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viernes, 11 de noviembre de 2016

EL CARNAVAL relato de Ana García Bergua (Tomado de la Revista de ña Universidad) (UNAM)

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El carnaval 


Ana García Bergua
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En este cuento de Ana García Bergua, autora de Isla de bobos, una muchacha trabaja en una tienda de telas en el viejo Centro de la Ciudad de México. Enamorada de un hombre que no repara en ella, y asediada por otro a quien ella rechaza, la joven María ve llegar la celebración del carnaval en que tanto ella como Toño, un pequeño a quien ha recogido, conocen, cada uno, la mayor desilusión.

Hace pocos años que se vinieron de Torreón la abuela, María y Toño. La abuela es buena para los negocios y puso una mercería muy chica por los rumbos de La Lagunilla. Así les pudo dar comida y unos pocos estudios a su nieta y a un mozo que le encargaron para que lo protegiera, pues el niño se había quedado solo y desvalido entre los balazos: lo encontraron cojeando y diciendo incoherencias por los caminos, luego de haber reconocido a su mamá entre un grupo de colgados. Todos los días lo ven pasar los vecinos, escoltando a María hasta el Centro Mercantil, donde ella consiguió trabajo de vendedora gracias a su simpatía y habilidad. La abuela hubiera preferido que la ayudara en la tienda, pero también se da cuenta de que la muchacha ya creció y tiene derecho a buscarse algo mejor: alta, de tez blanca, un poco ilusa sin ser díscola, su debilidad son las nuevas modas, las canciones de la radio y el cine. Por eso ha decidido ponerle a Toño de chaperón y así salen los dos todas las mañanas hacia el Zócalo, ella arreglada con su gorrito y su pelo recortado, la boca pintada de corazón y, en las ilusiones, los concursos y anuncios de El Buen Tono que traen vuelta loca a la ciudad, con Toño cojeando tan alegremente detrás de ella, que parece bailar.
Durante el día, la joven corta y empaca tafetanes, holandas, mantas y muselinas con los foxtrots, las rumbas y los tangos de moda en la cabeza, mientras Toño se regresa a ayudar a la abuela en lo que se pueda, pues aparte de lo cojo, es corto de entendimiento, pobrecito, pero muy obediente, ni parece que haya sufrido tanto, piensa ella. En la tarde, la abuela lo manda de nuevo a buscar a María, el muchachito feliz de arrastrar su pierna torcida entre las piedras viejas de la gran ciudad, los faroles que van encendiendo sus luces, tranvías y automóviles ruidosos, entre los abrigos que pasan rozándolo como fantasmas, aunque parecería que él es el fantasma, pues nadie lo voltea a ver. Se queda admirando un buen rato los escaparates del almacén, embobado, echando a veces miradas de complicidad a los transeúntes, como si todos fueran tan felices como él junto a aquellos ventanales donde viven tantos maniquíes elegantes. A veces Toño quisiera ser un maniquí y entonces adopta alguna posición y en ella se queda, inmóvil, hasta que sale María y lo descubre, muerta de la risa.

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Edificio de El Centro Mercantil, Ciudad de México
© Wikicommons

