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jueves, 13 de noviembre de 2014

JOSUÉ MIRLO: EL NO-CONTEMPORÁNEO, Ricardo Suasnavar (Azcapotzalco)



Josué Mirlo: el no-Contemporáneo

Habría que comenzar situando a Josué Mirlo en tiempo: nacido en 1901, y contemporáneo por tanto de José Gorostiza, Mirlo crece (configura una poética) al ritmo irregular de la Revolución Mexicana. Destaca en ese momento histórico la influencia del modernismo; es imposible pensar el primer cuarto del siglo XX en su tradición poética si no consideramos tres o cuatro vates esenciales: José Juan Tablada, Amado Nervo, Enrique González Martínez y, más joven pero no menos influyente, Ramón López Velarde.

Bajo esta enorme sombrilla de influencias, lo más cómodo hubiera sido seguir el camino de sus contemporáneos. El grupo que llevaba aquel nombre estaba integrado exclusivamente por hombres de su generación. De Pellicer a Novo, nadie le lleva o le debe más que cuatro o cinco años a Mirlo. Sin embargo, el contacto con el grupo estridentista y la ideología política (nuestro poeta es miembro de la LER) lo alienan y le otorgan una visión más fatal de las cosas. Cierto es que comparte algunas características con el grupo de Contemporáneos: sus diferencias, sin embargo, no son menos profundas que sus semejanzas.

Hablando de su obra es como mejor podemos conocerlo. Saltan a la vista varias obsesiones centrales y, también, algunas omisiones en cuanto a temas. Frente a su pasión planetaria, su omisión ante la especie. Hay en Mirlo astros, lunas, atardeceres, crepúsculos, adjetivos como “sideral” o “celeste”. No así gente: desde sus primeros versos (publicados en la primera mitad de los años veinte) Mirlo considera al hombre un mero receptor terrenal: balbuceo del planeta en su interminable elipse. Los hechos relativos al movimiento rotatorio de la tierra tienen más fuerza que los actos humanos: el día, la noche, “agreden”, “agujerean ventanas”, avientan “granizazos de luz”. Pocas acciones humanas tienen tanta contundencia en los versos de este vate como el transcurso natural de los días. Mirlo es, en ese sentido, un poeta orgánico: sobre él confluyen y actúan la naturaleza y los planetas. El ser humano es poco más que un compañero de viaje. Aventuro una hipótesis: ante un país convulso, donde el sentido de comunidad se había desgarrado y el Estado tambaleaba, no hay en el entorno de juventud de Mirlo organizacionesconfiables de hombres. Hay ejércitos, hay esa masa masa informe que es “La Bola”. Poco más.

Otro aspecto a notar, y que comparte con la mayoría de poetas de su generación, es la progresiva liberación de la métrica tradicional en favor del verso libre. Esto no quiere decir que Mirlo no sea un versificador hábil. En sus primeros trabajos hay un notable uso del alejandrino y de estructuras rítmicas formales. Produce, además, obra que sorprende por su ausencia de ripios, comunes en las formas métricas establecidas. Sin embargo, creo que sus obras mejores se encuentran ya en la época libre. Hay en este poeta una tendencia casi natural a la musicalidad. Si a veces las elecciones verbales no son semánticamente consecuentes, el ritmo de los versos no falla. Conviene (como a cualquier gran poeta) leer a Mirlo en voz alta, para notar la vasta cantidad de matices y elementos rítmicos presentes en su trabajo. Después de todo, es tal vez en el verso libre donde el ritmo mejor puederespirar. Cede en seguridad lo que gana en novedad y asombro.

En algunos títulos de Mirlo (hablo de Manicomio de paisajes y de Museo de esperpentos) es notable la diagramación arquitectónica del libro como unidad. El poeta nos lleva de la mano a través de vestíbulos, celdas, casilleros. Avanzar a través de estos poemarios es atravesar un recinto planeado por el autor. Al salir por el lado opuesto de la construcción el lector ya no es el mismo.

