida.
El cuarto puesto de este bazar se recorre en barquito. Puerto Rico y las islas del Caribe destilan su poesía y su historia bañada de sol y música. Hugo Gutiérrez Vega juega con el paisaje visto desde la altura del recuerdo. Sobrevolamos con él los litorales del mar Cantábrico, Extremadura, Andalucía, Castilla y Galicia, tierras de sus antepasados de la sangre y la lengua. El bazarista nos contagia de su entusiasmo por las comidas, los ritos, las costumbres, la historia y el arte de lugares tan disímiles como Portugal, Grecia, Roma, Los Altos de Jalisco, Chiapas, Oaxaca y Escandinavia. Imágenes que son postales, palabras como llaveritos, souvenirs para el alma que el visitante se lleva como si fueran nostalgias propias.

Después de atravesar por el recinto oscuro de las intolerancias, en donde creencias y fundamentalismos generan esa humana maldad que es la causa del terror de nuestra civilización decadente, llegamos a ese espacio amable del bazar tendido bajo un bosque. Las hojas sueltas de nuestro bazarista tienen los tonos del otoño: del amarillo al rojo al sepia se registran los perfiles de amigos y personajes curiosos, retratos y fotografías, caricaturas de situaciones graciosas por absurdas. El sentido del humor, la tristeza y el gozo se mezclan en estas anécdotas. La crítica a la estupidez del gobierno foxista y sus rígidos e ignorantes secretarios contrasta con la avidez y frescura de los estudiantes. Los avatares de un mexicano en Europa y la solidaridad con los latinoamericanos de igual destino. Los personajes de los entremeses cervantinos se confunden con los de la vida real pero casi siempre los de la vida real los superan en comicidad.

En su papel de Cardenal en Lástima que sea puta, que montó con Gurrola.
Foto: Archivo familiar

Llegamos a la última mesa del bazar. Aquí los pensamientos en voz alta de Hugo Gutiérrez Vega se exponen en un orden arbitrario, tienen la libertad de saltar de un tema a otro como en esas tienditas de regalos en donde conviven una televisión y un juego de calcetines. Es, sin duda, el territorio más personal del bazarista. Recuerdos de la prepa y de la ciudad natal, Guadalajara; reflexiones sobre los políticos y sus cotidianas torpezas; una crítica aguda a los medios de comunicación y la pobreza de su lenguaje que siembra en las bocas de los jóvenes la palabra “güey”; su simpatía por los caricaturistas, de los que él, Hugo Gutiérrez Vega, es uno más. Hay en estos pensamientos en voz alta un aire de transgresión y travesura, una fina ironía de la soberbia con que se conducen los poderosos y también se percibe un dolor por los valores humanos que se van perdiendo.

Como en todo bazar, uno se encuentra amigos al transitar por los pasillos. A mí me dio gusto encontrarme a muchos: a Jeanette Clariond del brazo de Alda Merini; a Antonio Sarabia con su anecdótica erudición del Siglo de Oro; a Carmelita Hinojosa y su sentido del humor a cuestas; a Vicente Quirarte con la estaca escondida en su saco finísimo, y a tantos más. Es un bazar sofisticado, sí, pero no elitista, en él tienen cabida jóvenes y viejos, personas y costumbres de índole variopinta, expresiones artísticas cultas y populares; lo grave y lo trivial, lo eventual y lo cotidiano. Pero como en todo bazar maravilloso, me sentí en un mundo de desconocidos tesoros. Cuánto me falta por conocer, por leer, por viajar, por comer, por vivir.

El libro Esbozos y miradas del Bazar de asombros es un libro vital por excelencia. Es el testimonio de un hombre que privilegia la sensualidad sobre todas las cosas. Hugo Gutiérrez Vega es un sibarita y un degustador incansable de la experiencia de estar vivo. Por eso éste no es un bazar cualquiera, es el bazar de un poeta, entendiendo la poesía como la entendía Eliseo Diego: “una forma de mirar a los seres y las cosas del mundo”.

