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jueves, 21 de agosto de 2014

EL LENGUAJE MÁS ALLÁ DEL LENGUAJE, Javier Sicilia

Javier Sicilia
El lenguaje más allá del lenguaje


En 1945, Hermann Broch publicó su novela La muerte de Virgilio. En uno de sus múltiples y complejos sentidos, la obra es una meditación sobre el decir poético que quiere llevarnos, como reza la oración final del libro, “al mundo que está más allá del lenguaje”. Obra espléndida e irrepetible, como el Ulises de Joyce, la novela de Broch toca un tema que, aunque ha estado presente a lo largo de la tradición mística, quizá sólo se convirtió en motivo de reflexión con el Tractatus, de Ludwig Wittgenstein, publicado en 1921. ¿Por qué hay un sentido más allá del lenguaje hablado y por qué ese sentido, aunque pertenece al lenguaje, no puede ser dicho más que en el silencio? Todo poeta en su quehacer se ha planteado, al igual que el místico, ese asunto. Dante, desde el canto X hasta el XXIII del “Paraíso” no deja de decirnos que el lenguaje le falla, que la luz de las significaciones últimas está más allá de la palabra. Ese hecho, del que da testimonio conforme se acerca a Dios, tiene, curiosamente, un acto de consumación en el canto v del “Infierno” donde, después de mirar el castigo de los adúlteros, Dante escucha el testimonio de Francesca y se desmaya, guarda silencio hundiéndose en una experiencia que simula la muerte. Algo está sucediendo allí que lo rebasa, algo cuyo sentido no puede decir y el cual dice con el silencio. Dante lo expresa de manera contundente en ese canto; en los del “Paraíso” lo enuncia. Lo mismo sucede, pero de manera más honda y reflexiva, en las 482 páginas de delirio lingüístico de La muerte de Virgilio. Cuatrocientas ochenta y dos páginas en las que, moviéndose en los límites inexorables de la palabra, sondeando hasta la desesperación lo último del lenguaje, Virgilio y Broch, como Dante en el canto XXXIII del “Paraíso”, guardarán silencio. Hay veces que el poeta llega a tal extralimitación en esa búsqueda que, así como le sucedió a Hölderlin, termina en la demencia o, como a Paul Celan, en el suicidio. En todos esos casos hay una experiencia de los límites últimos del lenguaje, la experiencia de que, dice Georges Steiner, existe una “brecha sustantiva entre la aprehensión que [el poeta] registra y los medios de expresión que le proporciona el lenguaje [una brecha que le hacen sentir] que hay una auténtica gama de percepción inmediata que está más allá de la expresión articulada, pero que es, no obstante, de índole sobrenatural, perteneciente al numen” y que conduce al silencio.


Hermann Broch
Ese silencio tiene muchos rostros y tantos significados como el vacío que lo contiene y del que emana todo lo creado, es decir, todas las significaciones del lenguaje. Tiene también, en el caso de Paul Celan, cuya búsqueda por devolverle la significación, es decir, la trascendencia, a la lengua alemana degradada en la no significación del crimen nazi, la fuerza de una protesta. Iván Illich, que tenía como su poeta tutelar a Paul Celan, lo expresó en su reflexión sobre las movilizaciones silenciosas que en la década de los ochenta se llevaron a cabo en Alemania contra los misiles atómicos Cruise y Pershing: frente al horror, frente a la no-significación de las armas atómicas, hechas, como los campos de exterminio nazi, para el genocidio y la destrucción, no queda más que el silencio. El silencio, igual que el alarido, la sílaba OM del yoga, y los últimos versos incomprensibles de Celan, es más elocuente que la palabra. Es un “no” a la no-significación y una afirmación del sentido que el lenguaje degradado destruye en el horror que genera, pero que siempre está porque es la vida. “Quien permanece callado es ingobernable.” Guardar silencio es un acto de sentido más allá del lenguaje que se agotó. “Yo también decidí observar el silencio –escribió Illich en 1983, como una explicación de ese “mundo que está más allá del lenguaje” y que en medio de la imposibilidad de decirlo dice desde allí– porque la ‘zona de silencio’ que rodeó al genocidio bajo los nazis ha sido reemplazada por una ‘zona de debate’ [sobre armas genocidas]; porque sólo mi silencio habla claramente en esa zona de negociación coercitiva de paz; porque nadie puede explorar o manipular mi silencio horrorizado.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los zapatistas y atenquenses presos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

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