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jueves, 3 de noviembre de 2016

LA LECTURA CRÍTICA, EL CANON LITERARIO Y OTROS PROBLEMAS, Rocío García Rey (La Jornada Semanal)

La lectura crítica, el canon literario y otros problemas


I

¿Qué se considera conocimiento dentro de una sociedad? Tanto las nuevas producciones académicas en el ámbito de las humanidades como la lectura de autores canónicos, son muchas veces una reproducción de lo prefijado desde el discurso educativo que, a su vez, es un desdoblamiento de un poder mayor. Se trata de un poder que, en el caso de la literatura, consagra sólo a ciertos autores –entendidos como autoridades– cuya producción ha pasado por el filtro que los hace “confiables” y necesarios en la enseñanza-aprendizaje. Son escritores que, para la institución escolar, se vuelven necesarios también para la alfabetización literaria.
El sur, como noción y metáfora territorial para referirse a lo opacado, a lo no oficial, prevalece incluso en la enseñanza y difusión de la literatura. Lo anterior nos permite suscribir la afirmación de Teivo Teivainen: “Las prácticas educativas son concomitantes a las dimensiones pedagógicas del poder.” Más aún, las prácticas de lectura son guiadas por políticas no asépticas, y por ello tienen la impronta de lo que, a través de la historia, ha sido construido como currículo oculto y como canon literario.
Por lo menos en el caso de México, la selectividad, venta y difusión de los textos de nuestro continente se une a una acérrima creencia: leer literatura latinoamericana es leer a los autores del llamado Boom (Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez). En este caso, además, se trata de autores, no de autoras. Se trata de una literatura sexista, hecho que no deja de ser trascendente como parte del entramado político y cultural.
Independientemente del género, un texto literario puede tener varias “rutas de interpretación”. Tal variedad podría ser aprovechada en el aula como ejercicio de transversalidad. Si su utilización fuera tal, estaríamos dando un gran paso para romper con las limitaciones causadas por las divisiones entre disciplinas; limitaciones que conllevan a la parcelación de temas e incluso la parcelación, en términos de Paulo Freire, para leer el mundo: “Mas si la palabra verdadera, que es trabajo, que es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los hombres.”
El diseño de lectura está inmerso, también, en las políticas editoriales. Por eso, para los lectores “comunes” es difícil el acceso a textos, por ejemplo, como los de la venezolana Antonia Palacios. Hace aproximadamente tres años busqué en las librerías más conocidas de Ciudad de México dos textos particulares: Ana María una niña decente, de Palacios, y Sitios a Eros, de la puertorriqueña Rosario Ferré.Ninguno aparecía registrado en los catálogos. Sitio a Eros fue publicado en 1980 por la editorial Joaquín Mortiz, y al parecer fue la única edición. Enunciar esta anécdota no significa desconocer que actualmente es posible comprar, por medios electrónicos, libros de otros países, pero estas formas de adquisición, ¿no son también formas de exclusión? Estos medios de compra sólo son para quien tiene acceso a internet y, al mismo tiempo, cuenta con una tarjeta de crédito.

II

Es preciso reconocer que nos enfrentamos a un escenario complejo, difícil e, incluso, desolador, pues es cada vez mayor el número de profesores y alumnos que no saben leer críticamente. No podemos creernos lectores y escritores latinoamericanos de novedades si desconocemos, por ejemplo, a escritoras como Antonia Palacios o Rosario Ferré, o a poetas como Aimé Cesaire, cuyos textos fueron clave en la construcción de un movimiento señero: la negritud. ¿En qué aula, en qué materia, en qué taller literario (si aludimos al ejercicio de divulgación) podremos leer el poema “Cuaderno del regreso al país natal”?:


Los que no han inventado ni la pólvora ni la brújula
los que no han sabido domar ni el vapor ni la electricidad
los que no han explorado ni los mares ni el cielo
pero que conocen todos los rincones del país del dolor
los que de los viajes sólo saben los desarraigos
los que se han ablandado en los arrodillamientos
los domesticados y los cristianizados
los que fueron inoculados de bastardía
tam- tams- de manos vacías
tam- tams inanes de llagas sonoras
tam- tams burlescos de traición tábida.

