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lunes, 24 de noviembre de 2014

LAS GEMELAS DE JUEVES SAMTO, Óscar Martínez Molina

Las gemelas de Jueves Santo

Al lado de mi casa vivían dos muchachas que atormentaron mis días y habitaron mis desvelos. Eran gemelas de alrededor de 19 y ambas libertas a más no poder. Sin el menor de los respetos. Lulú y Clara, los nombres que han permanecido acuñados en mi cerebro. Lo que tenían de flojas para la escuela lo tenían de cuzcas y coquetas. Las dos tan parecidas la una de la otra, de grandes caderas y exuberantes tetas. Atisbándolas desde la ventana de mí cuarto. Con la luz apagada. Las dos, una junto a la otra, eran besuqueadas y manoseadas por Juan de las pitas. Cada semana uno nuevo. A veces habiendo perdido la cuenta, compartiéndose compañeros. En el más completo de los silencios, con una puntualidad de inglés, en punto de las diez me acostumbré a dar las buenas noches a mis padres y presto me encerraba en mi cuarto. Con boleto de primera fila y a escasos metros, veía uno a uno los pasos que iban encendiendo aquellos cuerpos, y desde luego el mío propio. Los besos en los labios y en el cuello, eran lo de menos. Mi mirada seguía con atención sobre todo las manos que repasaban cada recoveco. Yo tenía sin más los 16, pero sin rodeo alguno, puedo decir que en tales terrenos era todavía bastante pendejo.

Al verme en aquellos tiempos más desarrollado, y habiendo dejado mis poses de púber, las gemelas comenzaron entonces por hacerme la plática. Cuando nos cruzábamos por la banqueta. O cuando venían a casa a comprar leche o quesos. O la nata, que según esto les parecía de la mejor que habían probado en su vida. Risueñas a más no poder. Dicharacheras y juguetonas. Pobre de mí, sonrojado no sólo por sus chistes subidos de tono, sino sobre todo por recordarlas como las había visto tantas noches de sus encuentros amorosos.

A pesar de los dichos y recomendaciones de mi madre -gemelas zorras era lo  menos con lo que se refería a ellas-, y del silencio cómplice de mi padre, en aquella Semana Santa ocurrieron dos eventos dignos de ser recordados. El primero fue que de pronto las gemelas dejaron de tener visitas de hombres. El segundo, la cercanía que sin haberla propuesto, se dio entre mi camino y sus vidas. Acechaban mi paso y sin recato me abordaban con el más mínimo pretexto. También tengo que aceptar que por algún misterioso secreto llamado deseo o calentura, yo mismo facilitaba los encuentros.
La tradición en mi familia marcaba la Semana Santa, con la estancia obligada de Jueves Santo a Domingo de Resurrección en nuestro rancho. Tareas y exámenes extraordinariamente especiales me hicieron no solamente no acompañar a la familia, sino lo más difícil, convencer de aquello a mis padres. 

Prestas y oportunas, las gemelas acudieron aquella tarde en cuanto se percataron de mi soledad. Pláticas y efusivas risas al principio. En mi inocencia ofrecía las historias de mis libros y el sonido opaco de mis discos más preciados. En absoluto sin brillo ante las guapachosas cumbias a las que ellas estaban acostumbradas. Cayó la noche y aquel par parecía no percatarse del respeto que debía yo a la casa. Tengo que admitir que por mi parte había nerviosismo por el giro que tomaban las cosas. ¡Jueves Santo! ¡No puede ser posible! Y si fue. Las gemelas siguieron adelante y aquella espontaneidad inicial comenzó a parecerme un plan premeditadamente orquestado. Las risas más y más fuertes, y la desvergonzada manera de recorrer palmo a palmo desde la sala a la mismísima habitación de mis padres. Y entonces allí, comenzaron a tocarme y todo pareció salirse de control. 

-¿Te gusta vernos? -decía cada una de ellas, y al decirlo arqueaban las cejas y abrían desorbitadamente los ojos.

Te hemos visto espiándonos! -exclamaban luego.

Y al mismo tiempo metían sus manos bajo mis pantalones, y tocaban mi cuerpo.

-Míranos sin miedo.

Y empezaron a desvestirse hasta quedar completamente en cueros.

Lo que siguió lo dejo escondido en los abismos de mi memoria. Sin embargo, ahora daría pie a una acusación formal de acoso y violación a mis derechos elementales de infante y púber. Fue desde luego la más oscura forma de descubrirme varón. Sobre todo con la indecencia de haberme cobijado en aquellos cuerpos que se encendían con una grosera experiencia. Quién lo diría, las gemelas zorras, retozando conmigo en la sacrosanta cama de mi madre. Aquel despertar careció por completo de algún dejo de humanismo. Simple y llanamente fui sumergido en las turbulentas y heladas aguas de la pasión y el desenfreno, y abruptamente también fui encumbrado hasta el delirio y la locura de la primera vez. 

Igual que llegaron, las gemelas partieron de casa. Aquella explosión de sentimientos tan encontrados atormentó el resto de mi noche. Deseo, vejación, cuerpos desnudos, risas, burlas, calor, olores, sabores y visiones. Pesar y llanto. Arrepentimiento brutal y tristeza del más santo de todos los  jueves.
La soledad me alcanzó el resto de la semana. Hora tras hora asomaba por puertas y ventanas cuando la pena escapaba de mí, y mi cuerpo temblaba por la ansiedad de volver a verlas. Hora tras hora también rehuía de ellas cuando mi espíritu reclamaba respeto y moral.  Y desde luego en medio de todo esto, el temor de que mis  padres descubrieran el enredo.

Volvieron mis padres. La casa retomó su paso y lo retomó sin que hubiera habido un solo resquicio de duda. Misteriosamente, mi voz comenzó de pronto a cambiar del timbre agudo a uno más grave y menos terso. Las gemelas como una sola persona, jamás volvieron a dirigirme la palabra, entonces era yo el que procuraba los encuentros y con una ignorancia magistral fui totalmente relegado de sus caminos. Mamá siguió refiriéndose a ellas como las gemelas zorras. Papá siguió cultivando el silencio. Las noches volvieron a calentarse con la presencia de varones desfilando junto a mi ventana. Calentando desde luego los aposentos de las vecinas, aclaro. Yo seguí la costumbre de asomarme y espiarlas hasta que salí del pueblo a estudiar medicina. Las gemelas siguieron entregándose con esmero y profesionalismo, y de vez en cuando también hacían un alto en su faena y ante la desconcertada mirada del galán en turno, se mostraban arrepentidas y sonreían hacia mi ventana. 


Oscar Martinez Molina ( México )

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