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domingo, 4 de mayo de 2014

MARCO ANTONIO CAMPOS, LOS OTROS Y EL YO (III y última), Hugo Gutiérrez Vega

Hugo Gutiérrez Vega
Marco Antonio Campos, los otros y el yo (III Y ÚLTIMA)


Foto: Cristina Rodríguez/
La Jornada
Marco Antonio nos demuestra que no son necesarias las metáforas ni los adjetivos pomposos para describir un paisaje tan lleno de solemnidad auténtica. Aquí triunfan los sustantivos que adquieren una fuerza especial e impiden las distracciones causadas por los adjetivos desgastados. En el poema largo están involucrados muchos aspectos de la historia de la ciudad y muchos más de la historia personal del poeta. Eliot le dijo a Seferis que gran parte de la poesía viene del inconsciente y por esa razón le sugirió, con la insistencia de un psicoanalista freudiano, que escribiera sus sueños y dejara el manuscrito en la mesita de noche para que el inconsciente floreciera. En Viernes en Jesuralén, Marco ve a su madre anciana apoyada en su bordón, recorriendo la nave principal del Convento de San Diego de Churubusco; ve a sus tíos en el rancho de Aguascalientes, siente su pasado alteño, revive la fotografía en la que el joven poeta Marco Antonio Campos camina, entre dos filas de soldados con cara de zafarrancho de combate, rumbo al Campo Militar número 1, corazón de la tragedia del ’68. Ve su enfermedad, su agonía y su regreso a la tierra y, paralelamente, caminando por la calle Ben Yehuda se detiene ante las frondosas milicianas israelíes armadas con metralletas cortas que reposan en senos lopezvelardeanos capaces de empitonar la camisa. Invoca a la Jerusalén inmortal, capital de imperios, de pueblos perseguidos, sede, en un tiempo, del estruendo de la historia. Así la celebra:
Oh Jerusalén color de arena y miel,
ciudad de Dios convertida en un infierno,
donde los hijos caen a filo de cuchillo...
En el centro del poema aparece la ciudad vieja con su historia de fuegos cruzados entre cristianos y árabes, judíos y turcos y, junto a los frondosos senos de las milicianas con sus metralletas cortas, las manos temblorosas armadas de piedras de las intifadas. Lo que quiere el poeta es la paz para la ciudad en eterna guerra. Ruega por ella y ve al hermano recogiendo el cuerpo del hermano muerto. Anteceden a estas rogativas los años en que el poeta se alejó de las prácticas religiosas. Esto crea una serie de preguntas angustiosas y el deseo es que el mensaje sea claro y transparente:
Sin más mensaje que el claro renuevo
del almendro y la pulpa del níspero en la boca
la clara mañana que dará el mañana...
El poema, más que ser un conjunto de reflexiones teológicas, es una manera de asomarse a la historia, de ver a los seres que actualmente habitan Jesuralén y de pedir una paz tan sencilla como la flor del almendro que todas las primaveras blanquea el aire.

En este disco escucharemos las muchas voces de un poeta inquieto que recorre ciudades, se adentra en ellas y se deja deslumbrar por sus bellezas, pero que al final encuentra en Jesuralén la ciudad de las ciudades, la del viento de la infancia, la de la esperanza, la que, desde hace años, grita la palabra paz y parece que nadie la escucha. El poeta la escuchó y nos la transmite desde lo alto de la mezquita, la terraza de la sinagoga, el pórtico de la iglesia católica, el canto ceremonial de la ortodoxia; así, esta ciudad es para nuestro poeta una metáfora del mundo.

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