A últimas fechas dos cosas alteran las almas siempre en paz de Toño y María. La alteración de María tiene a su vez dos nombres. Uno de ellos es el señor Juan, no sabe su apellido, a quien diario ve subir de camino a las oficinas contables del almacén. El corazón le late rápido cuando pasa con su peinado untuoso de galán de cine, olor a colonia y sonrisa de dentífrico, saludando a todas las vendedoras en general y ninguna en particular. Por encima de los anaqueles, los peinados a la bob se mueven en la misma dirección, como flamencos. Dicen que vive solo, ¿quién lo atrapará? Es un hombre misterioso, nadie sabe cómo es su vida después del almacén. Algún día, piensan todas, las distinguirá de entre las demás. Notará cómo se esmeran en arreglarse, cada cosita ―un bilet de color subido, un corbatín, una flor en el sombrero, la falda un poquito más corta― que añaden a su arreglo trata de ser una llamada de atención. Y María siente, como todas, que es única, que su sentimiento por aquel hombre, más puro y distinto a los demás, se trasluce en la mirada, en la sonrisa. Sólo es cosa de que él vuelva la cara, pero nunca voltea: pasa de largo y se oculta detrás de la gran sumadora, junto a su secretaria la señorita Fiona que estaría muy bien de madre superiora en un hospital de tísicos. ¿Por qué Fiona y ninguna de las otras, por qué no María? Es un misterio…
El otro nombre que la acongoja es el de Procopio Estévez, un sujeto alto como garrocha que se dedica a curvar la espalda para ofrecer corbatas de colores a los caballeros en el departamento de accesorios. También se curva para galantear a María, que no lo soporta. Un día, durante el almuerzo en el comedor de los empleados, le dijo frente a todos que quería escoltarla de regreso a su hogar y, si ella aceptaba, ser el afortunado que tal vez un día la pudiera invitar a tomar un refresco en el Café París. Ella, por supuesto, no le respondió, pero sintió las miradas malévolas y las sonrisas burlonas como una marca en el cuerpo. Ella, manchada entre los empleados por los afanes de Procopio y el señor Juan en su nube, sin saber que existía. Si lo supiera, bajaría a rescatarla, está segura.
La alteración de Toño, por el contrario, no tiene que ver en lo absoluto con nombres ni refrescos, sino con el Carnaval que la ciudad va a festejar en unas cuantas semanas. Toda la ciudad, gritonea la radio de don Creso el de la botica, esa que van a escuchar un rato antes de la merienda, toda todita, claman los periódicos, se disfrazará y festejará para derrotar al mal humor, así dicen, y a Toño le parece extraordinario, aun cuando realmente, si se pone a pensar, no conoce el mal humor, pues él no recuerda haberse sentido infeliz. Las calles se iluminarán con los desfiles, habrá orquestas, una reina del Carnaval con toda su corte, un combate de flores, un Rey Feo que será derrotado estruendosamente y toda clase de regalos. La ciudad se iluminará de alegría, más que en los desfiles de El Buen Tono a los que toda la gente acude, atraída por la novedad. La abuela dice que esas son fiestas paganas y pecaminosas, pero el entusiasmo de Toño no tiene límites y María está muy ilusionada, especialmente desde que llegó un stock de disfraces al almacén y se imaginó vestida de Colombina bailando con el enigmático señor Juan “La fiebre del Charleston”. Para Toño ya tiene apartado uno del Gato Félix, será una sorpresa de cumpleaños. La abuela no logró nunca sacarle a Toño la fecha verdadera del suyo, por lo que se la inventaron y ahora, milagrosamente, coincidirá con la fiesta.
La gente entra al almacén preguntando por los disfraces y ya nadie se acuerda de revoluciones ni problemas. Hasta la abuela, a la que unas vecinas sobresaltaron al contarle que se iban a cerrar las iglesias, lo olvidó ya, pues asiste a la misa de San Felipe como siempre. Y Toño escolta a María obedientemente a todas partes, especialmente al cine donde vieron juntos a Buster Keaton y el cojito casi se cae de la butaca por zarandearse de la risa. María se imagina con el señor Juan, dándose un beso de cine en la oscuridad. Al bigote de Procopio no le daría un beso ni aunque se lo suplicara de rodillas, tan feo y triste le parece. Le quiso regalar una pulserita con la cadena de oro, pero ella la rechazó muy digna y nunca se felicitará lo suficiente de haberlo hecho.
Cada municipalidad y cada calle del Centro podrá proponer a las marquesas y duquesas de Carnaval entre sus pobladoras más bellas. Procopio Estévez ya anotó a María en un boleto que recortó del diario, pues quiere proponerla como Duquesa de la calle 5 de Mayo y a la hora del almuerzo hace campaña por la admirada Marieta, como le llama enfrente de todos, con una confianza que ella detesta. Una compañera muy chocante le dijo que la preferida era Norma, la que ofrece los chocolates en la confitería. Por supuesto, le responde María, consciente de que con todo y su entusiasmo no es tan espectacular, pero el hombre no cesa de halagarla con su bigote de mosca, día tras día, mientras ella cuelga globos y adornos de su puesto de ventas y ve pasar al indiferente señor Juan. ¿Llegará la campaña de Procopio a oídos del peinado oficinista, se enterará así de que María existe? Ella tiene pesadillas en las que desfila en carro alegórico con el curvado Procopio y Toño Pata Chueca, la reina de los fenómenos, y el guapo Juan le da la espalda.
