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miércoles, 2 de julio de 2014

ENTREVISTA FUTBOLERA CON JUAN VILLORO, Paula Mónaco Felipe


Foto: Notimex/ Pedro Sánchez/PSM/ACE
Recuerda a la perfección jugadas que oyó por radio cuando tenía apenas seis años. Enumera detalles de partidos recientes y puede analizar a fondo una jugada, un equipo o la historia de un país. Para Juan Villoro, el futbol es una pasión por momentos incontrolable. Confiesa que, en ocasiones, se ha moderado para salvar relaciones afectivas y no ser, dice, un zombi de las estadísticas. Defiende el balón con devoción. El cronista excepcional del balompié y la literatura sostiene que el futbol es un antídoto contra la realidad. Asegura que en una pequeña y al parecer insignificante cancha se reúnen lo bueno y lo malo de una sociedad. Muchos intelectuales lo miran con recelo por dedicarse tanto al futbol, pero Juan no retrocede, encara y se abre paso. Ha hecho muchos goles y no calienta la banca, y tiene un espacio seguro en el plantel titular. Alinea en el selecto equipo de los mejores escritores mexicanos.
Futbol antídoto
entrevista con Juan Villoro
Paula Mónaco Felipe

–¿Qué nos muestra el futbol sobre el mundo?
–Es un espejo muy acrecentado de lo que somos. Para saber cómo es una época, tenemos que saber cómo se entretiene la gente, y ahora la forma mejor repartida y organizada del entretenimiento en el planeta Tierra es el futbol (laFIFA tiene más agremiados que la ONU, y además le hacen caso). En el futbol cristalizan problemas sociales que no han sido producidos por él, pero ahí aumentan como en un espejo de feria. Entonces, los estadios han sido recintos de racismo, nacionalismo, xenofobia, dopaje, manipulación política, especulación económica... en fin, todas las lacras de la sociedad. Y al mismo tiempo es una reserva de nobleza primitiva, de cosas como las ilusiones de la infancia, la solidaridad comunitaria, la posibilidad de ser una tribu anónima encandilada por el fuego que cree en los héroes. Cosas que aún necesitamos.

–¿El mundo del futbol es el de las lacras que enumera o está más allá? Como decía Maradona, ¿“la pelota no se mancha”?
–Es la dos cosas. Por eso mi nuevo libro, Balón dividido, tiene que ver con la disputa. Está entre quienes quieren aprovecharse de él con fines espurios y quienes quieren defenderlo. Dedico un capítulo a Lionel Messi porque nos ha demostrado que la magia del futbol no se ha perdido: el primer trofeo que disputó en su vida era por una bicicleta y nunca ha dejado de jugar como un niño que quiere una bicicleta.

–Entonces no se puede hablar de “un” futbol, de “el” futbol.
–¡No! No puedes hablar del ser humano. Puede ser bueno, puede ser malo.

–¿Ve algo en común entre los clubes millonarios y los equipos que juegan los domingos en un deportivo?
–Lo que sostiene al futbol es el gusto elemental por el juego que se expresa en una playa cualquiera con gente descalza, en una plataforma petrolera arriesgando que el balón se les vaya al océano, o en los andes peruanos donde los hombres se han ido a trabajar y sólo juegan las mujeres. Se sustenta en ese placer elemental que tiene un vínculo, por supuesto, con lo que en la cancha hace Cristiano Ronaldo o algún otro millonario sobrepagado.

–El negocio ha crecido exponencialmente en los últimos años; sólo el Manchester United tiene 2 mil 100 millones de euros cotizando en la bolsa. ¿Qué tan importante es eso? ¿Ha cambiado al deporte?
–En un planeta que está abismado en el consumo, el futbol no puede ser ajeno a la mercantilización. Se ha perdido la noción de lo que es el deporte amateur, incluso en los Juegos Olímpicos (lo que gana Usain Bolt es impresionante). El futbol va al parejo de una economía global altamente especulativa que se maneja con enorme irresponsabilidad. Ahora, como el futbol tiene anticuerpos contra la modernidad, como diría Valdano, de vez en cuando el equipo pobre le gana al rico y David vuelve a ganarle a Goliath. Sucede.

