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domingo, 1 de septiembre de 2013

ABBEY, EL REBELDE, Ricardo Guzmán Wolffer

Abbey, el rebeldeAbbey, el rebelde
Ricardo Guzmán Wolffer

Cuando se habla de la tradición literaria de nuestros vecinos norteños, se piensa en el Nobel y autores consagrados (Fitzgerald, Hemingway, Steinbeck, Dos Passos, etcétera), pero raramente se toma en cuenta a gente como Edward Abbey (1927-1989), quien escribe sobre la parte que en verdad es cien por ciento gringa: el paisaje del sureste. El imaginario colectivo identifica a esa nación con los indios y sus contrarios: los vaqueros y los militares que mataban tanto gente como bisontes o dragaban ríos para obtener oro: el viejo oeste, rezan los gringos. En una era donde lo “políticamente correcto” se vuelve eufemismo para ocultar el saqueo ambiental a la propia nación, las letras del rebelde Abbey y sus entrañables personajes permanecerán como parte de esa literatura que habla de la nación profunda, la que nos han querido ocultar. Su novela mayor es La banda de la tenaza (The Monkey Wrench Gang, 1975), donde refleja parte de su propia biografía como ambientalista feroz y trabajador eventual itinerante.
La banda… narra las peripecias de cuatro personajes que encarnan partes destacadas de la sociedad estadunidense: está George Washington Hayduke, el excombatiente de Vietnam, quien ha sido afectado por la guerra y es una máquina de pelear (en una persecución policíaca, baja un jeep en rapel libre, volándolo por un acantilado); Bonnie Abbzug, la joven guapetona e instruida que practica el amor libre, en alusión a la llamada “revolución sexual”; Seldom Seen Smith, el guía en las montañas del desierto que tiene tres esposas, de acuerdo con su religión protestante; y Doc Sarvis, el doctor que patrocina las expediciones que obstruyen la construcción de obras de infraestructura en el desierto y destrozan las ya existentes. Al grito de “conservemos la naturaleza”, lo mismo tiran publicidad que rompen puentes o descarrilan ferrocarriles. Después de varias fechorías, los policías y sus ayudantes (destaca entre estos un reverendo: espera ser gobernador con tal detención), ponen todos sus esfuerzos en capturarlos.
Con una prosa por momentos demasiado detallista, es fácil advertir la perspectiva del autor sobre cómo el verdadero oeste estadunidense lo constituye el paisaje. Casi al final de la persecución, Hayduke narra a sus compinches cómo sobrevivió a los vietnamitas durante la guerra en que fue hecho prisionero: pensando en las montañas, los ríos y el paisaje del desierto, que es lo que verdaderamente diferencia esa región del resto del planeta. Los personajes se concentran en el horizonte y en la manera en que se pierde con la mano del hombre, cómo las presas significan la muerte para los animales y su entorno. El autor ni siquiera se preocupa por analizar a los indios, casi los desprecia por su participación en ese deterioro ambiental. Smith incluso le reza en voz alta a su Dios para que acabe con las obras humanas que minan el paisaje, donde es más evidente la rectoría de las compañías industriales. Doc le explica a Bonnie que la nación entera está siendo depredada por esos intereses económicos desentendidos de las consecuencias que sus abusos al ecosistema le ocasionan.
Esta crítica tan directa, sin embargo, está plagada de ocurrencias y divertimentos. Los personajes llegan a vivir momentos tan inverosímiles que dan risa. Lo que en parte se logra con las ilustraciones del genio del underground, Robert Crumb, que acompañaron a la edición conmemorativa de los primeros diez años de su aparición. Un acierto, pues Abbey y Crumb se han mantenido como iconos de esa parte de la creación estadunidense, la que insiste en que el “desarrollo económico” no deja de tener sus consecuencias sangrantes y que el beneficio no es para todos en un país lleno de contrastes. La visión contrapunteada de los ayudantes de policía contra la de los libertarios es sólo una muestra. En algún momento Hayduke y Bonnie llegan a un bar donde los rancheros incultos se divierten bebiendo cerveza y el excombatiente se divierte retándolos con su supuesta condición de jipi, luego de “marica” y al final, cuando se revela como Boina Verde, el silencio le contesta: incluso quienes sólo saben del trabajo cotidiano reconocen la violencia como rectora de la vida nacional estadunidense.
Quizá sea por el año de publicación, pero destaca la falta de señalamientos a los indocumentados que ahora cruzan por miles los estados de Arizona, Nuevo México y Utah, donde transcurre la novela. Se puede aventurar que para Abbey no importan, pues no dañan el desierto.
Identificable como parte de la literatura anarquista no india, podría señalarse a Abbey como una ramificación de la generación beat en tanto desconfía del Estado y propone su desaparición: Hayduke sueña en vivir en la soledad del desierto, alimentándose de animales y vegetales (en algún momento, incluso come un poco de arena roja). Aquí la insurrección es directa: cualquier máquina es digna de ser destruida, cualquier vía que corte el paisaje estorba, cualquier afectación a la naturaleza es reprochable. Mientras Hayduke carga armas y las usa en defensa, los demás insisten en luchar con la inteligencia, hasta que se topan con los violentos ayudantes de sheriffsque piensan en hacer respetar la ley como pretexto para someter a quien no les gusta. Cuando la persecución está a punto de volverse mortal para los anarquistas, uno de los perseguidores tiene un infarto y piden ayuda a Doc Sarvis, en una metáfora de cómo aún los más conservadores tarde o temprano habrán de necesitar a aquellos que repudian. Abbey recuerda el sentido de lo social por encima del Estado. Si bien los personajes actúan con una ideología no ordenada (“Iremos creando nuestra doctrina con la práctica, eso nos garantizará coherencia teórica”), hay una rebeldía empírica que no es aislada. En uno de sus sabotajes se encuentran con un solitario de rostro tapado que los avala en su destrucción: también la practica.


Una novela indispensable para comprender cómo las visiones autocríticas sobreviven al paso del tiempo, con un dejo de humor: “Cuando oigo la palabra ʻculturaʼ, saco la chequera”.

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