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domingo, 1 de septiembre de 2013

EL GATOPARDISMO DE LA EXISTENCIA, Xabier F. Coronado


Lampedusa con uniforme militar en 1920 y de 6 años, en 1903
Fotos: omne-pulchrum-amabile.blogspot

El gatopardismo de la existencia
Xabier F. Coronado
Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico? […] ¿Y qué ocurriría entonces? ¡Bah! Negociaciones punteadas con inocuos tiros de fusil, y luego todo seguirá lo mismo, pero todo estará cambiado. (…) Una de estas batallas en las que se lucha hasta que todo queda como estuvo.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa: El gatopardo
Entre las consecuencias de la relación de la literatura con el lenguaje encontramos un fenómeno poco habitual: la aparición de palabras  que expresan ideas originales o conceptos que no tenían un término específico para denominarse. Este hecho se produce cuando de la literatura deriva un vocablo nuevo que comienza a ser utilizado en el lenguaje, hablado o escrito, y luego se normaliza. Estos neologismos pueden proceder directamente del nombre de los escritores o desprenderse del título de obras literarias determinadas.
Es común decir que algo es “kafkiano” cuando se asemeja al ambiente descrito en las obras de Franz Kafka; “sadismo” o “sádico” son términos utilizados para hablar de comportamientos que el Marqués de Sade detalló en sus libros. Otras expresiones como “quijotesco”, “quijotismo” y “maquiavélico” son también ejemplos de palabras que la literatura aporta al lenguaje.
En la misma categoría se encuentra otro vocablo que, con poco más de medio siglo de existencia, se ha extendido de manera generalizada: “gatopardismo”. Este término, que en su origen fue utilizado en el ámbito del análisis político, surge del título de la obra El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957).
Gatopardismo político y dinámica lampedusiana
Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos... Y después será distinto, pero peor.
Giuseppe T. di Lampedusa El gatopardo
De la lectura de El gatopardo (1958) –novela póstuma y única de su autor– se desprende con claridad una idea precisa que emana de los hechos relatados por Lampedusa: en ocasiones es necesario cambiar ciertas cosas para que todo siga igual. En la Enciclopedia de la política, de Rodrigo Borja (FCE, 1998), el ex presidente ecuatoriano apunta que “gatopardismo” se utiliza «para señalar la actitud de cambiar todo para que las cosas sigan iguales, tal como lo proclama reiteradamente el personaje de la novela, en el marco del pacto con el enemigo político tradicional».
Ese patrón estratégico, expuesto de manera magistral por el escritor siciliano, se denominó gatopardismo, un término utilizado sobre todo en sociología política para referirse a una táctica empleada por las clases dominantes con el objetivo de conservar sus privilegios. Posteriormente, comenzó a usarse de forma habitual hasta ocupar un lugar común en los medios de comunicación. Basta con realizar una búsqueda en publicaciones impresas y digitales para comprobar que es una palabra que se emplea con relativa frecuencia a la hora de tratar cualquier tema.
En suma, al cumplirse cincuenta y cinco años de la aparición de la novela, el concepto está asimilado y el término gatopardismo bastante extendido. Menos utilizado es el adjetivo lampedusiano, que deriva del nombre del autor de El gatopardo y se refiere a la misma idea.
Hay mucho de maniobra política en el gatopardismo, sobre todo cuando se vincula a individuos que luchan por mantenerse en el poder o al propio sistema cuando necesita simular cambios con el fin de preservar su dominio. Pero el concepto da para más, trasciende el marco político y podemos aplicarlo para referirnos a nuestra manera de vivir y relacionarnos como individuos.
Las formas básicas de organización y funcionamiento de la sociedad humana son más antiguas que las ideologías políticas. Aunque en diferentes épocas se hayan presentado cambios que parecen significativos, nuestras formas de vida y relación se perpetúan en lo esencial. El término “lampedusiano” se ajusta más para denominar ese mecanismo que hace que nuestro proceso existencial como individuos se mantenga casi inalterable a lo largo de la historia. Lo inquietante es que la dinámica lampedusiana que se repite en nuestras vidas parece ejercer como freno evolutivo, pues se aferra a viejos hábitos y costumbres que bloquean la búsqueda de una visión más equilibrada de nuestra existencia terrenal.
