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jueves, 13 de febrero de 2014

MÁS ALLÁ DE LO OBSCURO, Pita Amor

Más allá de lo obscuro

I

Dos escaleras existen
en el fondo de mi ser;
si por una al descender
me voy hundiendo en el suelo,
por la otra me elevo al cielo.
¡Entre ambas he de escoger!
Al final de la primera
todo es ya serenidad;
se terminó la ansiedad,
pero también la esperanza,
y en implacable alianza
con descarnada verdad,
para siempre se confunden
el helado pensamiento
y la nada. Un desaliento
todo el cerebro ha invadido.
El ser no tiene sentido,
es sólo un experimento
de la mudable materia,
¡Ay!, suelo desolador,
¿por qué congelé mi ardor
y descendí la escalera?
Si por la otra yo subiera
cesaría mi pavor.
Es más difícil subir:
el corazón se sofoca
y en cada peldaño toca
espacios que son locura.
Así se llega a la altura...
¡Quisiera volverme loca!


II

Es mejor la locura,
la angustia, o el dolor, o la ansiedad,
que la gris amargura
de saber con frialdad
que una misma fabrica su verdad.



III

Buscando en vano claridad un día,
halléme en el confín de la negrura;
me aterró de las sombras la espesura
y el saber que en lo oscuro yo veía.

Comenzó en mi cerebro la agonía
de saberme perdida y sin ventura,
en la desolación de una llanura
que sólo negaciones contenía.

Traté de huir, mas por desgracia tarde,
las tinieblas me estaban abrasando
con su fuego sin llamas, fuego frío.

Me sentí absurda, víctima y cobarde,
y en la extensión sin luz me fui quemando
hasta desvanecerme en el vacío.


IV

La desesperación
me invade, pues bien sé que la tortura
de mi inútil razón
con pensar no se cura,
y sigo investigando en la negrura.


V

Si penetro en el recinto
misterioso en el que moro,
cuando atormentada exploro
de mi ser el laberinto;
si obedeciendo a un instinto
escudriño mi morada,
me dice una voz helada:
"Sólo hay vacío en el centro,
y más allá, más adentro,
sola una imagen, la nada."


VI

Es más allá de lo oscuro,
más adentro del no ser,
suspendido el entender,
tan sólo silencio puro.
Es muralla que sin muro
resguarda su inexistencia;
no siendo tiene presencia,
lo infinito sobrepasa
y a la eternidad arrasa.
Es la nada, eterna ausencia.


VII

Ya casi no moverse;
estar viviendo, pero exterminada,
sin lograr conmoverse,
sin fijar la mirada.
¡Qué glorioso camino hacia la nada!


VIII

¿Para qué acongojarse
cuando todo tendrá qué terminar?
Es mejor olvidarse,
no sentir, no pensar;
sencillamente ser, sin desear.


IX

¿Por qué me desprendí de la corriente
misteriosa y eterna en la que estaba
fundida, para ser siempre la esclava
de este cuerpo tenaz e independiente?

¿Por qué me convertí en un ser viviente
que soporta una sangre que es de lava,
y la angustiosa oscuridad excava,
sabiendo que su audacia es impotente?

¿Cuántas veces, pensando en mi materia,
considéreme absurda y sin sentido,
farsa de soledad y de miseria,

ridícula criatura del olvido,
máscara sin valor de inútil feria
y eco que no proviene del sonido.


X

¡Hoy mis ansias, mi vuelo, mi amargura,
mis decaimientos y mis sinsabores,
mi maldad, mi pureza, mis pudores
y mi ser que sufriendo no madura!

¡Hoy tan sólo pensando en mi figura,
que es vanidad, lujuria, sin amores;
consumiéndome en áridos ardores,
luchando entre la luz y la negrura!

Y después de esta angustia no habrá nada.
Hoy soy todo, mañana ya no existo.
Mi infinita ansiedad será truncada...

Esto es lo cierto, pero me resisto
a aceptarlo. Por eso, alucinada,
en inventar la eternidad insisto.


