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miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA OBRA DE LUIS RAFAEL SÁNCHEZ, Juan Otero Garabís


Devórame otra vez
(La obra de Luis Rafael Sánchez)
Juan Otero Garabís
Para el crítico literario, hablar sobre Luis Rafael Sánchez siempre es ocasión de fiesta. Desde la narrativa, el drama y el ensayo, Sánchez ha asediado la realidad puertorriqueña con profunda y sabrosa grandeza imaginativa y creatividad lingüística. La riqueza de su escritura ofrece un suculento bufé de audaces frases y citas con las que nosotros, escritores sobrios y aburridos, podemos cautivar, divertir y hasta hacer reír a nuestras de otro modo bostezantes audiencias. Aristófanes de un Caribe que es y no es colonial, Sánchez combina y alterna como nadie registros de las múltiples culturas que acarician, golpean y resuenan en nuestras costas y campos, con una afincada prosa que coquetea con las mejores rumbas, guarachas, merengues y bachatas. Maestro del barroco español, ensortijado por los mares caribeños, en sus páginas bailan Tembandumba y Melibea, Góngora y “el negrito del batey”.

Como un maleante literario, Sánchez ha transparentado lo que podemos pensar como uno de los elementos principales de la cultura del pasado siglo: que las barreras entre lo que antes se clasificaba como alta y baja cultura se han borrado. El siglo xx, que Enrique Santos Discépolo describió como un cambalache en el que se ha “enredao la vida”, experimentó una acelerada revolución cultural que impactó determinantemente la filosofía y la literatura. Los críticos literarios han observado muy bien el afán de las vanguardias por imprimir en la poesía la fuerza creadora de la revolución industrial; sin embargo, creo que aún nos debatimos por entender la transformación de los imaginarios colectivos de las sociedades industrializadas y semiindustrializadas una vez impactados por la llamada industria cultural.

A pesar de que la radio llegó a Puerto Rico en la década de los veinte y ya para 1929 infiltraba en la “idiosincrasia” nacional el primer himno popular, el “Lamento borincano”, de Rafael Hernández, y despertaba “elogios” letrados para un ritmo caribeño, mulato y arrabalero como la plena, al extremo que Tomás Blanco la considerara “más nacional” que la encumbrada danza, no fue sino hasta la década de los setenta que la literatura comenzó a nutrirse definitivamente de la riqueza rítmica y lírica de nuestra música popular.
En La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, parece que las esferas diferenciadas de la ciudad letrada y la ciudad real se encontraran en un bar o en un baile, insinuando un bolero o guarachando. Digo parece, porque como tuvimos la oportunidad los que anoche escuchamos a Sánchez leer de esta novela,La guaracha… se caracteriza por la posposición de esos encuentros: la China hereje ‒a quien “vimos” sentada esperando en las primeras páginas‒ nunca logra el encuentro con su “amante”. Este encuentro sólo es posible figuradamente por la mediación de la industria cultural, la radio. Así podemos imaginar como simultáneos el baile bajo la ducha de la China hereje y el que sobre “la capota de un Mustang” despliegan las dos Sole: “hijastras de Eco”.

Claro, el encuentro sí se da en la prosa. El narrador de La guaracha… afinca un vastísimo repertorio cultural en el que se confunden registros lingüísticos provenientes de la literatura, la música popular y la publicidad. La dama de enloquecida alcurnia y apellidos largos, Graciela Alcántara y López de Montefrío, vive apasionada por ser el modelo de mujer que le venden las revistas al igual que la prostituta amante de su esposo, cuyo nombre se borra y se sustituye por el de un bolero de Felipe Rodríguez. Una quiere ser Jackie Onasis o Elizabeth Taylor y la otra, quien está buena como la India ‒la cerveza‒, quiere ser Iris Chacón. Así, culturalmente las diferencias económicas, de clase y de fronteras nacionales son imantadas. A pesar de que una viste Christian Dior y la otra espera desnuda, las ilusiones de una son creadas por revistas charramente internacionales como Hola yLa Semana, y las de la otra por la televisión local; ambas ‒la mujer más millonaria del mundo y la modelo del comercial local‒ son meros fetiches de la mercancía.