En nuestro presente, donde la llamada globalización parece hiperbolizarse hasta anular matices culturales e identitarios, hasta anular, también, la conciencia histórica, es indispensable hacer un re-conocimiento, cuando no un descubrimiento de textos y autores latinoamericanos silenciados.
El reducido conocimiento de los otros discursos literarios latinoamericanos, independientemente de que seamos estudiosos de las letras, nos sitúa en la posición de lo que José Martí llamó: “letrados artificiales”. ¿Cómo podremos construirnos como ciudadanos críticos, capaces de elaborar proyectos de vida, proyectos políticos, proyectos culturales para nuestras comunidades, si nos hemos conformado con lo que nos han permitido leer? No habría que olvidar (o quizá habría primero que saber) que nuestro continente es un mosaico de textos, de discursos que aún forman parte de un material opacado, a veces totalmente invisible. Se trata de una derivación de los mecanismos disciplinarios que guían nuestra noción de literatura y nuestro ejercicio como lectores.
Las prácticas disciplinarias han estado marcadas por una herencia colonial; se trata de una impronta que nos ha hecho creer que hablar de literatura universal se reduce casi siempre a hablar de literatura europea y que, en el caso de la literatura infantil, por ejemplo, se reduce a los cuentos clásicos también de filiación europea. ¿Quién nos ha dicho, quiénes nos han invitado a leer, a descubrir los textos que Martí escribió en La Edad de Oro? ¿Qué profesor(a) de primaria conoce los cuentos de la escritora y docente Carmen Lyra? Me refiero a aquellos recopilados en el libro: Cuentos de mi tía Panchita. El libro sigue circulando en Costa Rica, en México, algunos cuentos fueron publicados en 1921, en El Maestro. Revista de Cultura Nacional. Este ejemplo en apariencia diacrónico permite inferir que la historia literaria se vuelve evanescente.
¿En qué salón de clases, incluso de la carrera de Letras hispánicas, es leída la uruguaya Armonía Somers (1914-1994)? ¿Quién se detendrá a leer, a comentar, a recrear textos como el siguiente?:

Al fin, adaptándose a la penumbra, pudo divisar a los durmientes. Se hallaban como fuera del mundo, con ese cansancio sagrado de los animales de labor que tienen por única tregua el derrumbe del sueño.
Aquellos brutos dormidos eran, en realidad, la expresión plástica de la indiferencia, quizá la misma que había quedado tras el bosque, los ferrocarriles, las calles con plazas y con tiendas que ella había dejado en la ciudad, y que a puro olfato estaría segura de reconocer en cualquier parte.

Se trata de un fragmento de La mujer desnuda, relato publicado en 1950 y algún tiempo censurado, puesto que, según la portada del libro, “por su alto contenido sexual […]. La obra llegó al gran público en 1966”. Se trata de un relato en el que los juegos intertextuales, si retomamos la transversalidad, permitirían, además de hacer una lectura meramente literaria, hacer también una reflexión del ser y hacer y de la identidad de las mujeres mediante el cuerpo. Quizá precisamente por esa falta de lectura de textos “antecesores”, hoy muchos planteamientos pueden ser percibidos como novedosos, inéditos; ignoramos así el cúmulo de historia que tenemos como lectores potenciales.

Los textos de autores no conocidos se vuelven entonces sospechosos/peligrosos. Se cree que son textos que no vale la pena leer, bien porque la industria editorial no los ha consagrado (o vuelto a consagrar) o porque ciertos críticos literarios no acostumbrados a mirar al sur, simple y sencillamente no los nombran. Un ejemplo inmediato de este desconocimiento es el libro del estadunidense Harold Bloom, The western Canon(El canon occidental).
Valga lo expuesto como una invitación para poner en marcha lo que Cajiao llama “la herejía de leer”. Y, porqué no, la herejía de escribir. Esta transgresión podría permitir que asumiéramos lo que Emilia Ferreiro ha escrito:

Entre el “pasado imperfecto” y “el futuro simple” está el germen de un “presente continuo” que puede gestar un futuro complejo, o sea nuevas maneras de dar sentido a los verbos leer y escribir. Que así sea aunque la conjugación no lo permita 
Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la FFyL de la UNAM. Narradora y ensayista. Cursa la Maestría en Arte y literatura en América Latina. Participa en el Proyecto PAPIIT. Imparte talleres literarios y de fomento a la lectura.

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