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jueves, 28 de agosto de 2014

REPOSICIÓN LEGIBLE del texto Lezana sobre Lezama, anterior)

José Lezama Lima, el tránsito en lo eterno Edición No. 26 Para Denixe Hernández.


Leopoldo Lezama es ensayista y editor. Estudió Lenguas y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha colaborado en diversas publicaciones nacionales e internacionales.

En el anochecer habanero el árbol del coral ostenta su pelaje rojizo; si uno alza la mirada pueden verse las vainas pero no la semilla secreta. La mano tendría que subir y abrir la vaina, sólo de esa forma el colorín brotaría pleno. Tampoco se sabe qué formas adquirirá el humo del tabaco una vez desvanecido bajo la espesura de la noche. Si el vapor prosigue el ascenso en otro espacio ya no será el ojo quien lo perciba sino la crepitación del alma despierta.

Para el alma despierta la noche supone una progresión a través de todas las esencias. La visión de José Lezama Lima, como el espíritu que se eriza para alcanzar lo inexistente, se sitúa en el centro de las posibilidades poéticas que llegan a su espíritu como grandes mareas sucesivas. Para el poeta cubano, la realidad se presenta como un páramo de enigmas, que bajo el sudor de la noche habrán de revelarse: La noche comenzaba a poblarse, a nutrirse. De lejos la veía como atravesada por incesantes puntos de luz. Subdividida, fragmentada, acribillada por las voces y por las luces. Estaba lejos y sólo sentía signos de su animación, como un parloteo secreto.1

La noche engendra innumerables motivaciones y el absoluto se contrae para fundirse en la palabra: La noche se ha reducido a un punto, que va creciendo de nuevo hasta volver a ser la noche. La reducción —que compruebo— es una mano. El pensamiento toma partido en la reconstitución de la realidad; la mano que escribe es la misma que aprehende las esencias mediante la escritura. Un viaje de ida y vuelta donde lo humano y lo inhumano se entrecruzan: La noche era para mí el territorio donde se podía reconocer la mano, y aunque según el poeta, la realidad no requiere de comprobación, el sueño poético le confiere un cuerpo para ser percibida. La estancia huidiza que linda con la desaparición es una constante en la poética lezamiana, un esfuerzo por encontrar lo otro como un ansioso recorrido por un desierto.

Por medio del apropiamiento poético se puede acceder no sólo a una sublimación, sino a un cabal conocimiento del mundo: la nocturna búsqueda de la otra mano; la búsqueda radical que se enfrenta a la nada: Miedo porque está la mano y posible miedo por su ausencia. La permanente búsqueda poética es en Lezama una intervención en ese flujo circular entre la presencia y el vacío: el devenir y el arquetipo, la vida y la literatura, el río heracliteano y la unidad parmenídea.

Lezama encuentra en el devenir complejo de la poesía una forma de conocimiento, un incesante acecho a lo que se encubre como una verdad anónima: Lo que se oculta es lo que nos completa… El saber que no nos pertenece y el desconocimiento que nos pertenece forman para mí la verdadera sabiduría. Ese desconocimiento original y el poder de revelación, constituyen para el poeta cubano la facultad de acceder a ese saber prohibido, tentativa sobrehumana de observar el impulso que mueve a todas las cosas: El residuo de lo estelar que había en cada palabra se convertía en un momentáneo espejo, una arenilla que dejaba letras, indicaciones. Una palabra solitaria que se hacía oracional.

En el pensamiento lezamiano la porción oculta se hace manifiesta bajo la sombra de una magnetizada vegetación lingüística: El verbo crea una mano excesiva en su transpiración, un adjetivo era un perfil o una mirada de frente… los ojos sobre ojos, con la tensión de la oreja alzada del gamo. Esa tensión es conducida por la mano nocturna, la mano evaporada que al descender instaura grafías, larvas de metáfora desarrolladas en indetenible cadeneta. Ahí, cada palabra aguarda a su otra compañera de navegación y así zarpan en busca de nuevas estancias de sentido. El juego de lo imposible, las cartas volcadas sobre el tablero desconocido son la estrategia que Lezama ejecuta para encontrar el punto que conecta todas las cosas, el pez afanoso de amigarse con todos los peces.

