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domingo, 23 de febrero de 2014

GRAHAM GREENE: OPINIONES DE UN LECTOR DE PERIÓDICOS, Rubén Moheno

Graham Greene:
opiniones de un lector de periódicos

Rubén Moheno

Graham Greene no aceptaba que se tomaran por suyas las afirmaciones de lospersonajes de ficción de las historias narradas por él: “No se debe citar fuera de contexto, como opinión del autor, algo dicho por un personaje imaginario en una situación imaginaria dentro de una historia imaginaria.” Argumentó que un personaje de ficción, cuando está bien construido, cobra vida independiente de la conciencia del escritor y actúa en libertad. “El ‘yo’ del escritor –dijo– no es el yo personal.”

Puede ser que el argumento del novelista sólo sea un subterfugio para preservar la libertad personal –y literaria– frente a un mundo que no siempre es bien intencionado. Es cierto que “la causa de las causas es la causa de lo causado”, como dicen los abogados. Y el escritor fue la causa del personaje y sus acciones, ¿o la causa fue el mundo que obró en el escritor para dar vida al personaje?

Hay ocasiones en que el escritor hace a un lado los recursos de la ficción y se expresa en forma directa acerca de la realidad concreta. Lo que apreciamos entonces no es tanto su calidad artística sino su calidad humana. No siempre coinciden, es excepcional que lo hagan: es el momento en que las ideas se unen o se divorcian de la acción.

Hay quienes no asignan el menor interés al asunto –o simulan no hacerlo–; dejan de lado al hombre y centran su atención en la obra, en el placer estético que les ofrece. Hay quienes, por el contrario, descartan la obra para concentrar su juicio sobre la ética del individuo. Borges es un ejemplo obvio y Vargas Llosa es un caso extremo. Pero el ser humano se define por ser capaz de cometer errores, e incluso repetirlos. Se supone que se debería aprender de ellos. Y la polémica sobre el libro Caminos sin ley, de Greene, en México aún no se ha agotado. Yo tengo mi propia visión sobre el tema, que en algún momento expondré, porque existen los que se aferran a la declaración infortunada de un gran artista, a un pasaje de su vida que puede tener otra explicación, y también los que están dispuestos a olvidar un crimen por una obra de arte.

“No es cosa fácil para un autor –escribe Greene– seguir siendo un ser humano agradable, tanto el éxito como el fracaso suelen ocasionar mutilaciones. Hay demasiadas oportunidades para el histrionismo, la histeria, el capricho y la fatuidad; dentro de tan amplios límites un escritor puede hacer lo que quiera e ir donde se le antoje.” Y tan es cierto que la trayectoria personal más limpia de un artista puede llenarse de fango en un instante, como es absurdo esperar la perfección del ser humano. La obra de arte, en cambio, sí puede ser perfecta y existen numerosos ejemplos así en todas las artes.


Greene recibe el Catholic Book Award por la novelaEl final de la aventura Foto del documental:Dangerous Edge: A Life of Graham Greene
No es insólito, como se sabe, que los escritores hagan suyas las causas esenciales como la vida y la dignidad del hombre; así, la discusión sobre unautor y su obra no tiene fin. Pero es un hecho que nuestra época demanda individuos de gran integridad moral, como puede verse en el requerimiento casi generalizado de la figura delombudsman en las sociedades actuales.
Greene admitía el divorcio entre un hombre y su vocación, como en el caso del cura alcohólico y padre de una niña en El poder y la gloria, capaz de llevar consuelo y redención a otras almas, a pesar de vivir él mismo en lo que se llamaría “pecado”. Y también señaló cómo se llega a querer a un autor cuyos libros amamos; y en grado aún mayor cuando, además de su “yo” literario, expresa con valentía frente a los riesgos su yo personal por las mejores causas. En los textos siguientes podemos ver esa expresión, además del humor (o la rabia) y el estilo de siempre.


Debate católico
The Times, 10 de septiembre de 1971
Usted reporta (7 de septiembre) que en un llamado a la armonía en la Iglesia Católica Romana, el obispo Harris dijo: “Cristo vino a reconciliarnos”. ¿No es eso realmente poco ortodoxo? En mi ejemplar del Nuevo Testamento Cristo dice: “No vine a traer la paz sino la espada”, y dijo que el vino nuevo debería ser puesto en viejos odres y maldijo a Cafarnaum. ¿Si Cristo vino a reconciliarnos hubiese sido crucificado?


Dios como Ello
The Tablet, 10 de diciembre de 1988
En referencia a su artículo televisado en noviembre 19, como muchos otros siento una cierta intranquilidad en el cambio de referencia en la liturgia de Él a Ella. ¿Sería posible un acuerdo que dejara satisfechos al reverendo Suzanne Fageol y al obispo Masters si en la liturgia llamásemos a Dios Ello (con e mayúscula por supuesto)? Después de todo, en la palabra “ello” hay una insinuación de lo indefinible y lo inexplicable.


Consejo de soltero
The Tablet, 23 de enero de 1988

El sacerdote Wermter escribe que “es la mujer quien tiene que soportar la carga de la anticoncepción, y son ellas, solamente, quienes deben soportarla”. Él se refiere a “los muy desagradables efectos laterales de la píldora y más particularmente de la inyección anticonceptiva”. Ignora completamente el condón (me gustaría llamarlo con el viejo término frívolo, “carta francesa” o “capote inglés”, porque en las relaciones sexuales también existe el humor), que no tiene “desagradables efectos laterales” en hombres ni mujeres.

