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martes, 8 de julio de 2014

OSCURIDAD, Norma Segades-Manias (Argentina)


En las tierras más altas transcurren las edades del invierno.
Temporada de rachas y celliscas, reinado pertinaz donde el cierzo convoca a arrebujarse debajo de los paños.
A cobijo de truenos y relámpagos. De nubes agoreras.
Los balidos dejaron de escucharse desde las soledades del crepúsculo.
El valle está sumido en el silencio espeso que precede a la cólera.
Solamente se escucha, cada tanto, el ulular de un búho y el silbido del aire entre las lápidas que rodean las ruinas.
Detrás de la abadía, la silueta del monje se perfila, alta, delgada, oscura.
Aún es un hombre joven.
Cubierta la cabeza rasurada por la basta cogulla, en el rostro anguloso, de nariz y barbilla prominentes, se destaca el color de las pupilas. Profundamente grises, agónicas, intensas.
Avanza por senderos ocultos en los pastos hacia los viejos muros devastados que recorta la luz del horizonte.
El lateral derecho de la nave se oculta en la negrura. Tallos de enredaderas abrazan los pilares, los arcos en ojiva, las paredes.
Pero ya no hay rosales, nivalis, rododendros. Solo la sombra crece. Y el tenaz deterioro de la torre.
Desde salientes en los ladrillones, los ojos de la noche observan ese avance cauteloso que traspasa los pórticos hasta alcanzar las rotas escaleras. Un impulso que trepa los peldaños apresurando el ritmo para arribar al claustro.
En estas coordenadas, donde siempre es la víspera del día de los santos, el paso sigiloso es apenas un lúgubre espejismo, una pena sin nombre ni sosiego que lleva incorporada en el recuerdo la imagen demoníaca, el gesto admonitorio, la fiereza sin freno con que el abad dictara su sentencia en el mismo fatídico momento en que lo descubriera yaciendo con mujer sobre el camastro.
Yaciendo con mujer apetecida.
Con mujer codiciada por conciencias culposas, denunciada a la furia que se aguza en la penumbra del confesionario. Padecida hasta el odio, hasta el flagelo en la piel de los frailes. Hechicera de labios voluptuosos, de pupilas confiadas, de cabellos cayendo a las espaldas como sutil llovizna de verano.
Con mujer que guardaba en las entrañas la semilla de su hijo. Y cuyo nombre nunca pronunciaron después de aquella noche. Ni se inscribió jamás en los anales. Ni tuvo tumba alguna. Ni rituales. Ni rezos. Ni memoria.
Por la ausencia de vigas y techumbres, un resplandor vivísimo ilumina la celda.
La misma en que lo hallaron cuando la podredumbre ya no pudo encubrirse. Delatado en la muerte por esa misma carne que lo indujo al pecado. Esa carne que nunca doblegaron las púas del cilicio.
La misma celda en la que su escarmiento horrorizó a los otros.
Aquellos que debieron enfrentarse a la locura de romper su osamenta y evitar sepultarlo en posición de feto. De cubrirle las manos, los dedos, los nudillos, las uñas arrancadas por su desesperanza contra el muro reciente. De ocultar bajo un velo las huellas de las lágrimas surcando sus mejillas cubiertas por el polvo de ladrillo.
Con fuertes remolinos la tormenta se abate sobre el valle. El graznido de un cuervo busca refugio bajo un ángel roto.
Como todas las noches de su angustia y hasta el fin de los tiempos, el monje se arrodilla junto al muro que sella la hornacina.

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