Lo divino, el cielo silencioso, transmutará en el hombre, en el horno de sus entrañas, por medio de la intervención de la palabra: participación que atesoraba una respiración, que une lo visible con lo invisible, una digestión metamorfósica… que trueca el germen en verbo universal. Lo estelar, bajo el favor del acto poético, se sumerge hasta lo más hondo de la raíz humana, el extinto espejo interior reconstruido por los griegos como ser. De esa fabulosa comunión se hace palpable la extensión de lo humano hacia dimensiones inescrutables: la participación de cada palabra en una infinita reconocible. La expresión poética como vehículo para comunicar lo estelar y lo humano, es un acto de fe parecido a lo que Lezama denomina la conciencia palpatoria de los ciegos. Acaso porque como afirma Heráclito: La naturaleza aprecia el ocultarse, la poesía crea un tacto intuitivo y permite que el pensamiento avance a través de la brumosa geometría de lo existente.

Lezama levanta cuestionamientos que sólo pueden formularse en el orbe de la esfera imaginaria, interrogantes que se deshielan en su imposibilidad de concreción: respuesta a una pregunta que no se puede formular, que ondula en la infinitud. A esta incursión de lo humano en lo estelar y de lo individual en lo universal, Lezama le adjudica un término: La penetración de la imagen en la naturaleza, genera la sobrenaturaleza, un territorio construido a partir de la necesidad de poblar el vacío. El intento de curar las heridas metafísicas con agua imaginaria, crea una nueva naturaleza.

Ante el desierto que impone el hueco original, Lezama admite la posibilidad de la imagen: Y frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría del hombre de la imagen reconstruida. La edificación de la imagen cumple un estado más allá de la naturaleza, un compuesto magnífico ideado por la mente que al evolucionar alimenta la tierra de la que se ha nutrido: toda especie al perfeccionarse engendra una nueva especie, de la misma manera la naturaleza, al acrecer por la imagen aportada por el hombre, llega al nuevo reino de la sobrenaturaleza.

La conjunción del imaginario con la naturaleza se da en el diálogo del hombre con lo estelar, hecho que Lezama vislumbra en las culturas más antiguas: En las mastabas egipcias una puerta quedaba abierta para recibir el viento magnético de los muertos. Vientos genéticos que siguen recibiendo los muertos. Este involucramiento del espíritu con la materia es la respuesta del ser ante el torrente de lo divino: Ya que el hombre es imagen, participa como tal y al final se encuentra con la aclaración total de la imagen, si la imagen le fuera negada desconocería totalmente la resurrección.

Frente al temible horror vacui, la imagen sostiene lo humano ante su inevitable extinción. Más allá de fungir como ancla espiritual bajo el devastador ciclón temporal, la imagen es la ruta hacia otros mundos, aquellos que se desprenden de un hábitat creado por la creencia en lo posible: Ese convencimiento innato en el hombre de saber que además la llave abre otra casa, de que la espada guía a otro ejército en el desierto, de que los naipes inauguran otro juego en otra región.

La imagen tiene el poder de extenderse y la fuerza que despeja la nebulosa de la imposibilidad, para saltar fuera de sus dominios: todo soporte de la imagen es hipertélico, va más allá de su finalidad, la desconoce y ofrece su infinita sorpresa de lo que yo he llamado “éxtasis de participación en lo homogéneo”. La imagen hace visible la correspondencia del hombre con el todo y permite su persistencia: Germen, acto y después potencia. Posibilidad del acto, el acto sobre un punto y un punto que resiste. Ese punto es un Argos, un lince, y surcan lo estelar. Sus huellas, dotadas de una invisible fosforescencia, permanecen. La sobrenaturaleza significaría la resistencia de la imagen frente a la desintegración: El acto del hombre puede reproducir el germen en la naturaleza, y hacer permanente la poesía por una secreta relación entre el germen y el acto.

