Amazon Deals

jueves, 13 de febrero de 2014

PITA AMOR: SOBERBIA Y PATETISMO, Luis Enrique Ramírez

Pita Amor: soberbia y patetismo




Eran los tiempos finales en la larga cuanto apasionante vida de Pita Amor. Seis años después de esta entrevista habría de morir como la encontré: en la pobreza, recordada sólo a ratos, prácticamente sola, e insoportable en sus afanes de superioridad.

En 1994, me acompañaba en mis entrevistas Paula Haro, hija de Elena Poniatowska. Paula había decidido ser fotógrafa y Pedro Valtierra, por entonces jefe de fotógrafos de La Jornada, la asignaba a mis trabajos. La belleza de Paula habría de dar un giro a esta entrevista, por el impacto que provocó en Pita. No se conocían pese a su parentesco.

Para Paula resultó una experiencia divertida. Cuando llegamos a su casa dijo a Elena: “Nunca me contaste que tuviéramos una tía tan ridícula”.

Para mí, entrevistar a Pita fue más bien una vivencia desagradable, que se dio en estricto cumplimiento de una orden de trabajo. Jamás habría entrevistado por mi gusto a una mujer tan vacía y de tan recalcitrante clasismo, aunque es cierto que contemplarla en su miserable realidad generaba cierta conmiseración.

Al final, considero que este texto es más bien un retrato y como tal lo incluí en mi libro “La muela del juicio”, cuyo título, por cierto, fue idea de Paula, quien me acompañó en varias de las entrevistas que lo integran. La explicación: decía Paula que este servidor “amolaba mucho a la gente” y que una entrevista era, al final, un juicio.

Dejo este trabajo a su consideración, amable lector: otra vez, después de 19 años...


LER





“…y yo me llamé La Diosa”



Luis Enrique Ramírez



Al fondo del edificio Vizcaya, en Bucareli, un resplandor  desconcierta. En pleno mediodía, Pita Amor viste de lentejuela y canutillo; cuajada de alhajas falsas, el cabello teñido de rubio y plastas de maquillaje azul y rojo en el rostro impasible, apenas se mueve en el viejo sillón de terciopelo con pretensiones imperiales, pero habla y habla. Declama. Y grita.

“¡Noooo nonono, no me interrumpa, no sea torpe, estoy hablando con gente inteligente!”

Reprende a una fotógrafa por pretender captarla mientras habla. El reportero no puede evitar sentirse aterrado. Pita concede una entrevista a otro diario en la que dice lo mismo que ha dicho siempre y que repetirá luego ante quien esto escribe. Que es la reina, que es la musa, que es la diosa. Responde con frases cortas o bien con sus poemas.


Soy vanidosa, déspota, blasfema,
Soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa.
Pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mí me quema
yo misma he construido mi anatema…
Soy histérica, loca, desquiciada.
¡Pero a la eternidad ya sentenciada!


Pita Amor ha dejado de contemplarse en el espejo. A sus casi 76 años de edad (ella confiesa 73), ningún rastro queda de su antiguo esplendor, de la belleza infinita de que tanto se habla y cuyo afán celebratorio resulta incomprensible para los jóvenes de hoy al ver las fotos de mujeres de la época ante quienes Pita es simplemente “bonita”. Paulette Amor, por ejemplo, prima de Pita, madre de Elena Poniatowska y abuela de Paula Haro, quien llega a la sesión de prensa a fotografiar a su tía abuela.

- No sabía que Elena tuviera hijas. Eres muy guapa, Paula.

No cesará de externar su admiración ante la rubia veinteañera a lo largo de la entrevista. “Pregúntale por qué se hace ese chinito en la frente”,  insiste Paula en voz baja. Pita no usa más el tocado de flores que la hacía víctima de escarnios, ni el bastón con que cobraba venganza. En realidad ya no camina, vive postrada en una cama junto a la cual dos enfermeras se turnan para atenderla y para recibir insultos.

La familia Amor se ocupa de su manutención, pero es un viejo amigo, Carlos Saaíb, quien cuida de ella; es el propietario del departamento en que se aloja y el único que controla –“más o menos”, confiesa él– los exabruptos de la poetisa. Carlos, sentado al lado suyo, fue quien la arregló para estas entrevistas en ocasión del homenaje que le rinde el Museo Estudio Diego Rivera: “Una historia de amor llamada Pita”. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes realizará allí la celebración de su trabajo literario, sus dibujos y los cuadros para los que posó. Diego Rivera, Juan Soriano, Raúl Anguiano, Roberto Montenegro, Guillermo Meza, Cordelia Urueta, Fito BestMaugard y Antonio Peláez, entre otros, la plasmaron en sus lienzos.

