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lunes, 19 de mayo de 2014

BÁNFFY MIKLÓS, MAESTRO HÚNGARO, Edith M. Massün

Bánffy Miklós, maestro húngaro

Miklós en 1916-17
Edith M. Massün

A finales de los noventa, una novela imponente escrita en húngaro hace ochenta años, hizo una sorprensiva aparición, saliendo de las espesuras de los bosques de Transilvania que la tenían escondida hasta entonces, causando sansación en el mundo literario. Traducida al inglés en 1999, su éxito fue inmediato a pesar de sus mil 500 páginas, susceptibles de ahuyentar a cualquier lector de nuestros días.

Rápidamente siguieron otras traducciones en varios idiomas, provocando el mismo asombro admirativo en todos los países donde se publicó.

Los críticos fueron unánimes en reconocer en laTrilogía transilvana, de Bánffy Miklós, una de las obras maestras del siglo xx. Algunos hablan del descubrimiento tardío de una obra tolstoiana, otros la ponen a la misma altura de Balzac, de Stendhal o de Musil, o dicen haber descubierto al Lampedusa del este. ¿Quién era ese autor misterioso y dónde se escondió junto con su obra durante tanto tiempo?

Bánffy Miklós nació en 1873 en una de las familias más antíguas y acaudaladas de la nobleza húngara del Imperio Austrohúngaro, y murió en la miseria más grande en 1950, en lo que quedaba de su país después de las dos guerras mundiales: unsatélite del imperio soviético.
Fue un hombre polifacético, brillante, elegante y profundamente culto. A su castillo de Bonchida –que entre muchos otros tesoros albergaba una valiosísima biblioteca– lo llamaban con razón el Versalles de Transilvania. Bánffy hablaba siete idiomas, tocaba el violín, pintaba y dibujaba notablemente bien, y sobre todo escribía: piezas de teatro, novelas, ensayos y cuentos. A un tiempo artista de múltiples talentos y hombre político comprometido, pasaba su vida tratando de ser útil a su país y su pueblo, ayudando a quien podía.

Director del Teatro Nacional y de la Ópera de Budapest entre 1903 y 1918, fue él quien por primera vez llevó a escena las óperas de Béla Bartók, demasiado vanguardistas para su medio. No solamente las impuso en el repertorio del prestigioso teatro a pesar de la oposición de los círculos artísticos oficiales, sino que él mismo diseñó la escenografía y el vestuario, introduciendo un estilo nuevo que chocaba con la concepción estética anticuada que dominaba entonces en los teatros nacionales.

Antes de la primera guerra mundial, Budapest era la segunda capital del Imperio: una metrópoli mundana con sus palacios, avenidas anchas, teatros iluminados, tiendas de lujo y restaurantes exclusivos. Allí se construyó incluso el primer Metro del continente. Como en el resto del país, incluida la rica región de Transilvania, la clase dirigente se divertía despreocupadamente, sin advertir los signos que anunciaban conflictos mayores. Bánffy, por el contrario, tenía la premonición de fatales sucesos que no tardarían en llegar y veía con impotencia cómo los políticos, inconscientes del peligro, llevaban al país al borde del precipicio.


Orquesta militar del ejército austrohúngaro
Pronto estalló la guerra y todo lo que el escritor y político clarividente vio venir desde mucho antes se cumplió tal como lo anuncian los títulos bíblicos cargados de sombríos presagios de su Trilogía: Los días contados, Las almas juzgadas y El reino dividido.

La primera guerra mundial resultó ser para Hungría el mayor desastre de su larga historia. Como integrante del Imperio Austrohúngaro, fue una de las grandes derrotadas de la conflagración. Con el Tratado de Trianon, firmado en 1920, los vencedores la castigaron quitándole casi tres cuartas partes (setenta y dos por ciento) de su territorio milenario, incluyendo a la Transilvania entera, que quedó anexada a la nueva Rumanía.

Tres millones y medio de húngaros –un tercio de la población de habla húngara– fueron transferidos, sin consultarlos, a los Estados sucesores. Bastaron unos cuantos trazos de pluma apurados, con los que los negociadores de paz firmaron el documento, para que, sin moverse de su tierra, millones de húngaros se encontraran con que, de un día para otro, eran extranjeros indeseables en su propio país. En ciertas partes la nueva frontera fue trazada con tanta precipitación que partía en dos un mismo pueblo, y los habitantes de un lado ya no podían visitar a sus familiares o vecinos, ni a sus muertos, porque el cementerio también se encontraba al otro lado, en otro país que les era hostil.

