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martes, 1 de julio de 2014

FUTBOL: TODOS LOS JUEGOS EL JUEGO, Antonio Valle


Futbol: todos los juegos el juego
Antonio Valle
A Alejandro Valle
Jorge Valdano, fantástico exjugador del Real Madrid y de la selección Argentina, ha dicho que los intelectuales abandonaron al futbol a su propia suerte. Representa un enigma saber por qué la gente culta renunció a escribir, comentar y conceptualizar al juego de juegos, dejando que su entramado histórico fuera elaborado por una verdadera legión de iletrattis, los cuales forman parte de un complejo mecanismo que ha impedido que prospere una corriente inteligente, pero no pretenciosa; sensual y divertida, pero lúcida y crítica, en torno a un juego que, además, exige un valor capaz de conmover y convencer a hinchas irreductibles. Es cierto, la mayoría de escritores, intelectuales y artistas están en deuda con un juego que cada cuatro años ven centenares de millones de personas –más del doble del rating que tienen los Juegos Olímpicos–, aunque es justo reconocer que algunos maestros como Albert Camus, Premio Nobel y portero del Inter de Argelia; Chico Buarque, juglar y jugador activo del Polithema de Brasil, o Bob Marley, líder de su equipo y de la más grande agrupación de reggae, han escrito y cantado a los cuatro vientos que el futbol es un arte en libertad. En México, Juan Villoro se ha encargado de escribir de manera divertida y profunda acerca del fut; sin embargo, por la cantidad y densidad de temas que mueve el futbol, es importante que más personas se ocupen de pensar, crear y escribir acerca de este juego de juegos que, desde el 12 de junio y hasta el próximo 13 de julio, celebra en Brasil su máximo torneo global.
El juego del juglar
Las palabras juglar y juego poseen la misma raíz etimológica. En sus orígenes, las dos palabras designaban acciones para exorcizar a la muerte representada por tribus rivales y las indómitas fuerzas de la naturaleza. Curiosamente el juglar, que en el Tarot está representado por la primera carta, simboliza todo aquello que está latente en los orígenes. Es el prestidigitador capaz de crear toda clase de juegos a través del lenguaje, rapsoda que integra y compone –a partir de mitos y vivencias populares– verdaderos dramas épicos. En nuestro país, aunque escasos, hemos disfrutado narrativa de gran calidad en las voces de don Fernando Marcos y de Ángel Fernández, quienes durante años se encargaron de hablar con genio y decoro del futbol mexicano. Los juglares zurcen y tuercen palabras, encuentran gestos y expresiones famosas con las que seducen a torcidas brasileñas, barras argentinas o a hinchas del Uruguay (incluidos el mismo Chico Buarque, el flaco Menotti o Eduardo Galeano).
Como si fuera un balón, el juglar sabe zurcir en redondo para unir con su simpatía a las escuadras que salen de gira. Fueron juglares los que, viajando de un barrio a otro, de ciudad en ciudad, convocaron a multitudes, o a pequeños grupos de “iniciados”, para escuchar las legendarias hazañas, las aventuras de esos muchachos que viniendo de la pobreza se alzaron como héroes. Sólo unos cuantos sabían encender la chispa para entusiasmar a la gente que observaba en las tribunas; palabra, esta última, que guarda obvias relaciones con tribunos y tribunales: ellos eran los encargados de poner a consideración del respetable la actuación de villanos y héroes en arenas, llanos y en los campos temibles del juego ritual. Por eso juglares y encantadores necesitaban, además del favor de los dioses de la elocuencia, de juicio sereno y buena memoria, cualidades que les permitirían hilar con justicia y con gracia. Además de la merced que gozan los repentistas –dueños de un lenguaje rico en metáforas y silogismos–, debían echar mano de onomatopeyas, gritos, lamentos y carcajadas para que jugadores y auditoriumsincorporaran a su memoria lúdica visiones de conjunto y detalles de las gestas más relevantes.
Futbol adentro
Como dice Ezra Pound, “sólo la emoción perdura”, y este juego está hecho de emoción pura; aunque también se nutre de una paradoja genial, porque si bien cualquier pequeño sabe practicar este juego, futbol adentro se despliega una galaxia de símbolos que genera fenómenos inconscientes muy complejos. En este sentido, muchas veces me he preguntado por qué a mí, como a millones de personas en el mundo, el futbol me prendió de manera tan radical. Estoy seguro de que quienes lo jugamos en la infancia ya nunca lo olvidaremos; por eso más gente debería disfrutar de manera más amplia y profunda este juego que se lleva en la sangre. Sin embargo, actualmente en México, con excepción de narradores-fabulistas como Christian Martinoli y Luis García, el discurso predominante suele estar plagado de clichés y malos chistes. Entre otras cosas de carácter estructural, esa es la razón por la que el futbol mexicano tiene un gran déficit crítico, narrativo y conceptual. Por otra parte, aunque son conocidas sus connotaciones sexuales, pocos narradores utilizan los recursos de la picaresca para referirse a la trama de ese objeto del deseo, de ese agalma fálico que se disputa, salta, se oculta, gira y se mueve por todas partes como si tuviera vida propia; el balón es un objeto de origen fálico que sólo descansa por un instante al penetrar por el arco y mecerse dulcemente en el fondo de las redes. El placer que un gol puede generarle a los seguidores de un equipo guarda algunas similitudes con el placer que pueden alcanzar los amantes. Al caer un gol, además de gritos y aullidos, se desencadena una serie de estremecimientos y movimientos corporales involuntarios de todo tipo. Los besos, sonrisas, abrazos o nalgadas que se prodigan los viriles guerreros en el campo de juego, se extiende a tribunas, cantinas o frente a pantallas y amplificadores de audio y hasta en los sueños. En contrapartida, el portero, guardián de la meta prohibida –prometida para sus adversarios–, al caer un gol, como el resto de su equipo y partidarios, manifiesta una depresión espontánea y auténtica. Experiencia dolorosa, sólo superada cuando su propia escuadra perfora el arco contrario.
He aquí el gran símbolo que sólo es válido al interrumpirse el tiempo real para dar paso al tiempo del mágico juego de pelota. Esa experiencia que sufrieron y celebraron de manera exponencial nuestros antepasados en La Quemada y Monte Albán, también la conocen millones de personas que han visto golazos en el Maracaná o en Wimbledon; es la misma sensación que se reproduce en las favelas o en la memoria del Club Asunción que juega en la Unidad Deportiva. En este sentido, tal vez nuestro país sea el máximo exponente del juego de pelota porque, como dice Octavio Paz, en México existe una verdadera asamblea de pirámides, y no hay ciudad arqueológica digna de tener ese nombre que no cuente con uno de esos bellísimos campos de juego, diseño arquitectónico y urbano que, además de exhibir poderío cultural, fue un instrumento político y simbólico con el que los pueblos enfrentaban a su propio pasado bárbaro y a las tribus rivales. Entonces, como hoy, el juego de pelota incluía una fuerte dosis de misticismo, pasión y violencia.