XI

Mientras esté yo adherida
a mi pensamiento vano,
mezclando tierra y arcano,
he de continuar perdida.
Tener la cabeza hundida
desentrañando la nada,
y siempre estar limitada
al triste fango sensible,
es perseguir lo imposible,
es volar encadenada.


XII

Esta tortura infinita
que es indagar en la nada,
en mi mente deformada
constantemente se agita;
y es que la soberbia incita
a mi inútil pensamiento
a que defina el intento
de la materia al formarle,
por ver si puede arrancarle
su secreto al firmamento.


XIII

Yo tenía unas alas misteriosas
con las cuales volaba a tal altura,
que si intentaba contemplar las cosas

de abajo, hallaba sólo una llanura
cubierta de egoísmo y vanidades,
de impotentes pasiones, de amargura,

de ansiedad de existir, de necedades,
de rostros inventados por espejos,
mascaras de ceniza y falsedades.

¡Con mis alas quedaba yo tan lejos
de los huesos que viven disfrazados!
Mi mundo era de sombras y reflejos;

mis sentidos estaban libertados
de la carne que engendra podredumbre.
Iban hacia la luz, más sosegados

no aspiraban al brillo de la lumbre;
tan sólo a mantener la claridad
para observar la misteriosa cumbre.

Allí acababa al fin la vanidad;
por el silencio estaba dominada
y no era indispensable una verdad,

habiendo una quietud tan apartada.
Por fin era infinita mi victoria...
¡No por eterna, sí por elevada!

Lejos de la pasión y la memora,
no quedaba de mí sino un aliento
aislado de la humana trayectoria

que solía seguir mi pensamiento.
¡Qué lejanas aquellas convulsiones
y aquel continuo interno movimiento,

por saciar mis frenéticas pasiones;
mi vanidad, mi máximo egoísmo
y esas tristes perversas obsesiones

que cavaron el hueco de mi abismo!
¡Mas todo esto se hallaba tan lejano
de mi asombroso mundo de espejismo!...

Pero de pronto un empellón humano
quebró mis alas, y caí perdida
desde el punto más alto de lo arcano.

Fue fatal y rotunda mi caída.
De nuevo me agitaba yo en el suelo
por todos los demonios poseída.

Alcé los ojos y vi un alto cielo.
¡Cómo anhelé mis alas poderosas
y el vigor admirable de mi vuelo!
Mas ya era yo una fosa entre las fosas.


XIV

Cierto es que estoy limitada
al cuerpo que me circunda,
y que mi ansiedad profunda
está presa, amurallada;
que mi alma vive apresada
en esta absurda figura;
que no existe una hendidura
por donde poder fugarse,
que es fatalidad quedarse
vibrando en la sepultura.


XV

Este amor que me tengo
es la fosa que yo me estoy cavando;
y con él nada obtengo...
Por estarme adorando,
mi congoja se va multiplicando.


XVI

Es total mi egoísmo;
tan sólo vivo para mi inquietud,
y es como un fanatismo
mi triste juventud
que se va convirtiendo en mi ataúd.


XVII

Me está despedazando
un estéril afán: perpetuarme.
Siempre vivo anhelando...
Como no logro darme,
es imposible conseguir saciarme.


XVIII

Mis ojos de observar casi han cegado,
mis pies de caminar están rendidos,
de oír se han destrozado mis oídos
y de tocar mis manos se han secado.

¡Cómo pude llegar a tal estado!
Laten descompasados mis latidos,
mis gritos ya tan sólo son gemidos,
mi ardiente esencia casi se ha agotado.

Y hay poca variación en mi figura;
todavía es humana su apariencia,
mas empieza a quebrarse mi estructura.

Lentamente ha perdido la vehemencia,
y, hundiéndome, me alejo de la hondura
que es la sola razón de mi existencia.


XIX

Soy toda vanidad.
Por dentro me he observado, y he advertido
que supuse ansiedad
lo que sólo es movido
por un afán de hallarme desmedido.


