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viernes, 15 de agosto de 2014

EL EFECTO DINOSAURIO, Ana Clavel


El efecto dinosaurio

Ana Clavel

El 17 de marzo de 1847 León Tolstoi dio inicio a su diario en una cama de hospital. Tenía 19 años cuando escribió: “Pequeñas causas producen grandes efectos”. Una sentencia que bien podría sonar filosófica, tuvo en realidad un motivo más banal, según explica su autor: “Pesqué una gonorrea por la razón, ya se entiende, por la que se pesca”. Sí, el gran Tolstoi, el escritor de las portentosas Ana Karenina y La guerra y la paz, fue antes un joven sensual fuertemente atraído por los pequeños —o inmensos— placeres de la carne. Pero el asunto no acabó mal: por la pequeña causa de una enfermedad venérea que lo sume en la postración, se desencadena la inmensa gracia de la escritura.
La relación de lo pequeño y lo grande, de las causas y los efectos, puede remontar vuelos colosales si se piensa, por ejemplo, en el famoso “efecto mariposa”, que haciendo eco de un proverbio chino, afirma: “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”.
¿Y quién no recuerda el celebérrimo minicuento de Augusto Monterroso que ha dado origen a tantas versiones y variados estudios?
EL DINOSAURIO
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.
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Según comenta Lauro Zavala en el prólogo a El dinosaurio anotado. Edición crítica (Alfaguara 2002), laminificción de Monterroso es “uno de los textos más estudiados, citados, glosados y parodiados en la historia de la palabra escrita, a pesar de tener una extensión de exactamente siete palabras”. Sumun del arte de la paradoja y la brevedad, ha sido además de motivo literario y objeto de estudio, argumento de reflexión teleológica y parodia política ante la sombra de la desgracia, del dictador o las estrategias arcaicas del partido único en nuestros lares. Entre sus estudiosos más reconocidos se cuentan Italo CalvinoMario Vargas LlosaJuan Antonio Masoliver. A sus indudables atributos literarios: “concisión y densidad, contundencia y elipsis, precisión y polisemia”, se suman la imaginación y capacidad lúdica de sus lectores. Consigno aquí algunas variantes recogidas en El dinosaurio anotado, que a la fecha ha crecido considerablemente y busca nuevo editor:
De Francisco Nájera:
LA HISTORIA DE DIOS
Y cuando se despertó, soñaba al mundo todavía.
De José de la Colina:
LA CULTA DAMA
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado El dinosaurio.
—Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo.
De Niña Yhared, el comienzo de:
EL DINOSAURIO
Vivo con un dinosaurio entre las piernas…
No está incluido en esta invaluable antología, pero he añadido una variación a la serie innumerable, incluida en el libro CorazoNadas (Posdata 2013):
CORAZÓN DE DINOSAURIO
Tanto hablaban de él, inventándole quién sabe cuántas colas, que cuando despertaron, descubrieron que por fin se había marchado. Pues qué esperaban… El dinosaurio también tenía su corazoncito.
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Además de ensayos literarios y entrevistas, la edición crítica de Lauro Zavala recoge los testimonios de Alí Chumacero y Juan José Arreola sobre la graciosa anécdota que dio pie al cuento original.
Tolstoi, quien intentó toda la vida la minificción pero tuvo que resignarse a escribir novelas enormes, según nos refiere Alberto Chimal en un texto no exento de humor e ironía, estaría de acuerdo sin duda con esta idea: el aleteo de un gran microrrelato puede causar pequeños tsunamis al otro lado de la página. Como esta muestra que enlaza el inicio de la Metamorfosis de Kafka con el cuento monterrosiano y que titulé:
SUEÑAN LOS ESCARABAJOS CON REPTILES ELÉCTRICOS
Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño turbulento, el dinosaurio todavía estaba ahí.

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