–Pero, ¿es o no sólo un negocio?
–La comercialización existe y ofende al futbol. En México, que es un país de monopolios, tenemos la multipropiedad de los clubes, que es nefasta; la relación de los equipos que también es muy mala; y los torneos cortos determinados por la comercialización que impiden el rendimiento a largo plazo y la estabilidad del jugador. De ahí el declive de la selección nacional. Es decir, el negocio no se asocia con la calidad deportiva y esto es terrible.

–Desde hace décadas se dice que el futbol es el opio de los pueblos, ¿qué piensa de esto?
–Efectivamente se puede usar para la manipulación, incluso en países como Italia, cuna del Renacimiento, donde Berlusconi llegó a la Presidencia con el enorme prestigio de haber sido presidente y propietario del club Milán, utilizando como lema de campaña Forza Italia, que es el lema de la escuadra azzurra. Futbolizó la campaña y ganó las elecciones; entonces, podemos imaginar las manipulaciones que suceden en países muchísimo menos informados.
Juan Villoro habla rapidísimo, no es fácil seguirle el paso. Se emociona con recuerdos y datos, pero cuando la plática llega al balompié nacional, suelta críticas sin rodeos.

–En el futbol mexicano, una de las frases más repetidas es “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. ¿Qué tanto representa a la selección nacional?
–La segunda parte es una verdad absoluta, la primera es relativa. La fase eliminatoria previa al mundial fue un ridículo continuo salvado por jugadas excepcionales, como el gol de Raúl Jiménez en el último minuto contra Panamá, con una chilena portentosa; son excepciones. Hay un problema grave. Existe un gran capital humano y se ha demostrado en las categorías inferiores: hemos sido dos veces campeones sub 17 del mundo con gran autoridad y ganamos la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres en una final soñada contra Brasil. A nivel de juveniles estamos muy bien. ¿Qué sucede con el futbolista profesional? Que el futbol mexicano está muy mal gestionado.

–¿Por qué muchos de esos chavos no llegan a la primera división? ¿Las canteras están de adorno?
–Es lo que está pasando; hay una gran corrupción. Muchas veces a los muchachos se les pide dinero para pasar al primer equipo, hay un soborno que se da en todos los clubes. Algunos, como los Pumas, que por mucho tiempo fueron la cantera del futbol mexicano, ahora se manejan como una empresa que no honra las condiciones de los futbolistas.


Foto: Notimex/ Carlos Pacheco Parra/FRE/EDU
–¿Ha ido mejorando el futbol mexicano?
–No, llevamos cinco mundiales igual. Estamos estancados y me temo que un poco más abajo que en ediciones anteriores. México se convirtió en un equipo que logra pasar a la segunda ronda y ahí se atora. Es regular, ni muy bueno ni muy malo. Pero ha bastado para que sea una de las selecciones que más negocio produce.

–De hecho, en años recientes se le sitúa entre las diez más redituables del mundo ¿Beneficia eso al deporte?
–Depende de cómo se maneje la economía. Si se asocia con la obtención de títulos y con el rendimiento deportivo, como en la Premier League de Inglaterra, la Serie a de Italia o la Liga de las Estrellas de España, quien gana más partidos obtiene más dinero. En México el negocio no tiene que ver con obtención de títulos sino con el traspaso de jugadores, es donde está el verdadero botín y eso fomenta la inestabilidad. Tú puedes llegar en octavo lugar a la liguilla y ser campeón...

–Y la televisión, ¿qué tanta injerencia tiene?
–Muchísima. El futbol es muy importante en la franja de programación televisiva. Hay un gran negocio y se distorsiona mucho lo que pasa en el juego. La liguilla es algo que se ha fomentado mucho desde la televisión porque sube el rating.

–Sube el rating pero achata el nivel.
–Claro, porque es un dramatismo impostado. Entonces, si juegan a eliminación recíproca, son partidos de vida o muerte. Los hace más atractivos pero de manera artificial.
Juan Villoro tiene una vida de amor al futbol. El romance, explica, empezó en la infancia, cuando su padre, el filósofo Juan Villoro, lo llevaba a los estadios cada domingo. Su corazón se divide entre los hidrorrayos del Necaxa y el BC Barcelona.

