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jueves, 10 de julio de 2014

IDENTIDAD, Norma Segades-Manias (Argentina)

IDENTIDAD. (Libro Vitrales en tinieblas)


En la arcada compuesta por enormes ladrillos, una antigua mayólica exhibe en tinta azul la estrella de David y la menorah.
Los jóvenes turistas, sin mirarla siquiera, ascienden por la fresca callejuela que conduce a las torres de San Juan de los Reyes.
 lo que fue la antigua judería.
Luego de registrarse, ubican sus mochilas y maletas en tanto acuerdan turnos para tomar sus duchas.
Ella se esmera en ubicar la ropa dentro de los armarios mientras escucha a su hombre, divertido, canturrear bajo el agua.
Piensa que aunque consuma sus recursos de profesora sudamericana, sin duda este será su veraneo. Diferente. Perfecto. Inolvidable.
Por fin se siente a salvo del profundo misterio que rodea su origen. Protegida de dudas y secretos. Alejada del odio que hiende sociedades.
En su país, durante largos años, tejió la intolerancia la urdimbre de los miedos. Los secuaces del odio arropaban en ella la orfandad de los niños que nacían en medio del tormento. Y en la complicidad de los eclipses, lanzaban sobre el río velámenes de pájaros cegados por haber conducido, a puro impulso, las huestes de sus sueños.
Eterna sospechosa de haber venido al mundo en cautiverio, siempre deseó peregrinar por sitios donde esa historia le quedara lejos.
Por eso, antes del nacimiento de su niña, quiso viajar al sitio donde el Tajo, la luna, los adarves, las leyendas, parecían llamarla por un nombre secreto.
Las pupilas azules se detienen un rato en la ventana para observar el parque que se extiende debajo del alfeizar. Pero no advierte un tránsito en las sombras, el suave aceituní de los pañuelos, los bordes de una pena redonda y amarilla junto a la simetría de los álamos.
Intercambia caricias con su esposo en la puerta del baño y, antes de introducirse en la neblina, adivina el sonido del cansancio metiéndose en la cama.
Dispone zapatillas y vaqueros y suéter y camisa sobre el mármol. Cuelga sostén y braga del perchero. Y al punto se sumerge bajo las largas lenguas de la lluvia que le acarician vientre, senos, glúteos, caderas, en una ceremonia interminable.
Permanece durante largo rato aislada en un hechizo placentero, envolvente.
Hasta que el eco breve del sollozo despierta en el recuerdo una estancia vestida con tapices para atenuar lo helado de las piedras. Es un eco que intenta perturbarla con una hostilidad enardecida, topando como ariete contra los altos pórticos. Es un eco que arraiga hedores de un espanto fluyendo por las calles mientras las hordas del resentimiento enarbolan sus cruces y cuchillos. Un eco que eterniza los gritos repetidos: “A muerte los marranos”.
A través de los muros, manos imperceptibles deslizan atavismos por sus pieles. Examinan al tacto la semilla que despierta y comprende y reconoce las voces monocordes trepando desde el fondo de los tiempos.
Envuelta su figura entre las amplitudes de la bata, no intenta imaginar explicaciones acerca de la estricta certidumbre que le otorga refugio y pertenencia.
Surgiendo de esa herencia de centurias que estalla en atabales y gaitas y guiternas, descubre que conoce la liturgia, murmurea en ladino. Contentos los sus ojos favla consigo misma.
Después de cinco siglos, finalmente, regresa a Sefarad.

NORMA SEGADES-MANIAS

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