La civilización y el progreso son gatopardistas, como los políticos en turno y las clases privilegiadas. El desarrollo humano sobre el planeta mantiene una dinámica lampedusiana y tendrá un final por saturación cuando se haga materialmente insostenible. Ese proceso, en el que estamos todos involucrados, nos atrapa. Vivimos en un estado de autoengaño y desconocemos el sentido real de las cosas hasta el punto de ignorar que el mundo es perecedero y circunstancial. Lo lampedusiano alude a una actitud humana, como individuos y como sociedad, que penetra el proceso evolutivo existencial.
En la actualidad se impone un ideal consumista, propuesto desde la economía occidental, que afecta a todo el planeta. En apariencia vivimos en una sociedad más justa e igualitaria, pero en la práctica ocurre todo lo contrario: una vuelta más en la espiral lampedusiana. Lamentablemente vamos a peor; esta certeza aciaga de un resultado final negativo también es revelada en El gatopardo con una sentencia clara y precisa que no necesita comentario: “E dopo sarà diverso, ma peggiore”, es decir, “y después será diferente, pero peor”.
En la historia de la humanidad, las maneras de relacionarse se repiten con ciertos matices que las hacen parecer nuevas, aunque nada cambie esencialmente. Si recapacitamos sobre un tema cotidiano como la violencia, nos damos cuenta de que es igual la primitiva tibia de Kubrick en 2001: una odisea del espacio, que el misil nuclear; la idea es la misma: un arma que se utiliza para dominar, agredir y matar. Obviamente cambian los métodos, pero no los modelos de conducta. El desarrollo científico y tecnológico es un ejemplo más de aparente cambio continuado sin transformaciones positivas. Prevalecen las dudas sobre las certezas: cada nuevo descubrimiento trae consigo una multitud de incógnitas por resolver.
La dinámica lampedusiana también opera en nuestra controvertida era de la comunicación global.
Es evidente que las cosas cambiaron: estamos más comunicados, aunque a veces de una manera muy superficial, y tenemos acceso a más información, a menudo de dudosa calidad y origen. Pero, a la vez, somos más accesibles y estamos más controlados. En la práctica, las nuevas tecnologías quizá resulten peor que los medios tradicionales de comunicación.
La clave de todo está en que este proceso de cambios sin transformaciones esenciales, con tendencia negativa, se repite sin trabas porque, como dejó escrito Lampedusa, no tenemos conciencia de que se produce: “Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra.”
Vida y muerte: la consciencia existencial
La muerte, sí, existía, no había duda, pero era cosa de los demás.
Giuseppe T. di Lampedusa El gatopardo
Si se analiza la evolución del ser humano sobre la tierra podríamos concluir que se trata de un proceso biológico desnaturalizado. Es una tesis verosímil desde el punto de vista científico porque, en definitiva, no dejamos de ser una especie en desequilibrio con el medio de cultivo orgánico en el que nos desarrollamos.
En general, las explicaciones que damos al sentido real de nuestra existencia son ambiguas y simplistas, mientras los sistemas educativos y la religión se encargan de perpetuar esa visión tan estrecha. Mayoritariamente se acepta que nos creó un dios masculino, omnipotente y paternal, un protector autoritario que nos controla, nos juzga y nos condena implacablemente. Hay muchas posibilidades explicativas pero todas son teorías sin demostrar; este proceso vital escapa a una comprensión mental que funciona entre limitados parámetros de sintaxis y lógica racional.