Lezama encuentra en la poesía ese diamante robusto, esa sustancia que servirá a la mente para concebir la otra naturaleza. Esto representa un desafío en que el hombre, con pie de bestia alada, deja su huella en la arena de lo divino: Ya que sembrar en lo telúrico es hacer en lo estelar y seguir el curso de un río es caminar apartando las nubes.

La imagen, como potencia y crecimiento infinito, concentra en el ejercicio poético su posibilidad de materialización: Toda póiesis es… una participación del hombre en el espíritu universal, en el Espíritu Santo, en la madre universal. La imagen, rayo elástico y extensión prodigiosa, viaja a las alturas y vuelve a la entraña ya empapada del flujo celeste para atravesar la noche y asentarse como causa nueva. El acto poético sería esa batalla por ocupar un resquicio y hacer tangible lo esencial de la condición humana (del mismo modo en que la primera gran explosión hizo observable la expansión del Universo). La pulsión de la poesía es la amalgama que refuerza al espíritu para soportar la fuerza del vacío que estaba antes del origen y que en algún momento retornará a exigir su reino: Al borde mismo de la muerte las coordenadas del sistema poético bracean con desesperación; agotada la naturaleza, subsiste la sobrenaturaleza, rota la imagen telúrica comienzan las incesantes imágenes de lo estelar.

La imagen poética traza la ruta que el alma ha de seguir para renacer en alma de esfera celeste; la palabra magnetizada con la energía poética es la vena que conduce el flujo sanguíneo y la radiación de un sol voraz cuya luminiscencia alcanza los confines del Universo. En la humedad nocturna que crea la poesía las cosas se desprenden de sus contornos para ser parte de una sustancia etérea: el alma se da en la sombra, y en la sombra de la madrugada el pacer de las bestias contempla el cielo infinito. En la quietud, en la contemplación profunda del instante, es cuando se habitará de nuevo la naturaleza, porque sólo en el completo sosiego se advertirá el mundo de la infinita abertura.

Así como la lana nocturna, con lentitud sigilosa, se apodera del hilo diurno, así la poesía va invadiendo ese tiempo que avanza como un velero en el mar turbio. En la silueta onírica, en el goteante desvelo de la imaginación encendida, se asoma el tiempo nuevo, pues lo oculto, lo oscuro al llegar la nueva estación se configura; y como cantó Parménides en su poema filosófico: lo que parece más lejano, se hace firmemente presente para el espíritu.

La poesía es la daga que se clava en la materia pétrea y la cercena hasta volverla carne de la tela universal; es el afán capaz de aprehender los fugaces transcursos que están más allá de lo conocido, permitiéndonos distinguir las ciudades que se extienden más allá de las piernas de Hércules. La poesía es el caparazón que nos vuelve cuerpo perdurable bajo el follaje que derrumba, como el resguardo de un caracol que ofrece sus laberintos defensivos a la embestida de la marina nocturna. Es también la pulsión que colma esa desigualdad entre el sujeto cognoscente y lo irreconocible, bosque deshabitado que anuncia su fauna extravagante en el registro poético. Lo que es y no es, necesita de un resguardo que sólo puede crecer en la hoguera poética, porque avivando con el fuego lo legible se puede hablar con lo invisible. La poesía se planta en el tiempo como el mulo en su cuerpo, dice Lezama: a ambos se les ve su aleta buscando el complemento desconocido.

La imagen ejerce dos tareas mayúsculas, el contacto con lo estelar y la recuperación del ser mismo: En esa conciencia de ser imagen, habitada de una esencia una y universal, surge el ser. Ser que se condensa en cuerpo y que cobra conciencia de su trascendencia; ser definido como entidad indivisible, embriagado de plenitud y ansioso de asentar su peso en el flujo de las eras. Ojo fijo, muro levantado con polvo de diamante, el ser aparece cuando se cimienta la imagen.

Y si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, repitiendo el menú de los Dioses el hombre llegaba a ser Dios, afirma Lezama. Se trata de la persistencia del ente finito contra la disgregación; ahí, bajo la corriente destructiva de todo transcurso, el aliento poético levanta un puente para que transite lo humano: El poema es un cuerpo resistente frente al tiempo y el poeta es el guardián de la semilla, de la posibilidad, del potens.

