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lunes, 1 de septiembre de 2014

FÍTBOLM Y OTROS NAUFRAGIOS, Juan Manuel Rivera Negrón

Fútbol y otros naufragios

Futbol y otros naufragiosJUAN MANUEL RIVERA NEGRÓN [mediaislaUnos cuantos millonarios en calzoncillos se baten de embuste ante cuatro mil millones de fanáticos […] Mientras tanto, ejércitos de niños se ven forzados a atravesar el desierto a pie o a viajar acurrucados a un milímetro de las ruedas de fuego y humo de un tren de hollín que sus huéspedes llaman ‘La Bestia’.
La Edad Media y el Renacimiento serían duplicados de manera virtual en el tablero de ajedrez. Después de la Revolución Francesa, la realeza y la monarquía católicas perderían la cabeza y así, descabezadas, seguirían reinando en algunos países. Hoy sin embargo de las monarquías católicas ya es poco lo que queda. Lo cual no parece haberle restado vigor al deporte de mesa que un día las retratara. Es que el arte inmortaliza lo efímero. Reina y gobierna cuando ya las raíces temporales que lo inspiraron han desaparecido. El ajedrez sigue siendo un calculador y precavido juego aristocrático, un deporte de obispos y de reyes.
Pretendiendo pintar de otro modo el panorama político surgido de las propuestas del liberalismo clásico, el inconsciente colectivo del pueblo inglés inventó el fútbol, un deporte en el que —contrario al ajedrez— no hay jerarquías señoriales señaladas aunque sí funciones asignadas específicas: división de trabajo en intensa colaboración. ¿Cómo no decir que el mundo del fútbol es mucho más horizontal, abierto y democrático que el palaciego y conventual ajedrez? Tenía que ser porque el fútbol nació de las piernas del proletariado pre-industrial británico. Como el rock, como el tango, es urbano y arrabalero, lo cual no impide que sea también excluyente y masculino como muchos deportes. Pero no hay que negarle su fervor contagioso que encocoraba a señoritos de clase, como a Jorge Luis Borges. Hoy día el fútbol ha tomado por asalto a la ciudad entera. Se practica en plena calle, en la playa, en la sala de casa, dentro de las cuatro paredes de una celda, y hasta en la cápsula al vacío de una estación espacial. Cualquiera tiene acceso a sus movidas, aunque pocos sepan vivir y mucho menos lucrarse de su embrujo.
Futbol y otros naufragioContrario al ajedrez que es premeditado y alevoso (una guerra sentada), el fútbol dramatiza en vivo sus choques; traza dibujos y estrategias sueltas que mucho dependen de la espontaneidad del fragmento de segundo que se vive al paso para, de inmediato, deshacerse y volver a estructurarse en una carrera desesperada entre dos ejércitos civiles en contienda. En ajedrez triunfa con frecuencia aquel conspirador que ha sabido montar una estrategia más inteligente que la de su adversario y se ha cuidado de no arriesgar demasiado su defensa. Contienda cerebral, mecánica, el ajedrez es el simulacro del poder de las altas instituciones (Iglesia y Monarquía) que saben imponerse auxiliadas por el cálculo helado y el ejército del pueblo al que lanzan al frente a matar y a morir en guerra sin cuartel. En fútbol la estrategia algo cuenta también, y la premeditación (la jugada súper ensayada) puede ser en ciertas ocasiones clave, pero ésta se ve alterada de movida en movida, dejándole campo abierto a la orfebrería del esguince aguerrido o virtuoso, a la adrenalina arrebatadora, a lo imprevisto o el azar que, mucho más que en el ajedrez, pudieran convertirse de pronto en protagonistas. ¡Gooool!
Después del desborde europeo (continental) sobre los otros mundos, también mal llamado “descubrimiento”, una guerra feroz por el dominio de la esfera terrestre comenzó a escenificarse en el viejo y en los novísimos mundos. Hubo soldados mercenarios, corsarios y piratas en vez de futbolistas, murallones capaces de impedir o propinarle un gol a cualquier otro imperio. Y en ese territorio simbólico es que el fútbol irá encontrando su identidad política: un juego fabricado para dibujar de manera callada el mundo en disputa que nació a partir de la Conquista y el reparto del globo por las grandes potencias. El discurso de este juego animoso es muy moderno y contemporáneo. Por algo es, con mucho, el deporte más popular del Planeta. Se practica en todos los continentes y su fervor por ahí va descalzo. Crece como una epidemia en las grietas del polvo, en los pies de las favelas y las barriadas creadas por el desarrollo; creadas por las genocidas desigualdades que el progreso promueve.
