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lunes, 7 de noviembre de 2016

EXCESO Y AUSENCIA DE LA REALIDAD, Julio César García (La Jornada Semanal)

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Colaborador constante de estas páginas, al historiador, ensayista y filósofo italiano Fabrizio Andreella no sólo le tienen sin cuidado las etiquetas de un prestigio intelectual habitualmente más asido al rebumbio mediático que al calado de las ideas expuestas, sino que valido de una discreción ya en desuso general, incluso evita ponerse bajo unos reflectores que, al menor descuido, ciegan a quienes desean, en el fondo y sobre todo, ser mirados, y no tanto leídos o escuchados.
Sin embargo, para precisar las coordenadas dentro de las cuales discurren las doce miradas que integran este volumen, conviene repetir, para recalcarlo, eso que Andreella es: “historiador por formación, filósofo por vocación y observador de la realidad social por diversión y obligación ética”. También descontinuada hoy en día, cuando no violentada por la exageración, otra palabra que define al autor de estas Vidas amuebladas es “pensador”, y quien ha leído alguno de los numerosos ensayos de Andreella publicados en este suplemento desde hace aproximadamente década y media, no podrá sino coincidir en que, para el también autor de El cuerpo suspendido. Códigos y símbolos de la danza al principio de la modernidad, la maravilla más alta y jubilosa de la vida humana consiste en vivir “la aventura del pensamiento”, como han afirmado Carl Sagan y Jacob Bronowsky entre otros pensadores cuya pluralidad de intereses y largoalcance en su mirada los convirtió en mucho más que célebres divulgadores del conocimiento. Como el propio Fabrizio Andreella, quien evidentemente no los necesita pero se sirve de los que él llama lentes bifocales.
Hechos con el doble cristal de la información certera y el discurso claro, pulidos con el esmeril doble también de la reflexión y la propuesta, enmarcados en el armazón de la sencillez y, como quería Calvino, de la levedad, los doce ensayos aquí reunidos abordan grandes segmentos de una realidad que, a falta de mejor o peor apellido, toca seguir llamando “postmoderna”. Son doce visiones: del placer, del cuerpo, de la transformación, de la palabra, de la pantalla, del mensaje, del producto, del exceso, del recorrido, de la relación, de la instantaneidad y de la permanencia. A su vez, cada uno de los ensayos es precedido por una suerte de epígrafe o noticia preliminar que arroja luz a la materia de la que se trata: en las visiones del placer Andreella avisa que, en nuestro mundo postmoderno, “la excitación ha tomado el lugar del placer”; en las del cuerpo, que éste “es la fuente profunda y el receptáculo resignado de toda fantasía”; en la transformación, que “el yo no es más un sujeto, sino una situación”; que “toda palabra es falsa, pero”, como preguntaba Elias Canetti, “¿qué hay sin palabras?”; que “la imagen es parricida de las cosas querepresenta”; con McLuhan coincide al afirmar que “en la mediocracia actual, cualquier mensaje es un masaje”; que “los objetos tienen privilegios que se niegan a los sujetos”; deplora que “la abundancia impide el movimiento”, así como que “vida y viaje ya no son sinónimos”, como lo fueron para fenicios, portugueses y otros pueblos menos atados a espejismos; que “el aislamiento es un sicario del control social”, sobre todo si se considera que “hoy en día los que batallan para enfocar el horizonte son los présbitas”, y remata con esta afirmación irónica: “El tiempo es tan tolerante que nos deja moldearlo incluso para crear nuestras angustias.”
Paseando su mirada generosa y aguda en la galería variopinta que conforman el tiempo incómodo de la senilidad, el mercado de la juventud, la ley del deseo en la sociedad de consumo, la invasión de la irrelevancia, el cuerpo sin fin de la anorexia, la momificación de la poesía, la religión apantallada, la soledad de la carne y otras estaciones del tiempo contemporáneo, Andreella invita a leer la postmodernidad o, dicho de otro modo, a desmitificarla desenmascarándola, mirándola de frente tal como es y no como unos cuantos la hacen lucir, en un juego de apariencias en el que los ganadores siempre son poquísimos y siempre son los mismos. Invitación, la del autor, a dejar de lado el automatismo del consumo irreflexivo e irrefrenable, la búsqueda de una falsa celebridad tan fugaz como barata, así como el culto laico a espejismos como la juventud eterna y el bienestar únicamente material, para en cambio “pensar y mirar el mundo como protagonistas de nuestra existencia”. Tan sencillo que eso suena y tan arduo de lograr hoy día, entre tantos muebles estorbando el acto simple y máximo de vivir.

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