El espíritu recupera presencia a punto de difuminarse; poseído por la poesía avanza a tientas entre la oscuridad y deja su rastro centelleante, el temblor de la mano al avanzar en el vacío. Y para que el ser llegue a su estado de completud, debe atravesar el torbellino temporal. El ser condensado en imagen colma la vaciedad, pues al final se reconstruye prisionero del sentido. En esa formación de sólidos pilares que apuntalan a lo humano, la poesía revela, desgajando la placentaria envoltura de oscuridad que rodea al sujeto.

La poesía para Lezama tiene su equivalencia en la infinitud, y acecha ese vacío dotado de una vasta posibilidad irradiante. Ese impulso que ansía una sustancia donde martillar se fuga de lo temporal afincándose en lo perenne. La poesía se eterniza en el instante como el humo se desprende del tabaco dejando un éxtasis, ahí la contemplación lo retiene en su extensión neblinosa antes de que la noche lo desintegre. Mientras se disgrega, el humo va insinuando formas, se va arraigando en el tiempo con su ramaje oscilante y se enreda en el centro de lo posible: Todo tiempo viviente está respaldado por la palabra creación, es decir, por la poesía.

Así, la vibración poética se aferra a lo imposible y se eterniza, deja caer nuevas semillas en su ascenso interminable. Sólo en la luminiscencia nocturna de la poesía puede verificarse la presencia de lo otro, reconocible con la sabiduría ilimitada de un tacto sonámbulo que recorre zonas vedadas a la luz del día: Mi oscuridad invoca incesantemente la luz, declaró Lezama a la pregunta de por qué escribía.

María Zambrano, a la muerte de Lezama dejó una brillante síntesis del espíritu del poeta: Guardián de lo que ha dejado de ser cuando iba a serlo para que entre a través del paso cegado, abriéndolo con el pensamiento que se prosigue en sueños. Mirada-pensamiento enclavada en el lugar privilegiado del sueño donde la imagen que aguarda a cada sustancia real, al hombre mismo, al hombre sobre todo, responsable ante ella porque la vislumbra.

En su magna obra Paradiso Lezama llevó a su límite la embestida hacia lo imposible, el combate con el dragón, última y definitiva batalla para dignificar la ofrenda de la poesía. Asumiendo la responsabilidad de contar su historia familiar, Lezama imaginó el filo para tallar la dura roca de los signos no descifrables, aquellos que se presentan como un hilo intuitivo cubriendo la distancia entre los confines del ser y del no ser. La obra hizo que ante el poeta se despejara la bruma de su destino, y que los diversos signos sepultados en la memoria de sus antecesores, formaran la pieza completa de su propio devenir.

En Paradiso, novela que es también un tratado hermético, una poética y la poesía que de ella resulta, según el examen de Julio Cortázar, logró apuntalar, de modo rotundo la columna vertebral de una sobrenaturaleza viva y deslumbrante. Porque si la naturaleza se fundamenta en la historia, la poesía ha tejido el brillo atemporal, la respiración que va más allá de la luz.

La novela abrió un espacio al interior de las eras imaginarias, y ahí, como los antiguos egipcios, Lezama pudo convivir nuevamente con sus muertos (gozosos aún en la región de la luz) y disfrutar de su sedosa compañía. Ahí, en lo atemporal imaginario, tangibles existentes en la imagen, sus ancestros volvieron a recibir el rocío del flamboyán húmedo y acudieron de nuevo a oír misa en la catedral de La Habana.

Lezama vio que sus muertos esos aparentemente confundidos emigrantes, eran el verdadero faro de su destino. Descubrió que a unos pasos de El Morro, sobre los mosaicos del Paseo del Prado, custodiadas por los leones de hierro, su madre y su abuela nuevamente caminarían del brazo rumbo al malecón para ver el atardecer. Tal vez platicarían de los amores perdidos y de la soledad de la muerte hasta llegada la aurora. Ahí donde las olas golpean, está la barca que las llevará a transitar lo eterno.

José Lezama Lima forma parte ya de ese transcurso.

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