XX

Ciega soy, ciega nací.
Me invade la vanidad:
es mi única verdad,
la sola que conocí.
Con ella al lado crecí,
y ya nos hemos fundido.
Somos un mismo latido;
personificarla puedo;
junto con el ser la heredo,
y hasta a Dios con ella mido.


XXI

Como todo lo invade,
necesita disfraces diferentes,
pues descubrirse evade,
aunque son transparentes
sus ansias de expresiones ascendentes.

Con frecuencia se oculta
detrás de la humildad, y es tan modesta,
que su origen sepulta
y nunca manifiesta
que no brillar es lo que más detesta.

En otras ocasiones
sube hasta el cerebro y lo domina.
Se extasía en los dones
de mental disciplina,
Saberse pensamiento la fascina.

Cuando no es tan cobarde
se atreve a disfrazarse de pasión.
Como en las venas arde,
en honda conmoción,
vibrando disimula su ambición.

Por sus ansias de ser
se viste de humillante hipocresía,
pues con tal de ascender
recorre cualquier vía,
y acepta la más baja compañía.

Hay veces que no puede
disimular su calidad profana.
Sin quererlo, se excede;
y en vez de ser lozana,
pálida envidia la mostró malsana.

Al silencio recurre
cuando el resentimiento la sofoca,
pero entonces ocurre
que al aislarse, provoca
una ascensión, y a la soberbia toca.

También suele mostrarse
como el amor que todo purifica,
y creyendo elevarse,
con lo noble trafica.
Piensa así que su esencia dignifica.

Por querer ser abstracta
se vuelve línea, luego se exagera
y con la forma pacta
cómo hallar la manera
de retorcerse y ser más duradera.

Se insinúa en la sombra,
y con su fuego hacia el color produce.
Ella misma se asombra
al sentir cómo luce
cuando al rojo y morado se reduce.

Hasta el eco ha llegado,
y todos los intentos del sonido
con su ardor ha abrasado.
Se filtra en el oído,
como música, estruendo o alarido.

Cómo goza al oírse,
la palabra le sirve de expansión.
No le importa sentirse
dulce o grave expresión.
Lo importante es causar expectación.

Con la luz se proyecta;
la embriaga el saberse luminosa,
y se siente perfecta
esta absurda ambiciosa
si alumbra su grandeza mentirosa.

Al dolor prostituye,
y detrás de la angustia se cobija.
Si de los goces huye,
no es que el llanto la aflija.
Ser lágrimas también la regocija.

La vida no le basta
para vibrar, ¡tal es su desenfreno!;
ni la muerte desgasta este humano veneno,
pues también ha abarcado su terreno.

Como lo invade todo;
la esperanza, la fe, la caridad,
desde el cielo hasta el lodo,
la virtud, la maldad,
se entiende que la vida es vanidad.


XXII

¿No será vanidad
hablar de vanidad constantemente?
y ¿tendré autoridad
para hacerme presente
narrando los conflictos de mi mente?


XXIII

El silencio no llega.
¿Hasta dónde tendré que ir a buscarlo?
La vanidad me ciega,
y no puedo alcanzarlo.
Demasiado lo grito para hallarlo.


XXIV

Oigo voces extrañas
que llegan de lugares diferentes,
de ignoradas entrañas,
de remotas vertientes
o de lagos de paz inexistentes.


XXV

Hay quienes viven la vida
y hay quienes viven la muerte.
A mí me tocó la suerte
de empezar por la salida.
Fue angustiosa la acogida
que me hizo el mundo al nacer;
y al comenzar a crecer,
por irlo observando todo,
sombras, vanidad y lodo
fueron nutriendo mi ser.


XXVI

¡Nacer, moverse, pensar
y convertirse en conciencia;
ir perdiendo la vehemencia,
resignarse a no volar!
Es dañoso investigar
con el puro entendimiento.
Vive el alma del sustento
que la exaltación le ofrece.
Si existe o no, resplandece
cuando manda el sentimiento.