Mural de un jugador de futbol en Tepantitla cerca de Teotihuacán, México
Una fiesta de la carne
No muy lejos de aquellos juegos que practicaron los pueblos de Mesoamérica, algunos pobladores de Gran Bretaña en la Edad Media inventaron un juego llamado “futbol de Carnaval”, práctica que incluía acciones físicas extremadamente violentas. De hecho, aunque algunos críticos prefieren no pensar en ello, es claro que la violencia es una de las fuentes constitutivas –claramente acotadas y administradas– más relevantes del futbol. No obstante, el caos que suele producir este juego, amado como ningún otro por los pueblos de la Tierra, encuentra las maneras de rehacer su propio cosmos, de encontrar un nuevo orden que no sólo acepta sino alienta la libertad personal y la del equipo. Durante el tiempo sublimado del juego de fut se reproducen diversos roles, donde jugadores y equipos, simultáneamente, “nos representan” y “preparan” para instalarnos nuevamente en el tiempo real. Esa “representación” o “delegación” genera un sutil mecanismo –a veces descarnado– de identidad, donde el ideal del yo (de cada uno) es proyectado y depositado bajo la custodia del equipo de nuestros amores.
En el caso de las representaciones nacionales, el fenómeno se multiplica por millones de seguidores, que, dependiendo de la capacidad espiritual y física de los jugadores, hará de nosotros, de manera momentánea o crónica, seres humanos alegres, confiados, solidarios, exitosos y creativos, o, por el contrario, fracasados, resentidos, amargados y tramposos. Particularmente son los niños quienes más se benefician o padecen los efectos emocionales que produce el futbol. La libido, al encontrar la meta prometida, esas costas y redes del placer donde se realiza un “claroscuro objeto del deseo”, antes que nada, precisa vencer inseguridad y miedos –resistencias interiores, personales y colectivas– para estar en condiciones de enfrentar a los más temibles adversarios.