- ¿En cuál de estos cuadros se ve mejor retratada, Pita?

- En ninguno. En el espejo. No han podido conmigo los pintores, ni Rivera ni nadie. Me los llevo a todos de capa.

-¿Fue demasiada su grandeza?

- Es demasiada mi grandeza. ¿Verdad, Carlos?

- Sí, Pita.


Es tan grande la ovación
que da el mundo a mi memoria,
que si cantando victoria
me alzase en la tumba fría,
en la tumba me hundiría
bajo el peso de mi gloria.


- ¿Qué ha significado para usted su belleza, señora?

- ¿Mi belleza? Una alegría muy grande.

- ¿La felicidad?

- La felicidad viene aunada a cosas muy privadas.

- Qué significa para usted este homenaje?

- Un gran honor. Y un gran peso. Es muy agobiante. Tanto honor es abrumador.

- ¿Se siente usted plenamente reconocida?

- Totalmente. No hay ni un solo ser pensante que me lea y no me admire. No soy humilde ni tengo por qué serlo; bastante tengo con ser genial. Le pregunto a la genial Patricia Reyes Spíndola: ¿Me quieres? Y me dice: “Te adoro”. ¿Me admiras? Y me contesta: “Más que a nadie en el munnndo”.

- ¿Tan grande es también su poesía?

- ¡Enorme! ¡Lo máximo! Después de Juan de Yepes, de San Juan de la Cruz, tan grande como Lope, como Calderón, más que Sor Juana, tan grande como los Machado, tan grande como Villaurrutia, tan grande como el que más… Eres muy guapa, Paula.

- ¿Y su prosa?

- Ahí no. De 50 libros que he publicado, 15 son pa’ la basura.

- Entonces ¿por qué los publicó?

- Por… precipitada.

- ¿Por el momento tal vez, en que la alababa todo mundo, en que Reyes decía que era un caso mitológico?

- Soy un caso mitológico.

- ¿Por qué publicó en verso y en prosa “Yo soy mi casa”?

- Ese libro sí es muy bueno, es excelente, genial. Es la historia de mi casa donde nací, está dividido en capítulos que son los cuartos de la casa. ¿Verdad Carlos?

- Sí, Pita.

- Pero ¿por qué en prosa y en poesía?

- ¡Porque quiero, porque quise y porque pude! (Saca la lengua)

- ¿Porque es el que más la refleja, tal vez?

- No, lo que más me refleja es mi poesía.

- ¿Algo en particular?

- Toda. No hay línea que tenga desperdicio.


Shakespeare me llamó genial,
Lope de Vega infinita,
Calderón bruja maldita
y Fray Luis la episcopal
Quevedo, grande abismal,
y Góngora la contrita,
Sor Juana monja inaudita
y Bécquer la mineral.
Rubén Darío la hemorragia,
la hechicera de la magia,
Machado la alucinante,
Villaurrutia enajenante,
García Lorca la grandiosa,
y yo me llamé La Diosa.


- ¿Hay alguien que diga mejor su poesía que Pita Amor?

- ¡Nadie!... Claudio Obregón la dice muy bien.

- ¿Prefiere que nadie la diga?

- Me da lo mismo. De aquí pa’l real, no me importa lo que pase. Me importa lo que pase de aquí pa’ dentro (toca su pecho), de aquí pa’ fuera, me vale.

- ¿Qué es lo que está sucediendo en este momento dentro de Pita Amor?

- Estar enfrente de usted.

- Pero en medio de estos honores, señora.

- Yo prefiero mejor no pensar en eso porque pues es realmente sobrecogedor. ¿Verdad Carlos? Carlos me ha regalado un traje preciosísimo con el que iré, pero pues es muy sobrecogedor un homenaje tan grande. Eres muy guapa, Paula.

- ¿Es el mayor que ha recibido?

- ¡Este es el máximo! Perdón que cierre los ojos, pero estoy exhausta. No he dormido en varias noches. ¡El insomnio tenaz es terrible! ¡Es de la chingada! Ahorita cuando me despida de ustedes me quito las alhajas y el vestido y me duermo toda la tarde.

- No la molestamos más, señora. Muchas gracias.

- Encantada y muy agradecida. Paula, ven a darme un beso.

Deja la huella de sus enormes labios en rojo carmesí sobre la mejilla derecha de Paula Haro.

- Eres muy guapa ¿Cuántos años tienes?

- Veinticuatro. Recién cumplidos.


A los veinte años
la vida es un juguete…


Olvida Pita el poema que pretendía dirigir a su sobrina nieta, se turba, y se despide:

-Muchas gracias. Buenas tardes.



La Jornada. Abril de 1994.

No hay comentarios:

Publicar un comentario