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lunes, 14 de julio de 2014

EL DESCONOCIDO VALOR DE JOSUÉ MIRLO EN MÉXICO, Andrés Cisneros de la Cruz



El extraño y desconocido valor de Josué Mirlo en la poesía mexicana


Andrés Cisneros de la Cruz

No todo es urbe para la poesía. Y aunque las ciudades usen sus puños para guardar entre sus versos el pájaro de la historia, los poetas que viven y mueren libres pesarán más que cualquier poeta funcionario o político poeta. Porque para un poeta nacido al filo de 1900 la única forma de brillar en vida era viajar, trasladarse al centro de los vectores, al seno cosmopolita y volverse un ciudadano del mundo; asirse al surgimiento de las universidades, y desde un puesto activo impulsar su carrera e intelectualidad, bajo la referencia de construir las lecturas establecidas para la futura educación del país.
            Sin embargo lo dionisíaco, lo trágico, lo elementalmente oriundo al poeta que se hunde en sí mismo para cavar una tumba a su medida en su propia sombra, es lo que da magnitud a un estilo, que metacrónico, logra ejercer un mundo, el mausoleo de su propio horizonte; y eso es lo que logró Josué Mirlo, plasmar una vida poética, que en su alcance metáforico supera la urbe del estridentismo, y en su condensación simbólica/ontológica se haya entre el modernismo y el poeticismo mexicano.
            Josué Mirlo nace trece años después que Ramón López Velarde y fallece en 1968 igual que Pablo de Rokha. Paralelo a la Revolución y al margen del triunfo de las Instituciones, da por resultado el estilo de un poeta desterrado del panorama de la poesía, nutrida por las vanguardias francesas e inglesas, que asumieron bien los universitarios, siempre tratando de ocultar el origen campesino y provinciano de sus lugares natales. (Aunque Carlos Pellicer trata de reivindicarlo con su enfoque arqueológico). Sin embargo, en la poética de Mirlo hay vislumbres de una veta humanamente fundida al hombre contemporáneo, que en busca de lo trascendente, se sacude las hojas secas, para reverdecer en el poema. Mientras que los universitarios del grupo no grupo de Contemporáneos buscó la trascendencia en los clásicos, Mirlo la encontró en la vida, en las reflexiones directas de observar los fenómenos del mundo, y después, en sus años últimos, imaginarlos desde el doloroso delfos de la ceguera. Igual que Borges o Bonifaz Nuño.
            Más distante de la política de "construcción nacionalista" Mirlo representa una especie de distopía natural, una estancia bucólica de femenino panteísta. Un paraíso infernal en donde toda la belleza se vuelve también un espacio de estadía forzada; para Mirlo ser en el mundo y estar en la vida es un proceso sin fin, que delimita la condición históricamente carnal del pensamiento constreñido a la época y el contexto, y que el poeta termina asumiendo como su propia contradicción nata, y al mismo tiempo representa su pelea-crítica contra el "propio" origen. Mirlo encarna esta guerra de un modo lúdico, satírico y seguramente encubierto en temas cotidianos para poder golpear con disimulo la conciencia de sus vecinos, amigos y demás comarquenses.
            Detector de baratijas, el poeta disfrazado de paciente, hace de las joyas feas del día, los frutos del árbol gigante de la locura. Cruza pasadizos, construye vitrinas, mientras la nube tarántula llueve seda, y el circo muestra sus monigotes, esperpentos que se desprenden del espejo cóncavo de Valle Inclán, y las estrellas, pelusa de luz, son el árbol del cosmos; tierra a la que vuelve el desquiciado de la puerta abierta. Por supuesto más moderno que Velarde, trece años son un lapso suficiente para engendrar un abismo. Pero por qué no es considerado entonces un aportador de "adjetivos novedosos", ¿por qué no ha sido llamado al vórtice que divide la poesía clásica de la poesía moderna?
            Tal vez porque distantes de la poesía que en el México del siglo XX fue leída con el cuentahilos del preciosismo floreciente de Europa, para los "rezagados" el ser era un proceso de descubrimiento particular; eran testigos directos de las cosas. Constructores de su propia fenomenología. Por ello los subterráneos ríos de la poesía mexicana ahora se descubren como grutas en donde la riqueza poética comienza a brotar de su estadío, y la boca líquida de un cenote es la lengua de agua que demuestra que hay un rico mundo fuera de la ciudad, falso centro de las percepciones. Porque Mirlo se haya entre la añoranza de no haber estado ahí, como apunta en su Autorretrato: "El destino, más fuerte que yo, me hace sonámbulo y vago como un perro famélico y sin dueño, que husmea por las aceras el rastro de un cariño que se perdió en la urbe", y su Inquietud, por el otro lado, de construir un córpus, al modo imaginativo de Julio Verne, desde la biblioteca, en este caso, del paisaje, para admirar el horizonte que aletea para llenar su sombra huérfana.
            Misterio es la poesía, sobre todo cuando nos habla de una realidad que delante de nuestros ojos está, y sin embargo era invisible antes de que nos fuera develada por el poema. Josué Mirlo es ese poeta que coloca la metáfora como un catalejo que nos hacer ver la vida de los objetos que se funden al fondo. En definitiva Josué Mirlo es de esos poetas raros de los que Rubén Darío habló. "Yo soy una torre de Estación inalámbrica", dice el poeta en Mensaje, más cercano de la telepatía lingüística del internet que del pararrayos celeste.
            Porque hace falta estudiar el "poeticismo" de Mirlo. La hechura de sus metáforas, su sentido. Hace falta investigar qué camino une su estilo a Ramón Martínez Ocaranza, porque no sólo los han confundido por su parecido porte, sino porque hay momentos versales de tal sincronía. Hace falta que los lectores conozcan a este poeta novio de la muerte, sombrío, poeta viudo, más que Nerval, vívido enlutado, sin sumergirse en el pozo de un "sol de la melancolía"; prosa bárbara que ensaya "la danza de péndulos ahorcados en la sombra", "viento lúgubre con alas de murciélago", "pájaro fantasmal" con sus "antenas de plata", para unirse al "árbol del mar". Porque de otro modo, Mirlo logró romper el síndrome de Sísifo y fue "un camino con figura de hombre" y "ante el pavor de estar soñando inmóvil en la cumbre, una angustia se le abrió como una rosa enorme... y la Esfinge que llevaba: dio señales de hablar". Lectura del Huidobro crecacionista que ramifica también en su poema El paranóico donde confieza su esperanza de llegar a ser Dios, pero narcisista destructivo, apunta más alto que Huidobro, porque no se "sentirá" (verbo que ocupa con ironía) cualquier deidad; sino "como un nuevo Quijote, hará de Sancho Panza al viejo Dios mediocre". Adiós creacionismo. Florece la rosa para comerse al poeta y dar a luz una nueva flor.

