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viernes, 4 de julio de 2014

VUELO EN LA NOCHE, Norma Segades-Manias


VUELO EN LA NOCHE. (Libro Réquiem por los pájaros)

 
La calle está tranquila.
Muy pocos transeúntes caminan las aceras a esa hora precisa de la noche en que todo parece uniformado de color verde oscuro.
Hasta los autos mal disimulados donde acechan los hombres del servicio.
Camuflados. Atentos.
Desde su vigilancia solitaria, el joven escudriña cada sombra diseminando clandestinidades sobre la piel porfiada del asfalto.
Entre platos mugrientos y latas de sardinas, bajo la luz del tubo fluorescente, su compañero lee, de los libros prohibidos, las palabras prohibidas que subraya con la punta afilada de su lápiz.
De a ratos las comparte con cierta entonación conmovedora.
Con emoción de arenga subvertida evangelio en trastiendas, parroquias, barricadas.
Pero él solo acaricia las pieles de sus sueños con los ojos del alma. Nada más se detiene en la doctrina que nutre su entusiasmo. El polizón furtivo en la oscura bodega delos barcos luego de que la cruz señalizara la tierra prometida.
La que sobrevivió, secretamente, a dos generaciones sin penurias echando a los abismos del olvido viejas humillaciones, injusticias de las que fueron víctimas los otros, los primeros.
Mientras César Isella. Mientras la “negra” Sosa. Mientras Tejada Gómez y otros tantos se juegan el pellejo cantando lo vedado con un coraje revolucionario, siempre detrás del hombre necesario que promete nacer. Pero no nace.
Y él ya sembró desvelos en la orilla con el río embistiendo, a pura cólera, contra murallas rotas. Porque los terraplenes del suburbio apenas si resisten.
Él ya tuvo las manos tumefactas. Ulceradas por tramas de arpillera donde la arena cumple su herencia de vigilia.
Porque siempre llovizna.
O hace frío.
Piensa en todas las tardes pasadas en el barrio dando clases gratuitas.
En las habitaciones sin piso ni revoque que los padres construyen a punta de limosnas, sudores, rebeldías.
Para tener escuela. Para poder vencer a la ignorancia o para superar fatalidades.
Que, al final, es lo mismo.
Y, después de la misa, los encuentros.
Reuniones prolongadas en fogones donde el mate es amigo, peronista y amargo… Mientras los cuencos con las tortas fritas transponen los umbrales con su olor a pobreza solidaria.
Mientras las convicciones pregonan sus palabras. Anuncian tiempos nuevos.

Antes de que sus ojos abandonen la copa de los árboles, un ariete fractura la madera y abruptamente, sin pedir permiso, el grupo de tareas entra a cumplir sus órdenes, a ejecutar castigos.
El oficial a cargo atrapa sus tobillos y, sin mediar palabra, lo eleva por encima del alféizar, lo arroja a los abismos de la noche.
Por un instinto atávico bate brazos y piernas en el aire.
Pero todo es inútil.
La muerte lo ha llamado por su nombre.
Y él acude,obediente, hacia el charco asombrado de esa sangre que comienza a manar de las baldosas.

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