Carro alegórico aquel en que desfila la reina de Carnaval un sábado lleno de sol junto a La Alameda. La reina, Ernestina Elías Calles, no es la más bonita de las mujeres, coinciden las empleadas del Centro Mercantil en voz baja, pero en la escala social, como hija del mismísimo general Calles, está ciertamente en la posición más elevada. Fue coronada en el Teatro Iris, las fotos salieron en El Universal, entre la alta sociedad. Y qué decir de las duquesas, condesas y marquesas: Julieta Riuder, duquesa de la avenida Madero, Dulcina Dauquier, duquesa de la avenida 16 de Septiembre; María Teresa Schneider, duquesa de las calles de Tacuba, Lucía Ollavarca, duquesa de las calles de 5 de Febrero. Viva la vida, viva el Carnaval y la diversión. Hay combate de flores que se lanzan, de carro a carro, los grupos trajeados con vistosos disfraces. La multitud los vitorea. Toño pega de brincos, entusiasmado. La abuela no quería ir, pero a la mera hora le ganó la curiosidad y ahí está también, protegiéndose del sol con su paraguas verde.
A María le hubiera gustado ser elegida y que el señor Juan la viera, pero sólo Procopio votó por ella y todo el almacén supo de su admiración. Ahí está, entre el grupo de empleados reunidos bajo la pancarta de gardenias del Centro Mercantil, mirándola con el mismo embeleso de siempre. Durante el combate de flores, el muy torpe le lanza un clavel que le pega en el cogote. María se lo devuelve, furiosa, y Toño se muere de la risa porque el hombre se ha puesto feliz. Cree que María le corresponde por fin, qué desgracia. Justo en ese momento aparece frente a ellos, apretujado entre la multitud, el señor Sánchez, jefe del departamento de ventas, su jefe, seguido ni más ni menos que del señor Juan, cubierto el rostro con un elegante antifaz. Le presento al personal de ventas, le anuncia Sánchez subiendo la voz, ya los conoce usted. Él asiente y presenta a su vez, como quien abre un telón, a su acompañante: mi prometida la señorita Eustasia Olavarrieta. Su rival está disfrazada de Colombina. María casi se desmaya.
Y así van pasando todos los festejos, entre una y otra cosa, pero a María ya no le interesan. Ha ido a la tienda vestida de negro, pues se le murieron las ilusiones, y no quiere hablar con nadie. Toño no está dispuesto a dejarla. El Carnaval no se ha acabado, le lloriquea mientras la escolta cojeando de regreso a la casa en el atardecer, el Carnaval no ha acabado y además aún no le festejan su cumpleaños, todavía no han derrotado al mal humor ni han matado al Rey Feo. Ya no quiero ir a ningún lugar, le responde María enfurruñada. Pero es la mejor parte, insiste Toño, cuando todos nos vamos a disfrazar, no me puedes hacer esto, tú menos que nadie. Al día siguiente, María se siente mal con el pobre Toño. Va y retira el disfraz de Gato Félix que le había apartado y para ella, en lugar de Colombina, un traje de pirata. Toño se pone loco de alegría al recibirlo. Esa noche van a escuchar la radio a la botica y Toño no para de bailar con el disfraz puesto. De hecho no se lo quitará hasta la noche de Carnaval.
Esa noche salen por fin hacia la calle 5 de Mayo a ver los carros y los disfraces, escoltados por la abuela. María se ha pintado unos bigotes y un parche dorado le tapa el ojo izquierdo. Hay muchos payasos, muchas brujas, colombinas y pierrots. Y gatos Félix cortesía del Centro Mercantil como el disfraz de Toño, que ya se acaloró y lleva la máscara bajo el brazo porque no veía bien por los dos agujeros. Pasan carromatos con muchachas disfrazadas de reinas, otros con orquestas de jazz y uno que a la abuela le provoca espanto, de señoritas disfrazadas de monjas, bailando con unos diablos. Santo Dios, exclama, hasta dónde llegarán con esto. Hasta María baila y Toño se siente feliz, pegando de brincos chuecos, hasta que siente la caricia de una tela en la cabeza. Entonces recuerda la mañana en que despertó solo en la choza. Salió corriendo y se encontró con toda esa gente que subía por la ladera del monte, al bosque de huizaches. Ni sabe por qué los siguió, pero hasta ahí lo llevaron, adonde estaban unas gentes balanceándose de las altas ramas al son que les cantaba el viento. Esa vez, las faldas de su mamá lo rozaron en el pelo para decirle adiós.
Toño se queda en silencio, había olvidado eso que pasó alguna vez, hace muchísimo tiempo. La tela que sintió fue la de la manga de Procopio disfrazado de monje, que los había estado siguiendo y ahora se inclinó sobre María para robarle un beso en medio de la confusión. No esperaba el trancazo que le propinaría la abuela con su paraguas verde. Apóstata, le grita, atrás, pecador. Y a María le da risa. Pasa el Rey Feo en su carromato, la multitud le avienta frutas y piedras, ya van a quemar un monigote con su efigie, ya viene el buen humor y todos corren detrás. Pero María, Toño y la abuela se rezagan. Van a ir a merendar unas conchas y un atole. Procopio los sigue deshaciéndose en disculpas, le ruega a la abuela perdón, le suplica a María también, fue una locura, insiste, jamás lo volvería a hacer. Y así, siguiéndolos, acaban los cuatro en el Café París, a la luz de los faroles y en medio de muchos disfraces, como en un festín de locos. No es lo que Procopio hubiera deseado, pero se le acerca. Es culpa de este carnaval, les explica, todos perdemos la cabeza. La abuela menea la suya y lo hace prometer que respetará a su nieta e irán a la iglesia de San Felipe. Si no, no le creo nada. A María ya no le importa, está preocupada por Toño que se ha quedado calladito, sin hacer bromas, mirando al techo. Él, terminado el atole, se vuelve a poner la máscara del Gato Félix porque por dentro siente que ya no es el mismo.

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