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martes, 9 de septiembre de 2014

OPCIONES OSCURAS, Zulma

Opciones oscuras



¡Buenas noches!

La patente

Por el viejo camino que alguna vez fue pavimentado, entre profundos baches ignorados por la autoridad pública, circulaba en alerta, el viejo Citroën de color gris. En el horizonte, gruesas nubes también grises, parecían descolgarse del cielo. La hora del atardecer sin un sol brillante  que estirase sus últimos rayos, contribuía para que todo el paisaje, ruta serpenteante y campos laterales incluidos, fuese una nebulosa parda salpicada por las finas gotas de una llovizna helada. Agenor alcanzó a divisar el cartel de fondo verde con texto en blanco que anunciaba un puente sobre el arroyo. Pasó con cuidado, agudizando la vista porque ya casi nada se veía. Cuando acabó el cruce, una silueta blanca, desdibujada por el efecto de  la luz de los faros atravesando la neblina, atrajo su atención ya disminuida por las circunstancias. Imaginó entonces, a una bella mujer que solicitaba su ayuda, pidiéndole que la llevase. A sus señas, Agenor  asentía con la cabeza, pero cuando quería detener su vehículo para recogerla, la figura se desplazaba. “Estoy mareado”, pensó,  y recordó los tempranillos que había bebido junto a su amigo Pedro, desde el mediodía hasta casi las cinco de la tarde cuando se marchó rumbo a su casa. Encapsulado en esa confusión condujo un tramo más, hasta que quedó prácticamente colgado en un profundo bache. Rezongando y blasfemando se bajó del Citroën y con mucha fuerza, propia del hombre de campo, quitó la rueda del bache y logró zafar del percance. Sin embargo, no pudo evitar salpicarse con un barro negro que también cubrió parte del guardabarros trasero y casi ocultó la chapa patente, un poco desvencijada, la que ahora sólo mostraba sus últimas tres cifras. No perdió más tiempo, el frío calaba sus huesos y la cabeza le daba vueltas, el pecho se le oprimía y la frecuencia cardiaca galopaba. Olvidado por un momento de la mujer blancuzca de su imaginación, retomó su zigzagueante viaje, reanudando sus visiones  a los pocos metros.
La imagen se le apareció nuevamente cada vez más cerca del parabrisas en medio de luces de colores, y un zumbido electrizante, pero su conciencia poco le duró, de pronto no vio nada, no escuchó nada y se desvaneció en un agujero negro astral. Todo fue oscuridad y silencio. Ni su propia respiración escuchó.
Los primeros rayos del amanecer empujaron poco a poco la capa de nubes dejando al descubierto un inmenso cielo azul que iluminaba la vida. Un viento incipiente del Oeste trajo olor a campo. A unos cincuenta metros, ruta adentro, Agenor se retorcía de dolor, de bruces sobre la tierra fría y húmeda.
El chofer de una camioneta de la sociedad rural de la zona, que marchaba con destino a la gran ciudad, acortando el tiempo por este camino maltrecho, ya que nadie circulaba por él, divisó un bulto con aspecto de humano al costado y hacia adentro del campo. Detuvo su marcha y se bajó junto con un joven que lo acompañaba.
Ambos, fueron a investigar esa cosa que se movía  tenuemente.

Del auto de Agenor no se supo nunca más. Tampoco el moribundo pudo explicar algo. Nadie había visto nada en ese desolado paraje.
Cinco años más tarde, unos kilómetros más adelante del lugar donde Agenor había sido encontrado, la pala mecánica de una Empresa Constructora Vial que mejoraba el mismo camino, extraía de las entrañas de la tierra un montón de hierros retorcidos, que en apariencia podrían pertenecer a un automóvil marca Citroën.

Los forenses especialistas que estudiaron los restos, llegaron a esa conclusión, alentados por un grabado en lo que fuera la parte trasera del vehículo, junto al logo ilegible. Además,  porque en el rescate vino también un trozo de chapa-patente que terminaba en tres cifras: 666, perteneciente a un viejo Citroën, denunciado como desaparecido años atrás.

2014


 ¡Dulces sueños!

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