–¿Para qué sirve el futbol?
(Silencio, por primera vez no responde rápidamente.) La realidad es imperfecta, el mundo está muy mal hecho y el ser humano necesita compensaciones ilusorias. Una es el arte, otras son el erotismo, el sueño, el recuerdo, el amor y el juego. (Otro silencio.) Durante noventa minutos podemos creer que la vida mejora. Si no soñáramos estaríamos perdidos, porque solamente tendríamos el mundo real, que no nos basta.

–¿Acompaña la vida de las personas?
–Sí. Cuando los jugadores salen a la cancha no estamos viendo solamente a once atletas; estamos viendo a once personas que representan a una entidad que los trasciende: un sindicato, una universidad, una escuela, una Iglesia, una ciudad o un país entero. Cuando los vemos en el círculo central, saludando en el estadio, entendemos que son algo más que jugadores. Son los nuestros, los once de la tribu. El futbol te pone en contacto con este sentido de pertenencia tribal y los jugadores son tus delegados emocionales para cumplir deseos. A veces lo hacen bien, a veces lo hacen mal, pero evidentemente el futbol sucede dos veces: en el mundo físico de las patadas y en el mundo mental de las emociones que delegamos.

–Un personaje de sus libros, el profesor Zíper, dice que el futbol es una oportunidad de volver a la infancia. ¿Por qué?
–Porque es un momento existencial básico cuando eliges unos colores y no otros. Porque es el equipo de tu padre o de tu barrio, porque te gustó la camiseta, te fascinó un jugador determinado, porque es el equipo ganador y tú quieres triunfar en algo en la vida. Por múltiples razones puedes elegir un equipo, pero una vez que lo haces el resto de tu vida está asociado con ese momento. El último grado legítimo de la intransigencia emocional es el futbol, porque puedes cambiar de todo en la vida –incluyendo de sexo con una operación– pero cambiar de equipo de futbol es como negar tu infancia.

–¿Se puede entender a una persona por su afinidad a un equipo?
–¡Claro! La gente que quiere domingos sencillos le apuesta a un equipo triunfador, poderoso. Los que nos queremos hacer la vida más complicada optamos por equipos gitanos como el Necaxa. Esa es una escuela de estoicismo y desafía tu paciencia. Estás acostumbrado a cosas difíciles y no es casual que la transición a la democracia en México haya sido en buena medida responsabilidad de dos necaxistas: José Woldenberg, que tuvo la dilatada paciencia de construir un Instituto Federal Electoral con credibilidad, y un presidente Zedillo que pudo resistir la tentación del fraude.


–¿Juega futbol?
–Me encanta una pregunta tan optimista. Tendría que jugar en la selección sub 70 ahorita; bueno, todavía sub 60. Me retiré definitivamente porque podría estar en ligas de ultraveteranos pero prefiero jugar en el recuerdo.

–¿Qué tanto jugó y cómo le fue?
–Jugué mucho en la infancia y en la adolescencia. Estuve con los Pumas en categorías inferiores pero, como dijo Fontanarrosa, sólo tenía dos defectos: la pierna izquierda y la derecha. Seguí por afición y me retiré en una cancha de futbol rápido, pasados los cuarenta años, contra un equipo mucho mejor que yo en condición física; todos tenían entre veinticinco y treinta y cinco años. Íbamos perdiendo por goliza. Yo estaba en la defensa y un jugador me rebasó. Con ese instinto primario que muchas veces aflora en el futbol, le di una patada. Salió volando por los aires, me avergonzé en el acto pero ya había cometido el delito. Fui a levantarlo y a pedirle una disculpa. Lo vi tirado en el piso, él había perdido el aire y sin resuello me dijo: “¡Maeeestro!” ¡Era mi alumno en la universidad! Me di cuenta de que me había convertido en un anciano que patea a sus alumnos. Era el momento de retirarme.

–¿Qué se disfruta más, jugar o ver?
–Desde luego, jugar. Me impresionó mucho una frase de Menotti, acerca de que él siempre sueña que está jugando. Es sorprendente porque fue un jugador discreto y un entrenador muy importante; su verdadera contribución al futbol está en el banquillo y, sin embargo, él se sueña como futbolista. Yo he soñado muchas veces que anoto en el Maracaná, contra Pelé, y que soy un gran jugador.

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