XXVII

El corazón se marchita
cuando la cabeza manda
y la soberbia nefanda
en sus recintos habita.
La peligrosa visita
va secando el sentimiento,
y el altivo entendimiento
es el que entonces gobierna.
Desde su humana caverna
ha inventado el movimiento.


XXVIII

Movimiento ambicioso,
no puedes competir con la quietud.
Girarás presuroso,
mas tu ansiosa amplitud
jamás conseguirá la exactitud.


XXIX

Si mi ansiedad me lleva
con frecuencia al más hondo desaliento,
otras veces me eleva,
y me causa contento
saber que si hay angustia, hay movimiento.


XXX

Este afán de moverme
es soberbia, egoísmo, vanidad,
ambición que no duerme,
imperiosa ansiedad
de saciarme y volverme eternidad.


XXXI

Este anhelo de hallarme a cada instante,
esta ansiedad de estar en lo presente,
la fija idea de vivir consciente,
la torpe hazaña de velar constante,

no son sino soberbia delirante
que estremece mi ser inútilmente,
por carecer de fuerza suficiente
para lograr una quietud triunfante.

Su movimiento vil con Dios la enfrenta:
si Dios no existe, existe su recinto.
Ella misma ha inventado su tormenta

y a ser rebelde la llevó su instinto.
Se ufana de que nada la amedrenta
y construye su propio laberinto.


XXXII

¿Quién soy yo para hablar
de la soberbia, mi peor pecado?
Yo debiera intentar
que mi ser limitado,
callando, se sintiese compensado.


XXXIII

Si me siento asfixiada,
no debo atribuirlo al sentimiento
que me tiene turbada;
en cambio, sí al intento
de darle forma eterna al pensamiento.


XXXIV

Soberbia, tú misma eres
la que te hundes tratando de elevarte.
Pero ¡qué poco adquieres!
pues con tanto adorarte,
lo único que logras es aislarte.


XXXV

Si yo aprendiese a callar
apartándome de todo
-carne, vanidad y lodo-,
la verdad pudiera hallar.
Si mi anhelante ambular
no fuese absurda ambición,
soberbia de mi razón
que no acepta su impotencia,
se hundiría mi presencia,
brotando mi corazón.


XXXVI

¿Por qué buscar hacia afuera?
Al contrario, si es por dentro
donde ha de hacerse el encuentro.
Nunca en incierta ribera,
ni en tortuosa enredadera
que el cielo aspira a alcanzar.
No se trata de llegar
agitándose, moverse
es tan sólo retorcerse.
Lo esencial está en callar.


XXXVII

Ya no debo decir nada,
porque el problema es tan hondo,
que empieza en el propio fondo;
y mi lengua limitada
no halla expresión acertada
para vaciar mi ansiedad.
Buscaba antes la verdad,
y hoy sólo sé que no existe;
pero no obstante persiste
mi ambición de eternidad.


XXXVIII

Si busco inmensidad hallo el vacío
y me siento, por tanto, más perdida;
si me refugio en la cobarde vida
para alejarme más del centro mío,

es más hondo y temible mi extravío;
mi soledad se torna desmedida.
En cambio, si me aparto y, recogida,
al silencio tan sólo me confío,

logro alcanzar la calma resignada
y espero el día en que tal vez acuda
la triunfante quietud, tan deseada,

a mitigar mi angustia con su ayuda,
para que mi alma, presa de la nada,
se liberte por siempre de la duda.


XXXIX

Sé que es inútil hablar
y que es vanidad hacerlo,
tanto más si al entenderlo
se insiste aún en gritar;
pero tengo que aceptar
que si yo callo, me hundo.
Mi aullido será infecundo,
pero es mi única defensa.
Es la estéril recompensa
que ha de iluminar mi mundo.


XL

En el fondo de un pozo,
refugio de lo negro y de lo inmundo,
un estéril sollozo
pasea vagabundo,
y adentro del sollozo está mi mundo.