A los que deseaban conservar su nacionalidad de origen no les quedaba más que abandonar sus casas y su tierra natal para irse rápidamente a lo que quedaba de la antigua Hungría. Esta última se asemejaba a un tronco humano recién mutilado de brazos y piernas, quedando en medio, como un corazón alborotado, la ciudad capital. Budapest parecía un hormiguero enloquecido, invadida de húngaros refugiados de las partes anexadas, sin tener qué comer ni dónde dormir. La estación del este se llenaba de vagones de carga con familias enteras que perdieron todo, mientras una terrible hambruna asolaba el país, obligado además a pagar indemnizaciones de guerra.

Con esa mutilación abrupta, la ciudad capital quedó privada de sus fuentes de vida. Fueron cortadas la mayor parte de las vías de transporte y de comunicación, se perdieron puentes, ríos y barcos, hospitales y fábricas, prestigiosas universidades, importantes regiones agrícolas, bosques y minas... Es un hecho: ninguno de los tratados de paz de París fue tan drásticos y humillantes como el de Trianon.

En su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, Bánffy procura salvar lo que se puede. A sus esfuerzos se debe la recuperación de la ciudad fronteriza de Sopron y algunos pueblos de los alrededores donde, como caso excepcional, los Aliados consintieron en que se consultara posteriormente a la población vía referéndum.

En 1943, el propio Bánffy negocia en secreto con el gobierno rumano tratando –sin éxito– de convencerlo para que, junto con el de Hungría, salieran de la alianza con los alemanes, haciendo por separado la paz con los Aliados. Finalmente, y de último momento, Rumanía logra zafarse sola, para terminar la guerra del lado de los vencedores. Dos años después, al retirarse de Rumanía, los alemanes saquearon y prendieron fuego al castillo de Bonchida, para vengarse de aquel intento infructuoso.

Cuando su mujer y su hija se van para Budapest, Bánffy se queda todavía en Transilvania procurando evitar la destrucción sin sentido del resto de sus propiedades. Poco después se cierra la frontera y ya no puede salir para reunirse con los suyos. La familia quedará separada por varios años. Vive los últimos años de su vida retirado en uno de los cuartos de servicio que las autoridades comunistas le conceden dentro de su antiguo palacio en Kolozsvár, y trabaja como repartidor de mercancías.

Sus libros fueron prohibidos durante varios decenios; los ejemplares que quedaban en bibliotecas fueron quemados. El castillo de Bonchida, el otrora Versalles de Transilvania en ruinas, se utiliza como depósito de una cooperativa agrícola. Sus jardines sirven de pastizales y los árboles centenarios se vuelven leña.

En 1949, las autoridades rumanas dejan a Bánffy partir para Budapest, donde muere, un año después, a los setenta y siete de edad, olvidado por todos. Las nuevas generaciones de húngaros del país comunista crecen sin haber oído su nombre. Fue preciso que su obra se publicara en otros idiomas, en otros países de Europa occidental para que, llegada su fama hasta ellos, por fin sus compatriotas de hoy la descubrieran también. Las obras completas de Miklós Bánffy fueron publicadas por primera vez en Budapest apenas en 2006.


La trilogía de transilvania

No es por nada que la Trilogía, escrita entre las dos guerras, lleva estos títulos inquietantes sacados del bíblico Libro de Daniel. Como Baltazar, rey de Babilonia y los convidados privilegiados de su banquete que se emborrachaban mientras sus enemigos persas se preparaban para la toma de la ciudad, la aristocracia húngara de Transilvania seguía bailando y embriagándose de vino Tokaji, al son de los violines gitanos, sin advertir que todo alrededor se estaba desmoronando.