El papa Paulo VI, para su honra, y a pesar de que lo hizo contra los consejos de la gran mayoría de los cardenales y obispos que formaban la comisión de anticoncepción, puso en claro que su encíclica Humana Vitae no debería ser considerada como un pronunciamiento infalible.

Ahora nos enfrentamos con el intento de ciertos personajes de El Vaticano que desean ampliar la definición de infalibilidad que hizo El Vaticano I (a la que se opusieron desde entonces los teólogos de la posición de Newman), y no puedo dejar de sentir que el sacerdote Wermter intenta hallar razones humanitarias para exculpar la condenación papal de la anticoncepción.

Lo que necesitamos, si hemos de tomar en serio al Vaticano I, es una condena a la anticoncepción por parte de los apóstoles, porque la infalibilidad, incluso en El Vaticano I, se reservaba sólo para cuestiones de la fe y la moral, “de acuerdo a la enseñanza de los apóstoles”. La anticoncepción se practicaba incluso en tiempos de los romanos, ¿y cuándo fue condenada por los apóstoles?


Vergüenza para los católicos, vergüenza para los ingleses

The Times, 2 de noviembre de 1971
Ser inglés y católico es hoy motivo de vergüenza por partida doble. Como católico uno se avergüenza de que más de mil años de cristianismo no hayan acabado con la brutalidad de esas mujeres católicas que pelaron a rape a una muchacha y untaron alquitrán con pintura roja sobre su cuerpo porque iba a casarse con un soldado inglés. Como inglés, la vergüenza es aún mayor.

“El interrogatorio a fondo”, frase burocrática que ocupa el lugar de la simple palabra “tortura”, y es digno de 1984, de Orwell, se encuentra a un nivel de inmoralidad diferente del sadismo histérico en el bombardeo indiscriminado de las guerrillas urbanas. Es algo organizado con imaginación y conocimientos de psicología, calculado a sangre fría, y la investigación Compton sólo lo condena a medias.

El señor Maulding, en su regocijante estilo, reminiscente del castigo corporal cuando se recuerdan los días escolares, sugiere que nadie ha sufrido daños permanentes por ese tipo de torturas, al permanecer de pie contra una pared, por horas, encapuchado en la oscuridad, aislado e impedido de escuchar, así como de ver, o mediante ruidos permanentes impedido de dormir durante los intervalos de la ordalía; éstos son los métodos que condenamos en el juicio de Slansky, en Checoslovaquia, y en el caso de cardenal Mindszenty, en Hungría.
Slansky ha muerto, el señor Maulding no podrá preguntarle qué tan permanente es el daño que recibió, pero a uno le gustaría conocer la opinión del cardenal sobre si a estos métodos, si son aplicados por fascistas o comunistas, los llamamos tortura, y cuando son aplicados por los ingleses se les rebaja a “severo tratamiento”.

Si yo, como católico, estuviese viviendo hoy en Ulster, confieso que tendría una irracional ambición salvaje: ver al señor Maulding contra la pared, con una capucha sobre su cabeza, que no escuchara nada sino una máquina de viento sobre su cabeza, impedido de dormir, cuando cesara temporalmente el ruido por la voz de un político que le dijera que su cerebro no iba a sufrir ningún daño irreparable.

Los efectos de esos métodos ahora se extienden mucho más allá de la frontera del Ulster. ¿Ahora cómo pueden protestar los ingleses contra la tortura en Vietnam, Grecia y Brasil, en los asilos psiquiátricos de la URSS?, sin que se les diga: “Ustedes tienen doble moral; una para los demás y otra para su país”.

¿Y después de todas las salvajadas católicas y las torturas inglesas, qué sigue? Todos conocemos el final de la historia, no importa cuánto hagan gritar al perico los políticos, “no habrá conversaciones hasta que termine la violencia”. Se decía el mismo cliché cuando yo era joven. Collins era un “pistolero y asaltante”. “No hablaremos con asesinos.” Nadie duda de que estaba entonces en nuestro poder retener a Irlanda por la fuerza, los Black and Tans igualaban en terror a los republicanos. Fue el pueblo inglés quien finalmente forzó a los políticos a sentarse a la mesa frente al “pistolero y el asaltante”.

También ahora que las muertes y torturas han durado lo suficiente para mancharnos ante el resto del mundo y para enfermar incluso a un conservador derechista, habrá una tregua inevitable y una reunión de mesa redonda; el señor Maulding, o quien lo suceda, se sentará frente al café y los sándwiches, con los representantes de Eire y Stormont, del ERI, para discutir, sin condiciones previas, dentro de la Constitución y las fronteras del Ulster. ¿Por qué no mejor ahora y no después?
n. del t. Reginald Maulding fue financiero privado y ministro del Interior (Home Secretary); como tal, era responsable de la política británica para Irlanda del norte durante el período en que ocurrió el Bloody Sunday en 1972 . La carta fue reimpresa en The New York Times como artículo (2 de diciembre) y al año siguiente Maulding renunció como ministro debido a escándalos no relacionados con este tema, sino sobre una de las compañías de las que era director. Maulding es recordado en tiempos modernos debido a el constante ridículo al que fue expuesto por Monty Pythonen su serie de cuarenta y cinco episodios proyectados por la BBC de 1969 a 1974, con dos episodios repetidos en la TV alemana.
Traducción y notas de Rubén Moheno

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