Con el tiempo, acaso conforme la salud del poeta decae, su obra se hace más oscura y más densa. Si todavía en “El Suicida”, el protagonista del poema acaba redimiéndose al volverse infinito, posteriormente la tristeza de Mirlo es menos elevada, es, por decirlo de alguna forma, más corporal. Cito: «Todos los turbulentos mares/ que rugen enjaulados/ en mis células,/ todos los encrespados ríos de sangre/ todas las erizadas antenas de mis nervios,/ todas las tupidas selvas de mis músculos […] rompen sus espumarajos de rabia/ sobre el vientre aplastado de mis labios/ que se abren en palabras:// ¡Vida, estúpida Vida, te arrojamos al rostro,/ como un escupitajo,/ nuestro insulto!…» Mirlo precede de esta forma a Max Rojas, que ha colocado esa corporalización de las emociones en el centro de su obra. Cierto: si Rojas cortó el fruto del árbol de Mirlo, me parece que fue Othón quien sembró la semilla.

Pero no todo es lamentación en la obra del poeta. Hay también, hacia el final de sus días, abierta imprecación a sus congéneres: en el poema “El Cristo Rojo” mezcla con audacia y efectividad el mito cristiano y la lucha de clases. Es un poema muy curioso, tal vez único en toda la producción de Mirlo. Es la única ocasión en que habla al resto de la comunidad, en que, lejos de la levitación más bien liviana que lo caracteriza, acepta el peso del entorno y lo versifica. Lo destaco por arbitrario gusto personal: es acaso mi poema predilecto del mexiquense.

Mirlo es un poeta intensamente vigente. No es provinciano, ni folklorista. No es apto como producto de exportación mexican curious. Es, al contrario, un versificador lúcido, irónico, actual. Leerlo ayuda a cartografiar mejor el mundo de la poesía mexicana. Rico en archipiélagos y grandes continentes, no puede negar la impronta de Mirlo. La influencia sobre la generación inmediatamente posterior es palpable.

