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lunes, 19 de mayo de 2014

RETORNO DE ELECTRA, Enriqueta Ochoa


Para poderte hablar 
así, de frente,
tuve que echarme toda una vida 
a llorar sobre tus huesos. 
Tuve que desandar lo caminado 
desnudando la piel de mi conciencia. 
Para poderte hablar 
tuve que volver a llenarme de aire 
los pulmones. 
Y cuidar que no se me encogieran las palabras, 
el corazón, los ojos, 
porque aún se me deshacen de agua 
si te nombro. 
Ya me creció la voz. padre, patriarca, 
viejo de barba azul y ojos de plomo. 
Ya te puedo contar lo que ha pasado 
desde que te fuiste. 
Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos. 
No me atreví a buscar 
porque no habría 
un roble con tu sombra y tu medida 
que me cubriera de la llaga de sol en mi verano. 
Uní la sangre que me diste a otra sangre. 
Malherida, 
borré la sombra del sexo entre los hombres 
y me quedé vacía, a la intemperie. 
Y no pude decir 
hasta que se hizo carne de mi carne el amor 
lo que era hallar la propia sombra, entregándose. 
Después quise ubicarte en mí, te pesé, 
te ultrajé, te lloré, medí tus actos, 
di vuelta atrás, 
y volví a caminar lo desandado. 
Por eso puedo hablarte ahora, así, 
porque entendí tu medida de gigante. 


                                        II 


No podemos hacer nada con un muerto, padre. 
Se suda sangre, 
se retuerce el aullido tirado sobre las tumbas 
en un charco de culpa. 
Padre, 
yo soy Pedro y Santiago, 
el sable que doblado de sueño castró su espíritu 
en tu oración del huerto. 
Yo soy el viscoso miedo de Pedro que se escurrió 
en la sombra a la hora de tus merecimientos.
Soy el martillo cayendo sobre tus clavos, 
el aire que no asistió al pulmón en agonía.
Soy la que no compartió 
el dolor anticipado que se enclaustró 
a devorar su miedo, 
la hendidura irresponsable, 
la desbandada de apóstoles. 
Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia. 
Di, ¿qué se hace con un muerto, padre? 
Di, ¿cómo lavo estas llagas 
si todo queda inscrito en el tiempo 
y todo tiempo es memoria? 


                                        III 


Colgábamos de ti 
como del racimo la uva. 
Cuando la muerte 
reblandeció el cogollo de tu fuerza, 
presentimos el vértigo de altura y la caída. 
Uno a uno, 
en relación directa a la pesantez de tu esencia, 
descendimos. 
Bajo anónimas pisadas me vi saltar la pulpa, 
sorprendida. 
Y no era orgía de vendimia 
ni enervación de culto. 
Fue ser la sangre a la sed de todos los caminos, 
dejar la piel desprendida 
entre un enjambre de alambradas. 
Ahora, 
para afirmar la talla 
con que tu amor me hizo 
sólo queda una espina: 
la palabra. 


                                        IV 


Perdón, hermanos, 
porque no alcanzo a verlos 
ahogada como estoy en mi hoyo 
de pequeñas miserias. 
¡Mentira que deseo morir! 
Antes quisiera conocerlos 
sin mi lente deforme. 
Quizá los amaría tanto 
o más de lo que estoy amando 
a mi lastre de lágrimas 
en este viaje de niebla. 


                                        V 


Padre, 
no puedo amar a nadie. 
A nada que no sea este fuego 
de sucia conmiseración 
en que se consume mi lengua. 
Quiero otro aire. 
Otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo. 
Emparedada, desconozco el resplandor del centro 
y la desnudez de la periferia. 
Voy a abrir brecha hacia los dos caminos 
y quizá quede atrás 
la trampa de la vieja noria. 



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