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jueves, 22 de mayo de 2014

GARCÍA MÁRQUEZ, Cristina Fallarás

El amor eterno y esas cosas

CRISTINA FALLARÁS


Me senté a leer 'La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada' con el calor naranja de una tarde de 13 años en la casa de las Mendizábal que eran cinco hijas, todas nacidas en la calle Muntaner de Barcelona, todas lectoras voraces y todas, como buenas catalanas, poco dadas a los amores eternos con plumas de pavos reales y relojes a cuerda. En aquel relato se encontraba la música ardiente de bolero arrebatado, la que mejor podía humedecer la adolescencia fastidiada de los pueblos de costa, donde la siesta y los grillos propician amores eternos.

Cuentan que cuando el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía se enteró de los amoríos de su hija Luisa Santiaga Márquez Iguarán con un telegrafista, mujeriego e hijo de madre soltera llamado Gabriel Eligio García, la envió lejos de Aracataca con la esperanza de que la distancia o un hombre más parecido a lo que él había ideado le quitaran de la cabeza y el corazón al galán. Y quién sabe si habría sido así, de no mediar el cortejo sostenido e inquebrantable del joven Gabriel Eligio, que no dejó de obsequiarla con serenatas de violín, largos poemas de amor, cartas y telegramas hasta que doblegó la voluntad del que sería su suegro.

Eso cuentan, y seguramente la mitad de las familias tienen historias similares, pero hay que saber contarlas con alma de leyenda para convertirlas en tal. Así que el hijo de Luisa Santiaga y el ardiente Gabriel Eligio, Gabriel García Márquez, contó su propia historia a ritmo de folletín, porque en Aracataca era así como se contaba, y mientras que de la abuela Tranquilina Iguarán heredó lo mágico, del resto cogió ese realismo un poco cursi que vive en los boleros. Para clavarlo, entre otras, en 'El amor en los tiempos del cólera': «La lección no se interrumpió, pero la niña levantó la vista para ver quién pasaba por la ventana, y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado».

Me senté a leer 'El amor en los tiempos del cólera' el mismo día en que llegó a la librería del pueblo de Tarragona donde volvía a ser verano, cuatro años después de aquella tarde en la que conocí a la cándida Eréndira, prostituida por su abuela de pueblo en pueblo, y amada sin futuro por el joven Ulises, «un adolescente dorado de ojos marítimos y solitarios y con la identidad de un ángel furtivo». Nada más empezar, Florentino Ariza se acerca a Fermina Daza, viuda desde hace pocas horas, para recordarle su promesa de amor eterno, 53 años, siete meses y 11 días con sus noches después de mirarla a los ojos por primera vez.

Y al leerla me pareció que volvía aquel latido de color naranja que me puso tan cursi años atrás ante la mirada extrañada de las Mendizábal. 'El amor en los tiempos del cólera' y 'La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada'. Son un ejemplo. Con ambas se aprende que la mujer es una fiera y el varón muere de amor, que el amor es eterno, que la eternidad dura una mirada, que tu mirada es una condena deslumbrante, y ese tipo de cosas. En ambas late el embeleso inconfesable del bolero en llamas, la entrega del autor al arrebato amoroso, promesas, delirios, sacrificios, genio. Y ese tipo de cosas.

http://www.elmundo.es/especiales/cultura/gabriel-garcia-marquez/amor.html
— con Laura Muñoz Hermida y 26 personas más.

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