Una aficionada durante el partido entre Croacia y México en la ciudad de Recife, estado Pernambuco, Brasil Foto: Xinhua/Lui Siu Wai (AH) (DP)
Por otro lado, el equipo tiene que defender su propio arco, especialmente un jugador enigmático al que todavía los juglares contemporáneos suelen llamar Cancerbero; es decir, el perro que defenderá como tal las puertas del inframundo, del inconsciente colectivo, de todo aquello que respetamos, que nos importa y brinda sentido. Por eso el futbol se vincula con lo sagrado, que en sus orígenes abrevó en las fiestas paganas de la carne que anteceden a la pasión.
Justamente en esta perspectiva carnavalesca algunos jugadores, como Cristiano Ronaldo o David Beckham, desempeñan el rol de verdaderos sex symbol. Ambos son objetos del deseo de miles de mujeres –y de hombres también– y por eso provocan fenómenos masivos de identidad, pero también de odio sin límite, ante el resto de la tribu que envidia su posición de machos dominantes. En la cancha de enfrente, en un territorio cercano a “lo espiritual en el arte del fut”, casi como si hubieran sido verdaderamente “tocados” por el emblema de la UNAM –es decir, cuyo espíritu habla por su raza–, alinean jugadores como Lionel Messi, Michel Platini o Cepillo Peralta. Entre estas antípodas –tan necesarias para la literatura, el teatro el cine–, en el futbol también existen destructores, artífices, villanos y caballeros; una verdadera pléyade de antagonistas, protagonistas y jugadores de ajedrez, porque el futbol, desde luego, también es inteligencia puesta en acción.

Pelé
Lo físico y lo simbólico
Así los grandes juglares tuercen en redondo para dar cuenta de ese reino físico y simbólico, ese reino de artes y oficios ya cercanos a los que Paz describe en El arco y la lira. No son muchos los juglares que han compuesto arrebatadas odas de fut; género al que pertenecen la comedia, la parodia y la tragedia con las que se documentan las grandes batallas, los ritos del caos y la desdicha. En nuestro país la “cosa” suele ponerse delicada cuando muchedumbres carnavalescas, más bien integradas por inmensas romerías de pobres, salen a las plazas públicas, borrachos y locos, a “jugársela” por México. La jarana emocional suele derivar en grescas, resacas y depresiones colectivas difíciles de evaluar, porque el futbol es un juego en el cual, por una necesidad gregaria inevitable, se ataca y defiende a ese “yo colectivo” vinculado a conceptos con evocaciones sexuales como el honor y la vergüenza; raros valores para las sociedades postmodernas donde lo que importa no es tanto el juego sino el negocio y las ganancias.
A ver si ora sí
En las últimas épocas el futbol mexicano ha cambiado. Una nueva generación de jugadores ha obtenido algunos triunfos, que seguramente usted conoce. El problema se focaliza en la llamada selección “grande”, donde nuestros jugadores profesionales aún no parecen alcanzar la integridad, libertad y alegría que se exigen los torneos globales. Sin embargo, en esta ocasión –la selección aztecael tri, México, o como usted prefiera llamarle a nuestra representación– tal vez sea capaz de jugar con decoro. De no ser así, podemos ir pensando que Carlos Vela, el jugador contemporáneo más sobresaliente de nuestro país, tiene razón en no querer saber nada de nosotros, quienes, a pesar denuestras limitaciones técnicas –y sensuales– alinearemos –por supuesto– con nuestra selección nacional. A mitad del Mundial, entre el “Cielito lindo”, y las crónicas que hagan los nuevos juglares, acaso logremos saber algo más de este juego de juegos, de esa fuga pulsional llamada México.

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