Siendo aristócrata de antiguo linaje, Bánffy forma parte de esta casta, conoce mejor que nadie su forma de pensar y de hablar, sus gustos y costumbres, su egoísmo y su ceguera. Sabe todos los secretos de las grandes familias y está familiarizado con los ambientes en los que aquéllas se mueven. Nos hace partícipes de sus fastuosos banquetes, grandes bailes, cacerías, carreras de caballos y duelos insensatos; nos lleva a las salas de juego donde, en una sola noche, se dilapidan fortunas. En este universo, las mujeres sólo piensan en casarse con un hombre bien nacido, mientras que los hombres gastan dinerales comprándose trajes ingleses para estar a la última moda.

Con gran realismo y poder de evocación, Bánffy describe a esos aristócratas rodeados de usureros, hacendados explotadores, políticos ineptos y naciones vecinas con ambiciones militares. A través de sus vidas individuales logra pintar un fresco impresionante de la desintegración del Imperio Austrohúngaro.


Estatua de Bánffy Miklós en Sopron, Hungría por el escultor Péter
Párkányi Raab
La novela, sólidamente documentada, abarca los últimos diez años de paz de la Monarquía (1904-1914). Como diputado parlamentario, Bánffy ha podido observar de cerca las maniobras de los círculos políticos que describe con detalles precisos, dignos de cualquier historiador. Estas partes de la novela pueden resultar un tanto pesadas para el lector no familiarizado con la historia política centroeuropea, pero como paralelamente siguen los sucesos apasionantes de la vida de los protagonistas, de todos modos queda atrapado en la lectura.
En esta novela la ficción se alimenta de una poderosa memoria para crear un mundo vivo y veraz. El protagonista principal, el joven conde Bálint Abády, es el alter ego del autor. El castillo de Dénestornya, dónde Bálint crece, corresponde al de Bonchida, y la trama amorosa atestada de obstáculos que atraviesa la obra se nutre de una pasión vivida por el mismo Bánffy con una actriz que su familia rechazaba (y con la que finalmente se casa, pero sólo después de la muerte de su padre).

Algunos críticos destacan la forma, sorprendentemente moderna para su tiempo, en la que el escritor trata los asuntos sexuales. Habla del tema abiertamente y con franqueza, reconociendo en el impulso sexual una de las motivaciones humanas primordiales.
Por todas esas razones, sus personajes resultan tan verídicos como si fueran de carne y hueso. Existen, verdaderamente, y se quedan en la memoria del lector como el Julien Sorel de Stendhal o el Hans Castorp de Thomas Mann, dejando la impresión de haberlos conocido de verdad y haber vivido con ellos. Bánffy nos devuelve, así, la magia de la lectura que por momentos pareciera haberse perdido con los grandes clásicos de antes.

Su conocimiento de los hombres, así como de los objetos y ambientes que los rodean, y su capacidad de describirlos son realmente impresionantes. Respiramos el aire de estos bosques ancestrales que Bálint atraviesa para encontrarse con su amante, y estamos allí sentados a la mesa puesta para las grandes cenas con finas porcelanas de Sevres, cubiertos de plata y copas de cristal, viendo pasar los platos más exquisitos.

Aun cuando el medio recreado con tantos detalles es el de la clase alta, no faltan en la novela las figuras secundarias de políticos provinciales, empleados, campesinos húngaros y rumanos. Bánffy conoce también, y a fondo, sus condiciones de vida, habla su idioma y a través de ellos nos permite tener una visión bastante clara sobre lo que hay detrás del universo glamoroso de la aristocracia. Con empatía muestra la difícil situación de campesinos, pastores y leñadores explotados por caciques locales; cuenta cómo la mayoría de los políticos húngaros trata con desprecio a las minorías rumanas ignorando sus reivindicaciones, y cómo detrás de los buenos modales de los nobles se esconden a veces la indiferencia o la crueldad. En contraste con la gente trabajadora, muestra la irresponsabilidad y la ineptitud política de la clase dirigente.

Perspicaz, su crítica es aguda pero no sentenciosa. No se pone en lugar del Dios de la Biblia para juzgar: se contenta con describir las cosas tal como eran, dejando que el lector saque sus conclusiones.

Por su cercanía al sujeto de su obra, Bánffy no puede evitar sentir algo de nostalgia por ese mundo desaparecido que fue el de su juventud. Por otro lado, es demasiado inteligente como para no verlo también con cierta distancia y con ojos críticos.

Cercanía y distancia crítica, nostalgia e ironía se compenetran a lo largo de sus páginas intensas, ofreciéndonos una prosa verdaderamente cautivante.

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