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viernes, 14 de febrero de 2014

POESIA DE ALFONSINA STORNI

ALFONSINA STORNI




*Nació en Capriasca, Suiza, en 1892, pero desde los cuatro años fue llevada
 a Argentina  país que la acogió con su nacionalidad.
Desde muy joven empezó a trabajar como maestra, haciendo sus primeros trabajos como poetisa bajo el seudónimo de TaoLao.
Obtuvo importantes premios literarios que la hicieron conocer ampliamente en todos los países latino americanos, destacándose entre sus obras, «Languidez», «El dulce daño» y «La inquietud del rosal».
Se quitó la vida en 1938. ©

*Soy esa flor 


Al oído...



Si quieres besarme.....besa

-yo comparto tus antojos-.

Mas no hagas mi boca presa..

bésame quedo en los ojos.



No me hables de los hechizos

de tus besos en el cuello...

están celosos mis rizos,

acaríciame el cabello.



Para tu mimo oportuno,

si tus ojos son palabras,

me darán, uno por uno,

los pensamientos que labras.



Pone tu mano entre las mías...

temblarán como un canario

y oiremos las sinfonías

de algún amor milenario.



Esta es una noche muerta

bajo la techumbre astral.

Está callada la huerta

como en un sueño letal.



Tiene un matiz de alabastro

y un misterio de pagoda.

¡Mira la luz de aquel astro!

¡la tengo en el alma toda!



Silencio...silencio...¡calla!

Hasta el agua corre apenas,

bajo su verde pantalla

se aquieta casi la arena...



¡Oh! ¡qué perfume tan fino!

¡No beses mis labios rojos!

En la noche de platino

bésame quedo en los ojos...


Alma desnuda


Soy un alma desnuda en estos versos,

alma desnuda que angustiada y sola

va dejando sus pétalos dispersos.



Alma que puede ser una amapola,

que puede ser un lirio, una violeta,

un peñasco, una selva y una ola.



Alma que como el viento vaga inquieta

y ruge cuando está sobre los mares

y duerme dulcemente en una grieta.



Alma que adora sobre sus altares

dioses que no se bajan a cegarla;

alma que no conoce valladares.



Alma que fuera fácil dominarla

con sólo un corazón que se partiera

para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera

dice al invierno que demora: vuelve,

caiga tu nieve sobre la pradera.



Alma que cuando nieva se disuelve

en tristezas, clamando por las rosas

con que la primavera nos envuelve.



Alma que a ratos suelta mariposas

a campo abierto, sin fijar distancia,

y les dice: libad sobre las cosas.



Alma que ha de morir de una fragancia,

de un suspiro, de un verso en que se ruega,

sin perder, a poderlo, su elegancia.



Alma que nada sabe y todo niega

y negando lo bueno el bien propicia

porque es negando como más se entrega.



Alma que suele haber como delicia

palpar las almas, despreciar la huella,

y sentir en la mano una caricia.



Alma que siempre disconforme de ella,

como los vientos vaga, corre y gira;

alma que sangra y sin cesar delira

por ser el buque en marcha de la estrella.

Así

Hice el libro así:

Gimiendo, llorando, soñando, ay de mí.



Mariposa triste, leona cruel,

Di luces y sombra todo en una vez.

Cuando fui leona nunca recordé

Cómo pude un día mariposa ser.

Cuando mariposa jamás me pensé

Que pudiera un día zarpar o morder.



Encogida a ratos y a saltos después

Sangraron mi vida y a sangre maté.

Sé que, ya paloma, pesado ciprés.

O mata florida, lloré y más lloré.

Ya probando sales, ya probando miel,

Los ojos lloraron a más no poder.

Da entonces lo mismo, que lo he visto bien,

Ser rosa o espina, ser néctar o hiel.



Así voy a curvas con mi mala sed

Podando jardines de todo jaez.


¡Ay!

Seré en tus manos una copa fina

pronta a sonar cuando vibrarla quieras...

Destilarán en ella primaveras,

reflejará la luz que te ilumina.



Seré en tus manos una copa fina.

Habrás en ella una bebida suave,

nunca más dulce, pues piedad le dona;

licor que no hace mal y el mal perdona,

dulce licor que de las cosas sabe...



Habrás en ella una bebida suave.

Un día oscuro, entre tus dedos largos

será oprimido su cristal fulgente

y caerá en pedazos buenamente

la fina copa que te dio letargos;

¡un día oscuro, entre tus dedos largos!



Cristal informe sobre el duro suelo

no ha de ser turbio porque está quebrado:

reflejará la beatitud del cielo;

pobre cristal sobre tus pies tirado;

cristal informe sobre el duro suelo.

Daño tan grande Dios te lo perdone:

manos benditas las que así lo quiebren,

rosas y lirios para nunca enhebren,

dulzura eterna su impiedad le abone.

Daño tan grande Dios te lo perdone...


¡Aymé!


Y sabías amar, y eras prudente,

y era la primavera y eras bueno,

y estaba el cielo azul, resplandeciente.



Y besabas mis manos con dulzura,

y mirabas mis ojos con tus ojos,

que mordían a veces de amargura.



Y yo pasaba como el mismo hielo...

Yo pasaba sin ver en dónde estaba

ni el cruel infierno ni el amable cielo.



Yo no sentía nada... En el vacío

vagaba con el alma condenada

a mi dolor satánico y sombrío.