Futbol y otros naufragiEn fútbol, ¿quién triunfa? Como siempre, en el juego de afuera (nada de romanticismos) triunfan los empresarios, los dueños del negocio hecho espectáculo, circo u opio para las masas. Plutocracia en plena acción, con injusta frecuencia, los clubes más ricos del deporte de pobres contratarán a los mejores y se llevarán la palma. En cambio, dentro de la cancha (microcosmos del globo) no triunfa siempre el que más zancadillas, empujones, rodillazos, codazos o mordidas propina. Símil exacto del Planeta es el fútbol. Como un magma que estalla, la algarabía desborda las gradas e inunda las calles, impregnándolo todo de una fiebre viscosa.
Suena el silbato. Un balón loco es llevado a empellones o caricias por un camino hecho de torceduras y requiebros. Huyendo en distintas direcciones va el esférico, sin que ninguna fuerza logre el monopolio permanente de su destino impredecible. En ese pugilato cuerpo a cuerpo, uno contra uno, dos o tres contra uno, no siempre triunfa el más civilizado. De hecho, los más que se fingen civilizados resultan a la larga ser los más salvajes, hinchas capaces de arrasar el estadio o el mundo.
Contrario a lo que acontece con el ajedrez (un deporte hipócrita de una violencia mental exacerbada pero de gestos muy corteses), en este otro juego vence y convence más el firme cabezazo que el análisis frío. El fútbol se parece a cada uno de nosotros, a nuestros pueblos y a sus bien civilizadas metrópolis. Más que con el pecho o la cabeza, pensando casi siempre con las extremidades inferiores, en este drama que es sinónimo de la vida, no triunfa el que se abstiene o amilana, ni siquiera el que intenta meter más embustes. Metáfora perfecta para una humanidad acostumbrada a dirimir sus asuntos de cierta manera, aquí vence casi siempre el que mejor mete la pata.
Futbol y otros naufraPero el planeta se acaba y el tiempo reglamentario expira. Y ahora, ¿a dónde ir? Montados en un invisible monociclo, casi sobre la frontera del vacío se trenzan en precioso combate Maradona y Pelé. Se teje con los pies la filigrana. Vestida de tatuajes y pintura de guerra, la gran pantera aplaude. Suelta un rugido. Dos potencias mundiales se disputan el balón sobre un grano de tierra.
¡Lindo lo que el capitalismo zahorí ha hecho con el fútbol, con todos los deportes! Unos cuantos millonarios en calzoncillos se baten de embuste ante cuatro mil millones de fanáticos, vigilados muy de cerca por el amor entrañable de las compañías de seguro. Mientras tanto, ejércitos de niños se ven forzados a atravesar el desierto a pie o a viajar acurrucados a un milímetro de las ruedas de fuego y humo de un tren de hollín que sus huéspedes llaman ‘La Bestia’. Un fragmento gigante de la humanidad navega contra el oleaje endemoniado en yolas o pateras de cartón y salta sobre vallas inmensas para meter un gol, el de la vida. No es la aventura ni el lujoso deporte el que convida a hinchar las velas de la enorme diáspora. Es el terror (político) del hambre: una fuerza invisible que es más poderosa que los monstruos del mar, que las leyendas fabulosas de coyotes, racismos, violaciones, murallas y patrullas de frontera.
Una vez cada año nace una superestrella en calzoncillos, y diez mil ancianos y criaturas por minuto sucumben a la dieta que le imponen al mundo los dueños de deportes dorados como el fútbol.
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JUAN MANUEL RIVERA NEGRÓN, poeta y ensayista puertorriqueño, autor de: Poemas de la nieve negra (1986), Estética y mitificación en la obra de Ezequiel Martínez Estrada (1987) y de El planeta prohibido (2004)]. 

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