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jueves, 14 de agosto de 2014

UNA NOVELA DE GENEY BELTRÁN FÉLIX, Guillermo Vega Zaragoza

Cualquier cadáver de Geney Beltrán Félix
En el nombre del hijo







La novela es siempre una exploración de los misterios y los abismos del alma humana, tanto para el que la escribe como para el que la lee. En Los testamentos traicionados, Milan Kundera apunta que todas las novelas buscan una respuesta a estas preguntas: ¿Qué es un individuo? ¿En qué consiste su identidad? ¿Mediante qué se define un yo? ¿Por lo que hace un personaje, por sus actos? ¿Por su vida interior, pues, por los pensamientos, por los sentimientos ocultos? ¿Es capaz un hombre de comprenderse a sí mismo? ¿Pueden sus pensamientos ocultos servir de clave para su identidad? ¿O es que el hombre se define por su visión del mundo, por sus ideas, por suWeltanschauung?

Al final del viaje que representa la escritura y lectura de una novela, tanto el autor como el lector se encuentran cada vez más cerca de desentrañar alguno de esos misterios, pero nunca del todo, porque la novela es una promesa siempre incumplida. El autor sabe que nunca logrará desentrañarlo por completo, que podrá acercarse pero nunca aclararlo plenamente. En tanto, el lector llega hasta el final sin una respuesta concluyente y muchas veces con más dudas de las que tenía al empezar. Sin embargo, se siguen escribiendo y leyendo novelas, y así será durante un buen tiempo, pues la novela es el artefacto perfecto para sumergirse en otros mundos, parecidos o muy diferentes al que vive el lector, pero que siempre aluden a las preocupaciones y los problemas del alma humana.

En su segunda novela, el crítico y narrador Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) nos sumerge en los intrincados y tormentosos vericuetos del alma de un personaje de nombre singular —Emarvi Arellano Vélez—, que se nos presenta al principio de la historia con una vida anodina y pedestre, con dos salvedades: su padre se suicidó de un balazo en la sien a los 73 años de edad, cuando él era apenas un adolescente, y su hermana y confidente Arinde acaba de morir víctima del cáncer. Dos muertes que le pesan y torturan por diversas razones. Emarvi (nombre compuesto por una rara deformación de “Omar”, porque a su padre le sonaba “como nombre de gordo”) emigró de Culiacán a la Ciudad de México para estudiar en la universidad, con el sueño de convertirse en escritor y después emigrar de nuevo a París, adonde quieren irse a vivir los que han leído la Rayuela de Julio Cortázar. Sin embargo, todas sus ilusiones se han ido al carajo: obligado a casarse por embarazar a la novia, trabaja en una oficina burocrática como editor de libritos sin importancia. Luego de un desgastante divorcio, es el distante padre de un niño de siete años, Adrián, con el que no encuentra forma de relacionarse.

Ese parece ser el problema principal de Emarvi: su incapacidad de establecer contacto profundo con los personajes que pueblan su asfixiante realidad: la castrante ex esposa, la bisoña y suculenta ex amante, la metiche compañera de trabajo, el decrépito casero alcohólico… Si acaso con la vecina Elvia —una joven aspirante a pintora, condenada a la silla de ruedas a causa de un accidente automovilístico, permanentemente angustiada por las desgracias ajenas— parece armar algo parecido a una amistad. Como un perpetuo Meursault —el personaje deEl extranjero de Camus—, Emarvi deambula por las calles de la ciudad, arrastrando su angustiante frustración, pensando demasiado y actuando muy poco, soñando con escribir una novela imposible, que quizá sea esta que estamos leyendo:
Una novela que vomite. Que vocifere su furia, que respire con enojo, hastiada de seguirle creyendo a la escritura sus ímpetus pudibundos. Que convoque en su prosa distintos niveles de la existencia, que vaya de lo elevado a lo sórdido, del lirismo a la crudeza, del estrépito al laconismo. Una novela que no use guantes de seda, que no tome el té de las cinco. En cambio, un libro áspero, que lacere y perturbe, que tense las palabras no con el estruendo fácil del amarillismo sino a partir del asedio de una violencia interior, solapada: una sintaxis que se vulnere sin gratuidad, sólo tácitamente y desde adentro, y que ese, inmaduro pero necesario, sea su estilo, a raíz del silencio que asfixia, y que en la página estalla.

