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jueves, 20 de agosto de 2015

ELMER MENDOZA, Ana Clavel (El Universal)

» LA SOMBRA DE LOS DESEOS EN LA FLOR «

ÉLMER MENDOZA

Como los muertos de Comala, viviendo en una necrópolis que se sueña viva, ahítos de una realidad que más parece infierno grande
Como los muertos de Comala, viviendo en una necrópolis que se sueña viva, ahítos de una realidad que más parece infierno grande (FOTO: CARLOS RIVAHERRERA / EKO )

ANA CLAVEL
| DOMINGO, 16 DE AGOSTO DE 2015 | 00:10
Eso de que “sobre el muerto las coronas” es como para rematar a cualquiera. Los homenajes en vida. Carpe diem. Estupendo festejar la trayectoria de un autor contemporáneo admirado pero mejor aún hacerlo en su plenitud. Hace poco el Encuentro Internacional de Escritores “José Revueltas”, que tuvo como país invitado a Luxemburgo, rindió homenaje a la obra de un escritor caro entre nosotros: Élmer Mendoza. La primera vez que escuché hablar de él y supe que se trataba de un escritor mexicano, sinaloense para más señas, pensé que en realidad tenía nombre de personaje de novela policiaca… o de beisbolista… o de luchador. Y bueno, no estaba yo tan errada: él mismo ha declarado cómo terminó escribiendo novelas policiacas, es buen bateador con las palabras y a su modo pugna por una literatura de élite pero para las masas. Esto es: una literatura literaria, con apuestas de consumada imaginación verbal, para un público más vasto pues aborda temas que lo acercan a una realidad que nos toca y nos hiere a todos.
El gran Federico Campbell señaló que uno de los hallazgos de la literatura de Élmer era rescatar el lenguaje de la calle para convertirlo en rigurosa materia literaria. Ese lenguaje lo ha usado nuestro autor para conformar un universo verbal muy cercano a la realidad violenta de este país. Pero si sólo tuviera que ver con reflejar o denunciar la realidad, la tentativa tal vez sería más fructífera desde el periodismo o los trabajos en materia de derechos humanos. No, acá de lo que se trata es de cómo esas realidades cruentas, terribles, se convierten en dispositivo literario: en una onda de David que arroja una piedra verbal y nos golpea el imaginario. Tal es el caso de la novela El amante de Janis Joplin: una bomba de lenguaje, un artefacto ficcional, que consigue desestabilizarnos de todas nuestras certezas en la figura de un tonto del pueblo que, cual David de a pie, derriba a un narco de una gloriosa —y funesta— pedrada. A su vez, Un asesino solitario o La prueba del ácido son tentativas para “desublimar” el arte, trayéndolo a la vorágine de la realidad del México hiperviolento actual, pero con armas de alto calibre artístico como lo son la narración poblada de matices corales del lenguaje coloquial, o los recursos  impetuosos para develar literariamente los entretelones de corrupción en los que se ven inmersos lo mismo un sicario que ha sido contratado para liquidar a un candidato presidencial, que un detective culichi en busca del asesino de una teibolera de quien ha tenido la desgracia de enamorarse. Todos ellos, como también Efecto tequila o Balas de plata, ejemplos de una escritura que no por tremenda y fatal deja de ser grácil en su manera de contonearse en el oído, o en el humor y ligereza, tiros de gracia cargados de ironía, con que se resuelven todas sus historias.
Por supuesto se trata de un escritor de peso completo, dotado de talento y conocimiento de la tradición literaria. Si no de qué otro modo se explica esa novela-diálogo con Pedro Páramo, titulada Cóbraselo caro, historia de un chicano exitoso al que, en el ocaso de su vida, le entra la locura quijotesca de encontrar las piedras en las que se convirtió el personaje de la novela ya clásica rulfiana en medio de un país fantasma. Para pensarnos si no seremos como los muertos de Comala, viviendo en una necrópolis que se sueña viva, ahítos de una realidad que más parece infierno grande. 
Yo digo que tenemos suerte de que Élmer Mendoza esté entre nosotros. Suerte de que no nos cobre caros ni su generosidad ni, en medio de este infierno que nos es común, su modo de construir una obra literaria que es afirmación de vida y arte. Y lo dicho: sobre el vivo las coronas…
ILUSTRACIONES Carlos Rivaherrera/ EKO



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