A veces, pareciera que Mirlo escribe para la posteridad. Y, a pesar de ser un poeta vital, una arteria importante del corpus de la poesía mexicana, suele ser ignorado. Es lógico: hay contemporáneos suyos (de edad y de nombre) que sirviern mejor al Estado que se construyó posteriormente. Cierto que el grupo de Contemporáneos no tuvo una relación fácil con el gobierno. No obstante, esa dificultad residía precisamente en la cercanía del trato. Supieron guardar silencio cuando había que guardarlo. Pero queda la voz de Mirlo. Atraviesa, diría Sabines, “muros, atmósferas, edades”. Ya lo veía el poeta que hoy nos ocupa cuando decía que a su espíritu “Le han de mirar los siglos pasar como una fuerte claridad de crepúsculo” En agradable oxímoron Mirlo mismo explica su papel actual. Es, sin embargo, en otro poema, donde el vate, después de olvidar a Dios (presencia poco importante en su obra, afortunadamente) logra vencer a la enemiga eterna, y acuña el verso con que quisiera cerrar esta insuficiente aproximación: Mirlo no se equivocaba cuando dijo que “Quedó su pensamiento vencedor de la muerte”.
A continuación, y con permiso de la Asociación Cultural Josué Mirlo, reproduzco tres poemas del mismo:
Profana
Son vocablos de carne mis hermanos los hombres,
son vocablos de carne, son litúrgicos nombres
con que expresa la Tierra su visión sideral.
Las ideas fulgurantes de sus frases carnales
las compendia la muerte sobre labios astrales
cuando muere el sonido de la frase inicial.
No es verdad que la muerte sea cobarde asesina,
es la musa celeste de la Tierra que trina
en el parque de Cronos oliente a santidad.
Por eso es cada hombre un pensamiento estético
que sintetiza todo, lo viable y lo patético,
de la Tierra que vive toda una eternidad.
Así todo planeta que medita solemne
en el bosque azulado del infinito indemne
tiene un lenguaje excelso: su misma humanidad.
Imprecación
A Roberto Zubillaga
Todos los turbulentos
mares
que rugen enjaulados
en mis células,
todos los encrespados ríos de sangre,
todas las erizadas antenas de mis nervios,
todas las tupidas selvas de mis músculos,
y hasta las cordilleras
impávidas
de mi osamenta bárbara,
en conciliábulo
de odio,
rompen sus espumarajos de rabia
sobre el vientre aplastado de mis labios
que se abren en palabras:
¡Vida, estúpida Vida, te arrojamos al rostro,
como un escupitajo,
nuestro insulto!…
¡Eres perversa y cruel!… Y a pesar de todos
tus afeites
¡trasciendes a letrina y a sudor de loba
siempre en brama!…
¡Por ti, fuimos cautivos de un óvulo incipiente,
cuando le hirió tu relámpago
espermático,
con el que has perpetuado
tu fetidez
y tu lujuria!…
Por ti,
se arrastra miserable
ese monstruo de estómago gigante
y millones de cabezas,
que sólo son pocilgas de un Pensamiento trágico
y esclavo,
que en todo momento
sólo trabaja para su Amo: ¡el vientre!
¡Ese monstruo
que los siglos llaman enfáticamente
Humanidad
y que ha hecho del planeta
su guarida,
donde te reverencia y te sahuma
con las emanciones
corrompidas
de su estercolero en pudredumbre!…
¡Y así quiere colgarse de los astros!
¡Por ti, no conocemos el descanso!
¡Los ejércitos victoriosos
de la muerte
saben de nuestro inútil
heroísmo
que nada te interesa
porque nos puedes substituir, Perversa!…
Cuanto mejor hubiera sido
ser en potencia
de un óvulo podrido,
latigado
por un espermatozoide sifilítico!…
Así el amor —tu cándido lacayo—
se diría pensativo
—¡Lo que pudo ser y no fue…—
y nosotros alegres
de ser:
¡Células en potencia,
sangre en potencia
nervios en potencia,
músculos en potencia,
osamenta en potencia!…
¡Así habríamos formado
el primer hombre psíquico
de una nueva y radiante
humanidad
ya con el pensamiento
liberado
¡feliz de arder
sin apagarse nunca!…
Mis labios callaron,
un silencio voraz apolillaba
mis sentidos
Sólo mi pensamiento
desde su obscuro y húmedo
retiro
¡reía!… ¡reía!… ¡reía!…
El cristo rojo

Para el Lic. Julio Ortiz Álvarez
¿Por qué siembras pedazos de tu cuerpo, buen hombre?
(Dice Cristo a un labriego que sepulta en el surco
su carne de miseria).
-Para que no tenga hambre mi patrón, (le responde),
para que no tenga hambre…; porque mi carne es fruto
que balancea en los campos a las espigas de oro.
-¿Y tú?…, (le dice a otro que se estruja con rabia las arterias robustas pletóricas de savia).
¿por qué juntas tu sangre en ánforas ventrudas?
–Es el vino, (contesta), que no falta en la casa
cuando el Amo da fiesta.
A un tercero que inclina la cabeza, interroga:
¿Tú cuajando tus lágrimas?…., ¿y para quién las pules?
-Para el patrón que gusta de enjoyar sus mujeres,
vampiresas noctámbulas!…
-¡Basta!…, (les dice Cristo), ¿para esto fui al Calvario?…
¿Para que tres o cuatro de mis ovejas malas
se vistieran de lobos?…
-¡No!…¡no ha de ser!… Hermanos:
¡Recordad que sois hombres!
—————
¡Que estéril fue tu sangre, Nazareno,
Y tu Cruz y tu sed, todo fue en vano,
Hay un fiero Caín en cada hermano
Y en cada turbia lágrima un veneno!
Hoy como ayer, se sacrifica al bueno
Y triunfa sobre el cóndor el gusano
Hoy como ayer el corazón humano
Vierte perfidia, vanidad y cieno.
¡Que estéril fue tu sangre! Todavía
El odio es amo y rey como en el día
De aquel pueblo maldito y lapidario.
A nadie ha dado flores tu semilla
Nadie quiere poner la otra mejilla
Nadie quiere ascender por tu Calvario..

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