Una novela así, por una intuición solitaria.
Su vida acontece en el pasado alternativo de un México que no fue, pero que pudo haber sido, muy parecido al de 2005, con movilizaciones en apoyo a un político de izquierda, Pérez Gracia, a quien se le quiere impedir que contienda en las próximas elecciones presidenciales; la población se polariza en un ambiente de violencia y crispación social como ominoso telón de fondo. De pronto sobreviene la catástrofe: el secuestro de Adrián, el hijo de Emarvi. Pero ni siquiera eso hace reaccionar al protagonista: se encaja una borrachera de órdago y desaparece varios días hasta que encuentran el cadáver del niño, al que le han extraído órganos vitales, en un lote baldío. Sólo entonces lo acomete algo parecido a la culpa, pero ya es demasiado tarde: cuando quiere conocer el lugar donde hallaron el cadáver de su hijo unos policías le propinan una golpiza:
La culpa es una pasión narcisista. Es como si el mundo se estuviera destruyendo no allá lejos, no fuera sino desde mi adentro, y sus vísceras aquí bajo mi piel estallaran. Y así uno ya no es un sí mismo sino un tejido descompuesto o roto ya indistinguible en todo ese gigante que viene disolviéndose. Uno se desmorona fundiéndose con él. Y ya no hay nada, salvo el dolor de la culpa, una obsesión voraz.
La culpa tiene una lucidez inhabitable. Que de nada sirve.
Todo esto sucede en la primera parte de la novela, que consta en su totalidad de 39 capítulos repartidos en cuatro secciones. Emarvi abandona la ciudad sin rastro. Apenas le deja a la vecina Elvia el manuscrito de una novela, “la historia de un ex empleado de correos que luego de meterse en problemas por violar correspondencia había decidido encerrarse en su cuarto y no salir para nada, temeroso de que la policía viniera por él” (que podría ser una versión alternativa de la primera novela de Geney Beltrán: Cartas ajenas, Ediciones B, 2011). Elvia se angustia por la repentina desaparición de Emarvi, luego de la tragedia que le ha sucedido. Yoli, la hermana mayor de la paralítica, a quien inexplicablemente Emarvi nunca le ha caído bien, sentencia: “Lo que creo que es que la gente se merece lo que le pasa… Hay gente que tiene que joderse, y punto. De eso se trata”.
¿Pero qué ha hecho Emarvi? ¿Qué es lo que supuestamente está pagando con tanta tragedia que lo persigue? Nos enteramos entonces de que Emarvi ha regresado a Culiacán en busca de algo parecido a la redención. Ahí se nos revela la parte oscura del personaje. En el pasado se ha comportado como un soberano hijo de la chingada, que fornicó con la esposa de su mejor amigo, a la que luego golpeó, humilló y abandonó. Paradójicamente, el Emarvi (con el artículo por delante, para aludir a la forma coloquial en que los culichis se refieren a los nombres propios de las personas) parece sentirse a sus anchas en el terruño, a pesar de que la violencia del narco está a la vuelta de la esquina. La verdadera violencia es de otro tipo, silenciosa y soterrada. Emarvi trata de enmendar —fantasiosa, inútilmente— el daño que ha hecho. Escribe cartas imposibles al hijo muerto, se inventa las motivaciones del suicidio de su padre, quiere hacerse cargo de los hijos de la amante despreciada, conversa con el desenfadado Farid, su hermano mayor, sobre sus culpas y el torcido sentido de la hombría (“De lo que hiciste, no es ni bueno ni malo, te diré. Todos los hombres venimos a este mundo a madrearnos a una mujer. Una, por lo menos. Después, cada quien conoce sus límites. Ésa es la prueba: ¿hasta dónde son capaces de llegar estos puños una vez que se han soltado sobre un cuerpo indefenso?”).

