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viernes, 16 de mayo de 2014

LIMBO, Juan Villoro

Limbo
Esta semana el músico de rock Gustavo Cerati cumple cuatro años en coma. La medicina permite la existencia de seres fronterizos que duermen entre la vida y la muerte. Un artista del sonido y de la furia vegeta sin diagnóstico preciso. Aunque cuatro años parecen demasiados, la conjetura de un posible retorno impide retirar los cables.
En 1992 publiqué la novela para niños El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, donde un rockero cae en coma y revive gracias a que escucha su propia música. La idea de que un cuerpo se cura con lo mejor de sí mismo sirve para contar una fábula, no para aliviar a un enfermo sujeto a las restrictivas normas de lo real. Las canciones de Soda Stereo suenan sin ser escuchadas por el artista que las concibió.
Si Cerati despertara, los principales efectos secundarios de su enfermedad serían la ausencia de recuerdos y la ignorancia de lo ocurrido en ese lapso. Alguien debería ponerlo al tanto.
Esto lleva a un predicamento moral: ¿vale la pena decir qué ha sucedido?, ¿no sería mejor contar una historia alterna?
Cerati murió en vísperas del Mundial de Sudáfrica. ¿Habría que alentarlo en su recuperación, diciéndole que Argentina ganó la Copa y Maradona logró como entrenador lo mismo que como futbolista y Messi se consagró como su indiscutible sucesor?
En el ambiente encapsulado de la convalecencia, el cantante podría someterse a un tratamiento ilusorio, de noticias positivas, donde el peronismo fuera una forma de la sensatez y la autocrítica, y los músicos cobraran derechos por todas las canciones que circulan en la red.
Sospecho que este reforzamiento positivo sería más necesario para nosotros que para él. La verdad sea dicha, da vergüenza confesar que en cuatro años casi nada ha mejorado.
Ya fuera del hospital, Cerati pasaría a la zona impura donde existen las verdades. Pese a todo, algunas son alentadoras y producen el asombro de lo inverosímil. Sería más fácil que Cerati creyera en otro triunfo de Maradona que en un Papa argentino, dispuesto a cambiar las normas medievales de la Iglesia.
Acaso el doble milagro de la resurrección y del primer Papa llamado Francisco -pobre entre los pobres-, harían que el cantante asumiera una férrea devoción. Quienes sobreviven a catástrofes extremas suelen asumir una honda espiritualidad y regresar al lugar de su accidente como a un santuario. Todo esto no es sino una exagerada especulación. Por desgracia, la mayoría de las verdades no son estimulantes ni curativas. Antes de actualizar a Cerati, convendría responder a sus preguntas con el piadoso recurso de cambiar de tema.
Quienes se encuentran en coma ponen en entredicho lo que hacemos. Su eclipse mide nuestro tiempo. Si abrieran los ojos, ¿podríamos justificarnos ante ellos o sentiríamos la tentación de meter la basura bajo la alfombra? Entre dos orillas, los seres intermedios nos desafían a demostrar que vale la pena seguir de este lado.
En demasiadas ocasiones, el rock ha obligado a repetir la consigna griega de que los favoritos de los dioses mueren jóvenes. El caso de Cerati se aparta de esa romántica necrología. No pertenece al club suicida de Jim Morrison, Janis Joplin, Amy Winehouse, Jimi Hendrix, Brian Jones o Kurt Cobain. Tampoco es heredero de la estirpe de Keith Richards o Lou Reed, profetas del acabamiento que se salvaron sin repudiar su gusto por las calaveras. Para Richards y Reed, la angustia de estar vivo no se supera buscando la felicidad ni adoptando enternecedoras mascotas. Su oscura ruta de superación personal consiste en que la autodestrucción fracase.
Lejos de esas actitudes, el líder de Soda Stereo llevó al rock en español a un plano superior. Su vitalidad fue del tamaño de los estadios que llenó. No buscó el sacrificio ni el martirio. Su destino es tan inexplicable que obliga a cuestionar el nuestro.
"La música, misteriosa forma del tiempo", escribió Borges. Gustavo Cerati mejoró una época tan difícil como todas las épocas.
Desde 2005, el Vaticano hizo que el limbo desapareciera. La tierra media entre el infierno y el paraíso, a la que iban a dar los niños sin bautizar, fue erradicada por los teólogos para refugiarse entre nosotros.
La realidad está mal hecha. Falta justicia y sobran moscas. Curiosamente, la lograda representación de esa realidad es la forma más convincente y extraña del placer. El limbo existe, pero también el arte.
Cerati merecería de un relato a la altura de su música: no un informe sobre los defectos del mundo, sino uno novela para sobrellevar el mundo.

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