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martes, 24 de septiembre de 2013

LA MANO OBLICUA, Cristina Rivera Garza

Leer desde afuera

LA MANO OBLICUACristina Rivera Garza

Podría pensarse que el número de traducciones tendría por fuerza que aumentar en un mundo globalizado, pero éste no es el caso. Ya es bien sabido que el porcentaje de libros traducidos en el mercado estadunidense —uno de los más activos del mundo— es de apenas 3 por ciento. De por si poco halagüeña, la situación empeora cuando se señala que, de esa cifra, solo 0.7 por ciento le corresponde a libros de narrativa o de poesía. Si se toma en cuenta que muchas de las decisiones de traducción se toman con base en proyecciones de ventas, o que las recomendaciones de traducción con frecuencia obedecen a los contactos de grupos poderosos, no sería del todo descabellado decir que no solo se traduce poco, sino que también se traduce jerárquicamente. Por eso es, sin duda, motivo de celebración cuando pequeñas editoriales apuestan por publicar libros en traducción, y lo es más todavía cuando, alejándose de las decisiones del mercado o del poder, estas editoriales proponen una lectura alternativa de los cánones internos o nacionales. Tal es el caso de la publicación en inglés de Three Messages and a Warning. Contemporary Short Stories of the Fantastic, una antología curada por Eduardo Jiménez y Chris N. Brown que publicó en 2011 Small Beer Press, una pequeña editorial ubicada en Massachusetts.
Gracias a una definición amplia de lo fantástico —una que incluye a la ciencia ficción, el terror, lo sobrenatural, las historias de fantasmas o aparecidos, el registro apocalíptico, entre otras tantas— este Tres mensajes y una advertencia (un título tomado de un cuento de Ana Clavel incluido en el volumen) logra incorporar autores que rara vez aparecen juntos y, al hacerlo, contribuyen a cuestionar, o ampliar según sea el caso, el registro de la producción escrita hoy por hoy en México. No solo es que los antologadores incluyeron autores de distintas generaciones —de Amparo Dávila a Gabriela Damián Miravete, por ejemplo— sino que también, saltándose definiciones estrictas o estereotipos de lo que es un género literario, reunieron aquí a escritores reconocidos por su apego a lo fantástico, como es el caso de Alberto Chimal, con el trabajo de escritoras, como a Ana Clavel, más conocida por su énfasis en cuestiones de erotismo. Está aquí Gerardo Sifuentes, una presencia esperada en una colección de este tipo, pero también se encuentra Jesús Ramírez Bermúdez, más destacado por esos ensayos en los que combina su conocimiento detallado del mundo de la psiquiatría con una manera punzante de leer el mundo. Está José Luis Zárate, asiduo practicante del cuentuito, pero también Claudia Guillén, una escritora que se ha distinguido por sus duras exploraciones realistas de ciertos rincones marginados de la experiencia urbana. La lista continúa así: sorprendiendo por el contraste, asombrando por el riesgo, complaciendo a propios y extraños por la incorporación, precisamente, de los propios y los extraños. Aquí están los conocidos, ciertamente, pero sobre todo los que con frecuencia e injustamente pasan desapercibidos, y luego, claro que sí, los por conocer. Se trata, pues, de lo que las antologías logran en sus mejores momentos: inaugurar modos de lectura que, independientemente de los incluidos (siempre faltará uno o sobrará otro, por cierto), permiten reconfigurar panoramas enteros de producción escritural.
Hace algunos años, la poeta de Los Ángeles Jen Hofer se propuso hacer una antología de poesía escrita por mujeres en México. Como Hofer leía desde afuera, con iguales cantidades de rigor y avidez, curiosidad y ganas de no respetar los lineamientos internos del ambiente literario nacional, el libro que resultó de su lectura trajo a colación un mapa de poesía contemporánea muy distinto a los puntos de vista oficiales u oficialistas desde los cuales se elaboran una y otra vez, repetidas hasta la saciedad a veces, las antologías locales. Algo similar parece haber ocurrido con Eduardo Jiménez Mayo y Chris Brown en su proceso de lectura y selección. Traducidos al inglés por un equipo de voluntarios, los 34 cuentos originales que componen este volumen dan la impresión de ser el resultado de una lectura gozosa; una lectura sin jerarquías impuestas o autoimpuestas; una lectura guiada por el placer o el sentido del asombro más que el compadrazgo o el favor personal. Por eso es que, como anota bien Debra Castillo en la contraportada: esta colección “expande nuestra visión de la producción literaria del México contemporáneo, colapsando las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular e ideas preestablecidas de identidad nacional”.
Así pues, conscientes de su función como lectores entre culturas, tanto Jiménez Mayo como Brown señalan su afán de ir más allá de las definiciones trilladas no solo en términos de género literario sino también, acaso sobre todo, en relación a la producción cambiante, sorpresiva, cada vez más interesante de nociones de identidad nacional e, incluso, posnacional. Entre las páginas de estosTres mensajes y una advertencia viaja un México sin duda singular, raro, mercurial, directo hacia los Estados Unidos. Ni realismo mágico ni realismo duro —las dos formas más exportables de la realidad nacional hasta ahora— estos cuentos traen visa para ese otro México que se desenvuelve juguetón y magro en las ciudades, terrible y escurridizo en la imaginación. Que la antología haya sido nominada para uno de los World Fantasy Awards —uno de los más reconocidos en este campo —solo es evidencia de lo necesario que resulta una selección así.
Coda: En verdad creo que si las antologías nacionales respondieran a preocupaciones y objetivos como los que motivaron la realización de este libro, nuestra idea de lo que se hace en México hoy en día sería bastante, sino es que fantásticamente, distinta.

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