Geney Beltrán Félix
© Moramay Herrera Kuri
La novela comienza con la escena del suicidio de su padre y una pregunta que merodea como un ave de rapiña por encima de toda la obra: “¿cómo entender qué significa ser hijo de alguien?”. En Humano, demasiado humano, Friedrich Nietzsche escribió que “cuando no se tiene un buen padre, hay que hacerse con uno”. Lo que trata de desentrañar la novela de Geney Beltrán Félix es lo contrario: ¿cómo se hace uno hijo? De repente, al personaje lo asalta una certeza: “Para ser, hay que ser hijo…, hay que nacer debiéndole a alguien estas glándulas violentas, los agentes carcomidos que nadan en la sangre”. Emarvi se entera, luego de que le leen su carta astral, de que tiene un aspecto inarmónico en Saturno llamado “la herida de Quirón”, el centauro mitológico al que su padre Cronos abandona y su madre Fílira rechaza por su naturaleza dual y monstruosa.
Es sabido y reconocido que Geney Beltrán Félix se ha destacado como el crítico literario más importante de su generación. Las coordenadas iniciales de su quehacer como tal se encuentran en el libro de ensayos El sueño no es refugio sino un arma (Textos de Difusión Cultural UNAM, 2009) y sus textos críticos aparecen cotidianamente en múltiples publicaciones. Siempre resultará interesante leer las incursiones de un crítico en la creación netamente literaria. Hay cierto tufillo de morbo en la comparación: ¿ejercerá en su propia escritura lo que le exige a la de los otros? Es evidente que Geney Beltrán domina con desenvoltura un amplio repertorio de recursos literarios, los cuales ha puesto en juego en este libro, logrando aciertos innegables: una estructura intrincada, con innumerables saltos temporales, cambios de voces y registros estilísticos, pero que no dificulta el flujo narrativo sino todo lo contrario: lo lanza desbocadamente hacia adelante, hasta la inevitable debacle final del personaje. No por nada, con apenas un libro de relatos publicado (Habla de lo que sabes, Jus, 2009) y una novela entonces aún inédita, Esther Seligson (que no se distinguía por el obsequio de elogios fáciles) escribió que como narrador Geney Beltrán “es dueño de un estilo severo por directo y claro, directo por neto y sin concesiones estilísticas, neto por darle a las palabras el peso de su más pura esencia”. Todo eso lo refrenda con creces Geney Beltrán enCualquier cadáver.
¿Y si en el escribir está la culpa? Porque si en la realidad sólo somos responsables de nuestros hechos, en la escritura seríamos siempre sospechosos por nuestros deseos y miedos —que son lo mismo: los deseos la forma transparente, éstos la forma oblicua de nuestra congelada voluntad.
Qué es eso de creerle a la escritura una pureza. Engañosa la palabra; se vale de la vanidad, el embeleso, la necesidad de consuelo. Porque al final del día, pasada cualquier actitud frívola, queda la contranoche de lo escrito: y la bala que alevosa se fuga, el cuchillo que abre la carne es su concreción, el testimonio último, y el más elocuente. Lo que tiene su nacimiento en la prosa se vuelve adulto allá afuera, en el mundo.
El día que todos callen, cuando nadie piense ni fabule, el día del silencio: ese día la raíz quedará limpia, y los hijos nacerán con altos cuerpos invictos. Y no habrá nadie.
Toda novela es su propia teoría de la novela, pero al mismo tiempo es un artefacto de lenguaje que adquiere independencia a plenitud en cuanto es habitada y experimentada por el lector. La novela es una máquina que dialoga consigo misma, con el lector, con otras obras del autor, con otras novelas, con la literatura universal y, sobre todo, con el mundo. La novela crea su propio mundo mediante el diálogo con el mundo externo del que se desprende e independiza para sobrevivir a veces años, a veces siglos. Su vigencia se explica por la complejidad y multiplicidad de relaciones que establece sobre todo con el lector y el mundo (la circunstancia) en que le toca experimentar a aquel.
Cualquier cadáver es una exploración sobre el origen y los alcances del mal, desde aquel que se manifiesta en el crimen y la violencia social, hasta el que anida en lo más profundo de los seres humanos, incluso en aquellos que parecen las personas más normales y funcionales del mundo. Y paradójicamente, a pesar de su paisaje poblado de muertos y desolación, Cualquier cadáver es una novela impetuosa y viva, “una negación reiterada de la muerte”, como el propio Geney Beltrán caracterizó la obra de Macedonio Fernández en su primer, notable libro El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández (Tierra Adentro, 2003).
A diferencia de muchas novelitas inanes que abordan por encima los estragos de la violencia que vivimos y abarrotan los estantes de novedades de las librerías, Cualquier cadáver es una novela amarga, nada complaciente, que no da concesiones al lector; como la que soñó escribir el propio Emarvi: una novela que no usa guantes de seda, que no toma el té de las cinco; un libro áspero, que lacera y perturba. Es decir, una novela necesaria sobre estos tiempos para estos tiempos.
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Geney Beltrán Félix, Cualquier cadáver, Ediciones Cal y arena, 2014, 232 pp.



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