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miércoles, 9 de julio de 2014

FANTASMA, Norma Segades-Manias (Argentina)


La soledad se abate sobre esta indefensión con que los árboles permiten que el otoño los desnude.
Se escurre una llovizna despaciosa entre los laberintos de las lápidas, algunas cruces celtas, pebeteros, pilastras de alabastro, obeliscos del viejo cementerio donde los rododendros dejaron de dar flores.
ordes de la tumba y permite que la cuadrilla de sepultureros cumpla con su rutina de sigilo y prudencia.
Vistiendo un traje negro, con los ojos rojizos y la cabeza gacha, arrastrando los pies con pesadumbre sobre la grava del sendero, el viudo es el que cierra el acompañamiento. Se puede ver de lejos la cabellera rubia y el andar agobiado.
Va pensando en su esposa, en su credulidad a toda prueba, en el amor sumiso y abnegado con que colmó sus días. En la preocupación por no poder legarle el hijo que deseaba. Alguien que acompañara el tiempo de clausura que sucede al dolor de las ausencias.
No puede detenerse en otra cosa que no sea el recuerdo de su rostro casi irreconocible,el cuerpo fracturado, cada magulladura de la carne cubierta por la piel de la mortaja… Después de la rotura del neumático y del desplazamiento dando tumbos hasta la hondura del despeñadero.
Siempre tan entusiasta e inocente. Tan incapaz de imaginar traiciones, de recelar de gestos, de miradas, del timbre en el teléfono a deshora.
Mientras las amistades lo palmean, lo abrazan y formulan las huecas condolencias protegidas debajo del paraguas... en tanto enjuga el fruto de su llanto con la tela sedosa del pañuelo que cobija en el hueco de esas manos, heridas en su afán por liberarla del vehículo que ofició como féretro… cuando desenmaraña con sus dedos los cabellos un tanto desprolijos… sólo piensa en su esposa.
En ella y su molesta mansedumbre, víctima vulnerable para la intemperancia, los desprecios, el sarcasmo afilado con que su voz la abofeteaba a diario.
En ella y su obsesión por darle un heredero con el que compartiera el apellido, la existencia, el linaje, los caudales.
En ella y su infinita estupidez vagando soledades en la alcoba. Esa sonrisa afable durante las comidas. Esa absurda mirada de cordero temblando de impotencia ante el desgarro.
En ella y el asombro desmedido de enfrentarse a los puños sedientos de su sangre. Los que le sustrajeron la conciencia.
En ella y el letargo donde intentó asilarse en tanto la codicia seguía, paso a paso, el guión de un homicidio bien planeado.
Sabe que ahora deberá calmarse. Sobrevivir a todas las liturgias que establecen los duelos. Continuar ocultando la alegría de andar su libertad sin tener ante quien justificarse.
Casi inconscientemente estrecha con firmeza algún par de congojas que le faltan y se desliza al interior del auto.
Con la última palada de lodo irrespetuoso sumándose al montículo, un estremecimiento sacude la apatía de los enterradores.
El soplo de aire frío surgido del subsuelo gira entre la hojarasca. Arranca los listones a las ofrendas  fúnebres con sus uñas de sombra. Sisea alegremente entre los abedules y los fresnos. Sigue las huellas del acompañamiento para evitar perderse en la penumbra.
Ha llegado el momento de regresar a casa.

NORMA SEGADES-MANIAS

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