XLI

Admirable quietud,
tú tienes más poder que el movimiento,
pues con tu lasitud,
sin ningún aspaviento,
te elevas más allá del firmamento.


XLII

Ya me elevo, ya me hundo:
tan pronto es Dios el que fabrica el lodo
hasta inventar el mundo,
-este mundo a su modo-,
como soy yo la que construye todo.


XLIII

¡No es tanta mi soledad!...
Me falta resignación
para dar mi corazón
sin indagar la verdad.
Ahogando mi vanidad
tal vez hallaré un sendero,
inventado o verdadero,
que me vuelva soportable
mi conciencia miserable
con la que tanto me hiero.


XLIV

Vivir siempre angustiada
es producto de grave vanidad.
Es soberbia obstinada,
ya que toda ansiedad
termina donde empieza la humildad.


XLV

Humilde soy ahora,
mas lo presente es nada en lo pasado.
Mañana se evapora
este impulso elevado,
y vuelvo a sumergirme en lo enfangado.


XLVI

A Josefina Vicens

Tres ficciones del ser,
entre el alma y la mente, conversaban.
Querían exponer
lo que adentro llevaban,
y así sus atributos confesaban.

Mi arrebato es veloz.
Cuando llega es inútil resistirme;
mas no es fácil oírme.
Sólo un milagro puede producirme.

No tengo dimensiones:
en línea vertical alcanzo el cielo;
en mí no hay desazones,
infinito es mi vuelo;
perdí los pies y no caí en el suelo.

Tampoco tengo vida,
y hasta llego a pensar que mi cabeza
como forma no exista.
No me causa extrañeza,
de mis alas depende mi grandeza.

Tal vez soy la locura,
o la locura a mí me ha concebido
pero asciendo a la altura
y en la altura resido:
por dentro luz y por fuera olvido.

Aunque todo lo ignoro,
mi ciencia en la más alta, nada sé.
Ni investigo ni exploro,
que ya no hay para qué.
Solamente me elevo, soy la fe.

Yo no soy generosa,
ya que mi aliento aguarda recompensa.
Como soy engañosa
en mi ambición inmensa,
mientras llego a la meta estoy suspensa.

Siempre vivo anhelando,
y el deseo es mi cómplice directo;
aunque no voy volando
ni es mi camino recto,
en la espera he encontrado mi trayecto.

Sé bien que no camino,
aunque muevo los pies constantemente.
Por ansiar no adivino,
pero soy insistente,
tenaz, alucinada y absorbente.

Cierto es que casi nunca
consigo realizar lo que ambiciono;
mi ilusión queda trunca,
pues no más me apasiono
por aquello que invento y no aprisiono.

Si provoco ansiedad,
culpable es mi aliada la tardanza.
Nunca soy realidad.
Si mi sombra no avanza
es porque yo soy nada: la esperanza.

Qué podré yo decir
si casi la palabra ya he olvidado;
sin contar ni medir
de la angustia me apiado,
y soy un corazón multiplicado.

Olvidé el egoísmo
al reparar en la tortura ajena,
sé arrojarme al abismo,
y la más honda pena
al roce de mi mano se serena.

Mi origen con frecuencia
emerge de mi blando corazón
transformado en clemencia,
mas también la razón
determina mi humana condición.

Mis manos y mis pies
se agitan ayudando y entendiendo.
¿No tendré un interés
al estarme moviendo,
ya que dejo de ser y sigo siendo?

Mi figura es cambiante;
a veces es sencilla, es humildad;
mas mudo de semblante...
Soy también vanidad,
egoísmo invertido: caridad.

Después que terminaron,
las tres ficciones de mostrar se esencia,
inmóviles quedaron,
y hundieron su presencia
en el mar de la nada y de la ausencia.


XLVII

Sí, muy claro lo sé,
que buscar es inútil e infecundo;
que es locura la fe,
mas sin ella me hundo.
Por eso de mentiras formo el mundo.

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