¿Cuáles son nuestros pensamientos, nuestras motivaciones cotidianas, nuestros anhelos reales? La desatinada sociedad actual es factible porque los individuos que la sostienen carecen de conciencia existencial, se vive una falacia donde todo cambia vertiginosamente para que todo siga igual. Esa inconciencia es una de las desventajas del ser humano; el sometimiento se hace evidente cuando miramos alrededor y vemos nuestras pautas de relación y organización, nuestras rutinas y la manera como despilfarramos la energía y la vida.
El sistema de vida occidental nos induce a pasar gran parte de la existencia con la esperanza de la jubilación; estamos seguros de que, cuando ésta llegue, comenzará la verdadera vida, la que siempre quisimos vivir pero postergamos a cambio de una garantía de seguridad material. Sin embargo, aquellos que logran llegar al ansiado renacimiento en supuesta libertad subvencionada, se encuentran con realidades imprevistas como la certeza de la vejez, la pérdida de la voluntad y la inminencia de la muerte… Entonces, incluso llegan a echar de menos el yugo que les mantenía sujetos.
En El gatopardo se trata en profundidad el tema capital de la existencia humana: la actitud ante la vida y la muerte. Lampedusa plantea con claridad que “el problema auténtico consiste en poder vivir esta vida del espíritu en sus momentos más sublimes, más semejantes a la muerte”, porque sólo la certeza de la muerte da la conciencia existencial que permite vivir en plenitud. Muchas veces pensamos en la muerte como algo ajeno, un evento lejano que tiene más proximidad con los demás que con nosotros mismos. En realidad, sólo admitimos la muerte en el discurso teórico porque, como se lee en la novela, “el conocimiento de la muerte era puramente intelectual, era por así decirlo un dato de cultura y nada más, no una experiencia que les hubiese penetrado la médula de los huesos”.
Es posible que si llegáramos a asumir conscientemente que el nacimiento y la muerte forman parte de la vida, lograríamos comprender que, como expone Lampedusa, “todos nosotros, igualmente sometidos a la doble servidumbre del amor y de la muerte, somos iguales”. Entonces, ante la certidumbre de la igualdad y de la muerte, dejaríamos de comportarnos como criaturas únicas y privilegiadas que disponen de tiempo suficiente para dejar las cosas para mañana.
En definitiva, ser plenamente conscientes de que vamos a morir nos ubica en la existencia y nos da la tranquilidad necesaria para admitir nuestro destino: “Como siempre, la consideración de su muerte lo serenaba […]. Tal vez porque, en fin de cuentas, su muerte era el final del mundo.”
Un cambio verdadero
«Mientras hay muerte hay esperanza», pensó.
Giuseppe T. di Lampedusa El gatopardo
¿Qué hacer para cambiar realmente? ¿Se podrá romper ese mecanismo, implacablemente lampedusiano, donde prevalece la simulación del cambio?
Será difícil, porque además de lograr la conciencia existencial, tendremos que probar nuestra capacidad para desarrollar una nueva visión del mundo que, necesariamente, rompa con todos los hábitos y prejuicios derivados de actitudes que parecen ser inherentes al ser humano. Será complicado descubrir la fórmula, pero no podemos perder la esperanza de encontrar el camino del cambio verdadero, superando gatopardismos y dinámicas lampedusianas.
Lo único seguro es que tendremos que cumplir el inexorable mandato biológico de la transformación energética para poder despertar en ese lugar, conocido y olvidado, que es la tabla de salvación del soñador de pesadillas. Pero, antes, es necesario creer en nuestras posibilidades, sin dudas ni miedos al fracaso. La búsqueda del cambio existencial conlleva el compromiso de realizar un trabajo personal trascendente que logre restablecer la conexión con nuestra verdadera naturaleza. Hay que poner en ello toda la voluntad, a sabiendas de que no tenemos muchas posibilidades de lograrlo. Como se dice en la tradición zen, hay varios caminos para subir a la montaña, pero lo difícil es tener la voluntad necesaria para recorrerlos y alcanzar el satori (la iluminación). Una vez en la cima, sólo es cuestión de lanzarse al vacío: la conciencia lograda durante el largo ascenso nos dará la fuerza necesaria para levantar el vuelo.

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