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lunes, 24 de febrero de 2014

PARA FÉLIX GRANDE EN TOMELLOSO, Hugo Gutiérrez Vega

Hugo Gutiérrez Vega
Para Félix Grande en Tomelloso

El poeta Félix Grande, principal estudioso de la historia del flamenco, autor de una completísima Memoria del flamenco, murió hace días. Nació en Mérida (la Emérita Augusta de la Hispania Bética) en 1937. La familia era originaria del pueblo vitivinícola de Tomelloso, situado en pleno corazón de La Mancha. Don Félix, su padre, era guardia de asalto de la República y tuvo que trasladarse a Extremadura con toda la familia. Terminada la contienda incivil, regresarón a su pueblo manchego y se refugiaron bajo el ala precaria pero generosa del abuelo Palancas. Félix fue pastor de cabras. Recorría con ellas los caminos que bordeaban los viñedos, les hablaba y las conocía una por una. Creció, empezó a leer, se enamoró de los libros, parafraseando a Quevedo vivió en conversación con los difuntos y decidió irse a Madrid. Ahí, el joven pastor se dedicó por completo a la literatura y, para mantenerse, desempeñó toda clase de oficios. Luis Rosales, el generoso poeta granadino, le dio trabajo en Cuadernos Hispanoamericanos y, al poco tiempo, el cabrero de Tomelloso ganó el Premio Casa de las Américas de la Habana con su asombroso poemario Blanco spirituals, conoció a Paca Aguirre, excelente poeta y cuentista, se casaron, nació Guadalupe que muy pronto empezó a escribir poesía y la pequeña familia hizo su vida e irradió su sana y sabia influencia sobre sus amigos y compañeros desde su casa-biblioteca de la calle Pintor Juan Gris.

Fuimos como hermanos, recorrimos España dando recitales y hablando de Machado, Hernández, Alberti, Lorca, Rosales, Paz, López Velarde, Neruda y, sobre todo, su constante Vallejo. Fui su colaborador en los Cuadernos y, al poco tiempo, nos hicimos paisanos, pues fui nombrado hijo adoptivo de Tomelloso por dos razones: escribí un libro titulado Cantos de Tomelloso y, la más poderosa, gracias a Federico Álvarez, conseguí una generosa donación de libros del Fondo de Cultura Económica para la Biblioteca Municipal de mi pueblo de adopción. Dejé España, pero nos seguimos viendo. Félix, Paca y Guadalupe nos visitaron en Washington, en Río de Janeiro, en Atenas y en Puerto Rico y nos hablábamos con frecuencia para darnos nuestros informes de vida.

Es larga la biografía de Félix y más larga aún su bibliografía compuesta sobre todo de libros de poesía, novelas y textos sobre el flamenco.

Primero Juan, luego José Emilio, ahora Félix. Este es, para los poetas, el invierno de nuestro infortunio. Hace unos días me dijo Eduardo Lizalde: “Cuidado, este año la huesuda la trae contra los poetas.” Los que nos dedicamos a la poesía no tenemos muchas defensas, pero sí sabemos bajar la cabeza y esperar el golpe, pues, como Thoreau, aprendimos a vivir en una quiet desperation.

Cómo despedir a Félix. Se me ocurre que con un lamento interminable de Camarón de la Isla, con un arpegio de la guitarra de Paco de Lucía o con un grito dolorido de una minera de Cartagena. Con eso y con un poema que le escribí en nuestro Tomelloso:

Informe del crepúsculo
Tres, cuatro movimientos
para fijar el aura del paisaje:
tres chopos a lo lejos
–su reflejo en el alma del agua–;
un caserío blanco,
la torre con cigüeña
y, más allá el orden de las vides,
su geometría madura
haciendo un infinito.
Congelada la luz
vibra en la tarde,
triunfan las amapolas
sobre el verde
y se completa todo
con el hombre que sabe
trabajar en las vides.
Pronto olerá a sarmientos.
Dará vida el cordero.
Con Don Félix, mi amigo
y padre de mi amigo parto el pan,
abro el vino
e inauguro en la tarde
una ciudad con ruinas.
Mas Fabio, no hay dolor,
todo esta vivo. Siguen las cosas
despertando al alba,
continuan los canarios
fijando su amarillo
sobre la cal desnuda.
Crecen los hijos,
nos decrece el alma;
saben los hijos
mientras olvidamos.
A veces no sabemos
si el presente es pasado
o si es futuro. Nos sentamos
al lado de la puerta
y la tarde entrecierra los ojos.
Nos acompañan todos los minutos.
Los golpes de ese viento
dan sentido
al presente, al futuro, a la memoria.
Y aquí empieza el gemido en altibajos de Camarón de la Isla.

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