El poeta conversa con nosotros; desde su sensibilidad nos cuenta y nos platica de aquello que registra y colecciona su espíritu vibrante. Con su natural don de buen conversador nos recuerda que todo lo que vale la pena se cuece a fuego lento, sin prisas, como una conversación de sobremesa en aquel patio amable de la infancia.


El Conversador
La conversación es una acción suprema. Es un acto de amor: por la palabra, por los otros, por el mundo. Requiere un estado del espíritu capaz de recibir las múltiples minúsculas semillas tiernas de la vida, acogerlas sereno en el silencio, mantenerse en estado de barbecho hasta que surjan los primeros brotes y ofrecer los maduros frutos de la voz. Conversar necesita el sol de los afectos, la luz del pensamiento y el mantel de cuadritos dispuesto sobre el campo del día. Cuando Hugo Gutiérrez Vega escribe, no lleva a cabo un acto solitario sino que pone al descubierto un vínculo, una relación con el lector o los lectores a los que se dirige y ofrece siempre un mapa de asociaciones que se cruzan formando un tejido flexible como las redes de los pescadores o las hamacas donde descansa el alma. Ya lo dice Marco Antonio Campos en el prólogo del libro Peregrinaciones, que reúne la poesía de Hugo, “una poesía directa, coloquial, hecha de la madera múltiple de los árboles diarios” (…) “más conversada que la de otros”. Quienes lo conocemos sabemos que Hugo es un gran conversador en los términos en que lo define el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “Dicho de una persona que sabe hacer amena e interesante la conversación”, porque, como asienta el poeta Raúl Aceves en sus Desaforismos: “qué interesante es un hombre cuando está verdaderamente interesado en algo”. Y la definición de diccionario cobra fuerza si nos detenemos en algunos de los usos desusados del nombre conversación: “habitación o morada”, o del verbo conversar: “habitar en compañía de otros”, “tener amistad”. Y sí, hgv hace más habitable el mundo. A lo largo de los años tengo estampas diversas de Hugo el conversador: la mesa del comedor de su casa en una esquina de Londres cuando lo conocí; del patio barroco de Querétaro donde nos platicó cómo defendió la libertad de las ideas y las palabras; en medio de una tarde fría de la Ciudad de México cuando me recibió en su departamento de Copilco en pijama y pantuflas; en esos hermosos diversos escenarios con el mar al fondo, el atardecer quebrándose en su voz en los encuentros de Puerto Vallarta; en las dos horas enormes que me regaló en la Biblioteca de Los Mangos conversando sobre mi poesía desde dentro de mi corazón. Quien ha escuchado a Hugo sabe que su palabra es un deleite, que es un rey Midas que convierte en poesía lo que toca su voz. Del mismo modo lo que escribe, porque es inseparable de su hablar, de su decir amable; porque escribir es, en el caso de Hugo, otra manera más de conversar. Desde hace años dispuso esta mesita en La Jornada Semanal que él dirige, el pequeño bazar donde nos muestra sus íntimos asombros: libros, autores, lugares, películas, piezas únicas… Cada semana hallamos un ensayo sabroso, una disertación paladeable, una afortunada descripción. Me tocó celebrar con él la primera compilación su Bazar de asombros en esta Feria del Libro de Guadalajara en el 2006, publicada por Conaculta, y ahora, en 2013, festejamos la más reciente, agrupada bajo el título Paisajes y voces de Hugo Gutiérrez Vega en la edición Puertas abiertas.

Vine para felicitarte por esta nueva obra, por tu inagotable vitalidad, por tu generosa erudición y por los innumerables premios, homenajes y distinciones que no alcanzan tu estatura humana y sencilla. Nos dimos cita y estamos aquí contigo algunos de tus amigos. Porque amigos, Hugo, es lo que más te sobra.


Con Juan José Gurrola. Foto: Archivo familiar

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