            Tal vez por eso también sea un poeta que ha sido relegado de la relectura general de la poesía central mexicana, porque representa un paradigma: el de trascender la antigua divinidad y el halo soberbio de Occidente de ya todo está dicho bajo el sol. Premisa que Josué Mirlo anula, porque cada paisaje que mira con sus poemas es distinto y se haya  también bajo un distinto sol. Por supuesto que Mirlo es un poeta moderno, posmoderno, pero sobre todo que ya ejercía una crítica a esta modernidad tardía y decadente: "Ese monstruo, que los siglos llaman enfáticamente: humanidad", la define, "que ha hecho del planeta su guarida, donde te reverencia y te sahuma con las emanaciones corrompidas de su estercolero en podredumbre". Versos que ahora catalogarían de ecopoesía. Actual es Josué Mirlo, por eso es importante leerlo, porque su poesía es necesaria, por eso es importante traerlo al ruedo. Y sobre todo acudir a la función, a la cita, al manicomio; a conocer a uno de esos pocos poetas que dan el madrazo en el estómago con sus versos, como diría Max Rojas hace la poesía. Y sobre todo, cerca de esa poesía que ya tenía en mente formar "el primer hombr psíquico, de una nueva y radiante humanidad, ya con el pensamiento liberado, feliz de arder, sin apargarse nunca". Por eso hay que revivir a Genaro, hacer vivir la poesía de Josué Mirlo con nuestros propios ojos. 

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