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viernes, 14 de noviembre de 2014

LA LITERATURA Y EL MAL, Javier Sicilia

Javier Sicilia
La literatura y el mal

Desde hace años México vive en el mal. La palabra es tan inmensa como inasible. No hay explicación que pueda contenerla. Y, sin embargo, su expresión es tan concreta y atroz como el rostro del muchacho encontrado en Ayotzinapa con la cara arrancada y los ojos saltados; tan espeluznante como los degüellos hechos y filmados por losyihadistas de Irak. El mal pertenece al universo de lo mudo, de lo que no tiene palabra, porque es algo específico e irreductible, como los sonidos de los que sólo se le puede dar una vaga idea a un sordomudo mediante imágenes y analogías; pertenece también, a diferencia de Dios o del amor, a lo que carece de significación y de sentido. Tal vez por ello, y contra lo que filósofos y teólogos han dicho de él –explicaciones que no han hecho otra cosa que justificarlo y darle un absurdo sitio en la existencia–, la poesía ha intentado mostrarlo identificándolo con un lugar. La tradición grecolatina lo llamó el Inframundo o el Infierno: aquello que está en el interior del suelo, el sitio de la podredumbre y de las tinieblas. La tradición evangélica, Gehena, el Valle de Hinon: un basurero en llamas. Tal vez estas imágenes llevaron a Dante en su Comedia a hablar de él como un lugar donde suceden atrocidades.

Sin embargo, describir los actos del mal es, si se tiene una buena pluma y una fuerte presencia de espíritu, sencillo –nada más sobrecogedor que las atrocidades descritas por Vargas Llosa después del asesinato de Trujillo en La fiesta del chivo. Pero mostrar el mal en sí es, por su condición de mudez y no sentido, casi imposible. Por ello ciertos escritores usan imágenes y analogías traídas de las pesadillas. Stevenson, nos recuerda Borges, habla de un matiz abominable de color pardo que lo perseguía en su infancia. Melville de la insoportable blancura de la ballena. Chesterton se refiere a una torre cuya sola arquitectura es malvada. En otros lados habla de un laberinto cuyo centro no existe. William Beckford imagina un palacio infinito en cuyo interior caminan errantes miles de personas, silenciosas y pálidas, que no se miran entre sí. Kafka a un hombre convertido misteriosamente en cucaracha. A lo largo de mi vida, a mí me ha perseguido una recurrente pesadilla que se hizo presencia pura en el asesinato de mi hijo: la de una casa de mil habitaciones, penumbrosa y asfixiante, cuya infinitud es a la vez tan estrecha como la celda de un metro cuadrado, donde lo abominable habita y donde, haga lo que haga, sólo puedo sufrir su espanto y sus estragos.

Esas imágenes develan y comunican algo de la densidad irreductible del mal en el que México vive, de su inaudita concretud, de aquello que lo atroz provoca y, golpeando el alma, descompone la carne y genera algo semejante a un dolor físico, a un desorden biológico que se expresa en un caos del organismo. No podemos remediar lo que hace –la crueldad y la muerte son irreparables e inabarcables– ni evitar la descomposición que provoca. Pero podemos y debemos limitarlo. Contra el mal no sólo la justicia –que exaltan esas novelas sobre la dignidad como La pesteRobin Hood o El último samurái–, sino, acompañándola, una irracionalidad tan irreductible como el mal, pero en sentido contrario: el amor, que brilla en el fondo de esas historias.

Contra la irracionalidad del mal, la irracionalidad del amor. Es la enseñanza más profunda y más olvidada del Evangelio. A diferencia del camino de la pura justicia, Jesús se preocupó, antes que por los culpables, por las víctimas. Su respuesta ante el mal fue, antes que la acusación, la compasión. Hay que luchar por la justicia. Hay, incluso, que defenderla, si es necesario, con las armas. Pero no por eso hay que dejar de mirarnos como víctimas a las que es preciso socorrer frente a la irracionalidad del mal y su injustificable presencia. Necesitamos, al lado de la justicia, la compasión. De lo contrario la justicia corre el riesgo de no aplicarse y volvernos justicieros, perseguidores, doctrinarios del castigo. La dignidad, dice Gesché, no sólo opone al mal la justicia, que es la mirada hacia el culpable; debe también oponerle la compasión, que es la mirada sobre la víctima.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

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