Siguiendo una sugerente expresión del narrador, la crítica bautizó a la Madre de La guaracha… con el bolero de Felipe Rodríguez como “la China hereje”. Este apodo es tan sugerente en sí, que por años se me había perdido el encanto seductor del propio bolero de Rodríguez: “China hereje”. En éste se llama China hereje a la mujer que ha dejado a un hombre “desgraciau”, pues ha cometido la “herejía” de abandonarlo. “China hereje” es otra representación más del encanto de vellonera de la mujer que no se somete a la voluntad del hombre, y se convierte en el objeto inalcanzable de quien por eso la vilipendia. ¿Acaso mediante esta alusión, la novela insinúa la distancia entre la voz letrada y esa otra cultura popular que la seduce pero que se le resiste? ¿Acaso La guaracha… es otro bolero más que canta la desgracia de una voz ‒esa “calandria tan triste‒ que desea una proximidad cultural que reconoce como imposible? ¿Cómo definir el transparente encanto por lo popular que confiesa sentir este galán letrado cual si fuera el burguesito Leonardo Gamboa arrebatado con las caderas de Cecilia Valdés?

Desde su publicación, la crítica se ha empeñado en descifrar y definir cuál es la relación entre ciudad letrada y ciudad real, entre literatura y cultura popular que representa la extraordinaria novela de Sánchez. Nuestro intento, pienso yo, reproduce ese continuo acecho de la ciudad letrada por decir y definir ese otro sujeto, sin el cual nuestra escritura parece carecer de sentido; sin el que la letra que escribe y define la cultura parece estar incompleta. No se trata de simplemente decir la nación, o decir al otro, sino de, mediante ese esfuerzo, articular una voz para comprender al ser en el mejor sentido orteguiano: “Yo soy yo y mis circunstancias.” Sugiero entonces leer La guaracha… no como la representación del lenguaje publicitario, sino como un intento de reubicar la literatura ‒y la “ciudad letrada”‒ en el espacio de la cultura.

Así ha mirado su escritura el propio Sánchez cuando habla de una literatura de “humor de fonda y fiambrera”: “el humor que muerde y golpea, el humor que mina todos los púlpitos, sermones engañosos, el humor que no se casa con nadie, el humor que aguarda por Mafalda” (La guagua aérea 185 y 162). Diría yo que una escritura que saborea la burundanga que estremecía y casi dejaba muda a las generaciones anteriores. Se trata de la confesión del encanto peligroso de esa cultura, que causa asco a personajes como la Alcántara y López de Montefrío. Como si fuera la China hereje que le canta a su embellacado Senador: “¡Ay!, ven devórame otra vez, ven devórame otra vez.”

En su colección de ensayos Devórame otra vez: artículos de primera necesidad, Luis Rafael Sánchez relata la anécdota del título de su libro. El primer “artículo” del mismo, titulado “Próxima parada: Nueva York”, refiere a su visita a la Universidad de Harvard donde “disert[ó] sobre los entrelazamientos ideológicos de la música popular y la narrativa hispanoamericana actual, sobre el flujo de intermediaciones retóricas entre la una y la otra”. Allí, en Harvard, fue donde primero le escuché usar la composición de Palmer Hernández ‒apropiada una década después como título de su colección de 2004‒ para referir a un futuro escrito sobre el cancionero salsero. Desde entonces me ha dejado con las ganas de leer o escuchar dicho ensayo para guarachar, cediendo a la tentación de ser devorado ¡otra vez! por el encanto de sus palabras. La frase no puede ser más sugerente, pues transparenta la proximidad de tres de nuestros instintos animales de satisfacción carnal: el de alimentación, el sexual y el de triunfo. La bestial expresión gustativa con la que se transmite el deseo de someterse gozosamente al otro, a esa China hereje que me dejará hecho leña para abandonarme después, en la pluma de Sánchez insinúa un salvajismo similar en voz de la ciudad letrada. Ya no es la Majestad antillana provocando la lascivia del poeta blanco que la contempla entre “dos filas de negras caras”, sino el hijo del poeta pidiéndole a la cultura popular: “ven castígame con tus deseos más, que el vigor lo guardé para ti”. Pero ¿quién se come a quién en esta batalla entre don Juan y doña Inés?, ¿quién sale manchado o manchada de sangre: el cisne o el lago? Son “intermediaciones” libidinosas, salvajes entre las borrosas fronteras de la letra y lo real, pero cuya diferencia persiste en nuestro discurso y en nuestro imaginario. ¿Cómo nombrar esa relación?, para usar el término de Édouard Glissant. ¿Se trata nuevamente de la batalla entre civilización y barbarie en la que esta vez la civilización se vale de las armas bárbaras?, ¿otro encuentro entre Héctor y Aquiles?, ¿entre Jasón y Medea? ¿O es simplemente una invitación al gozo mutuo: a soltar nuestras inhibiciones y ceder ante la desesperación vital de las venas? ¿Cómo distinguir la danza del danzante?

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