Y te dejé marchar calladamente,

a ti, que amar sabías y eras bueno,

y eras dulce, magnánimo y prudente.



Toda palabra en ruego te fue poca,

pero el dolor cerraba mis oídos...

Ah, estaba el alma como dura roca.





Bajo tus miradas

Es bajo tus miradas donde nunca zozobro;

es bajo tus miradas tranquilas donde cobro

propiedades de agua; donde río, parlera,

cubriéndome de flores como la enredadera.



Es bajo tus miradas azules donde sobro

para el duelo; despierto sueños nuevos y obro

con tales esperanzas, que parece me hubiera

un deseo exquisito dictado Primavera:



Tener el alma fresca, limpia; ser como el lino

que es blanco y huele a hierbas. Poseer el divino

secreto de la risa; que la boca bermeja



persista hasta el silencio postrero, bella, fuerte,

¡y libe en la corola suprema de la Muerte

con su última abeja!


Capricho


Sábado fue, y capricho el beso dado,

capricho de varón, audaz y fino,

mas fue dulce el capricho masculino

a este mi corazón, lobezno alado.



No es que crea, no creo, si inclinado

sobre mis manos te sentí divino,

y me embriagué. Comprendo que este vino

no es para mí, mas juega y rueda el dado.



Yo soy esa mujer que vive alerta,

tú el tremendo varón que se despierta

en un torrente que se ensancha en río,



y más se encrespa mientras corre y poda.

Ah, me resisto, mas me tiene toda,

tú, que nunca serás del todo mío.

Capricho 2


Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,

sujeta entre tus manos esta cabeza loca;

dame a beber veneno, el malvado veneno

que moja los labios a pesar de ser bueno.



Pero no me preguntes, no me preguntes nada

de por qué lloré tanto en la noche pasada;

las mujeres lloramos sin saber, porque sí.

Es esto de los llantos pasaje baladí.



Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,

un mar un poco torpe, ligeramente oculto,

que se asoma a los ojos con bastante frecuencia

y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.



No preguntes amado, lo debes sospechar:

en la noche pasada no estaba quieto el mar.

Nada más. Tempestades que las trae y las lleva

un viento que nos marca cada vez costa nueva.



Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,

nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.

Luz de cristalería, fruto de carnaval

decorado en escamas de serpientes del mal.



Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:

deseamos y gustamos la miel en cada copa

y en el cerebro habemos un poquito de estopa.



Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,

capricho, amado mío, capricho debe ser.

Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?

Espínate las manos y córtame una rosa.


Carta lírica a otra mujer



Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro

conozco yo, y os imagino blanca,

débil como los brotes iniciales,

pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina,

en vuestros ojos, placidez de lago

que se abandona al sol y dulcemente

le absorbe su oro mientras todo calla.



Y vuestras manos, finas, como aqueste

dolor, el mío, que se alarga, se alarga,

y luego se me muere y se concluye

así, como lo veis, en algún verso.



Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca

tenéis un rumoroso colmenero,

si las orejas vuestras son a modo

de pétalos de rosa ahuecados...



Decidme si lloráis, humildemente,

mirando las estrellas tan lejanas

y si en las manos tibias se os duermen

palomas blancas y canarios de oro.



Porque todo eso y más, vos sois, sin duda

vos, que tenéis el hombre que adoraba

entre las manos dulces, vos la bella

que habéis matado, sin saberlo acaso,

toda esperanza en mí... Vos, su criatura.



Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma

estáis gustando del amor secreto

que guardé silencioso... Dios lo sabe

por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.



Os lo confieso que una vez estuvo

tan cerca de mi brazo, que a extenderlo

acaso mía aquella dicha vuestra

me fuera ahora... Sí, acaso mía...



Mas ved, estaba el alma tan gastada

que el brazo mío no alcanzó a extenderse:

la sed divina, contenida entonces,

me pulió el alma....Y él ha sido vuestro!



¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos

él se estremece y le decís palabras

pequeñas y menudas que semejan

pétalos volanderos y muy blancos.



¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!

Arrancaban tan firmes los cabellos

a grandes ondas, que a tenerla cerca,

no hiciera yo otra cosa que ceñirla!



Luego dejad que en vuestras manos vaguen

los labios suyos; él me dijo un día

que nada era tan dulce al alma suya

como besar las femeninas manos...



Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve

vagando por afuera de la vida,

-como aquellos filósofos mendigos

que van a las ventanas señoriales

a mirar sin envidia toda fiesta-



me allegue alguna vez a vuestro lado

y con palabras quedas, susurrantes,

os pida vuestras manos un momento,

para besarlas, yo, cómo él las besa...



Y al recubrirlas, lenta, lentamente,

vaya pensando: aquí se aposentaron

¿cuánto tiempo, sus labios, cuánto tiempo

en las divinas manos que son suyas?



Oh, qué amargo deleite, este deleite

de buscar huellas suyas y seguirlas

sobre las manos vuestras tan sedosas,

tan finas, con las venas tan azules!



Oh, que nada podría, ni ser suya,

ni dominarle el alma, ni tenerlo

rendido aquí a mis pies, recompensarme

este horrible deleite de ser mío

un inefable, apasionado rastro...



Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,

barrera ardiente, viva, que al tocarla

ya me remueve este cansancio amargo,

este silencio de alma en que me escudo,



este dolor mortal en que me abismo

esta inmovilidad del sentimiento,

que sólo salta bruscamente cuando

nada es posible!

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