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viernes, 7 de febrero de 2014

LITERATURA Y FUTBOL, Jorge Alberto Gudiño Hernández


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La cultura y el deporte son conceptos que suelen estar disociados pese a la tradición helénica. De tan lejana, apenas se asientan los referentes como buenas ideas o propósitos por cumplir. Es probable que la especialización a la que hemos llegado en nuestros días impida que uno pueda cultivar cuerpo y alma a niveles similares aunque eso no explica la aparente animadversión que existe entre las disciplinas. Sobra decir que dicho encono no es tal. Es cierto: quienes se dedican al deporte difícilmente se dejan seducir por la literatura y viceversa. Pero, en ese mismo tenor, tampoco es que se vea a una gran mayoría de escritores tratando de comprender los postulados básicos de la teoría de cuerdas o a químicos especializados en nanopartículas corriendo maratones. De nuevo, los estándares de calidad actuales impiden dedicarse a fondo a muchas actividades.
Al margen de la falsa antipatía entre quienes se dedican a una y otra disciplina, llama la atención lo escasa que es la literatura deportiva, perdonando la bitopía que genera el enunciado. En concreto: existen algunos magníficos ejemplos de novelas y cuentos en los que se habla de un deporte en particular. Sin embargo, son muy pocos si se comparan con otros temas. Mucho más, si se considera la importancia de estos deportes en la vida de las personas. Cualquiera podría suponer que escribir cuentos ambientados en los Juegos Olímpicos aseguraría el éxito comercial y, no obstante, es muy difícil encontrar dichas narraciones. Sucede que no son nada sencillas.
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El deporte parte de su propia narrativa. Sobre todo, cuando se trata de competencias. Cada disciplina tiene a sus héroes y acumula hazañas que, si acaso, precisan de la crónica, no de la ficción. Baste pensar en las posibilidades. Es casi imposible narrar un partido de béisbol en el que haya mayores emociones que las despertadas en la última entrada del séptimo juego de la Serie Mundial cuando el equipo de casa remonta con un cuadrangular con la casa llena. Hacerlo resultaría tan forzado que se volvería inverosímil y, sin embargo, ha sucedido. Estas hazañas de último minuto, cuando la esperanza de unos está tan desvanecida como exaltados los ánimos de los otros, suceden con una frecuencia abrumadora y en la realidad.
¿Cómo narrar, entonces, un cotejo más? Peor aún: ¿cómo escribir más de una veintena de cuentos de futbol en un solo libro? Estos libros existen, es cierto, pero suelen ser antologías en las que participan múltiples autores. Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) ha ido más lejos: se atreve a escribir más de veinte cuentos y a presentarlos en un mismo libro.
La clave parece el hecho de que el futbol sólo es el pretexto; su hilo conductor. Eso no impide, por supuesto, que se narren partidos completos o una síntesis de las mejores jugadas. Pero lo importante no es eso. O no sólo eso. Lo importante radica en algo mucho más complejo que el propio juego: en los personajes.
Eduardo Sacheri presenta sólo a unos cuantos. La mitad de ellos son jugadores y otros tantos hinchas, fanáticos, espectadores. En ambos grupos es fácil percibir las motivaciones que trascienden al hecho de salir victorioso; porque se aprende a ser fiel en las derrotas, una vez que se le ha llorado al equipo. Así, es posible encontrarse con un padre atestiguando el proceso de su hijo; proceso mediante el cual se convertirá en incondicional de un equipo. En el libro también habitan fanáticos capaces de atacar las instalaciones de los rivales u otros, necesitados de un plan para vaciar las cenizas del padre en la cancha. Los milagros no faltan, ya sea por intermediación divina o porque ese día un jugador salió inspirado. También encontramos afrentas que se dirimirán varias décadas más tarde o a un jugador profesional escapando de la concentración y atravesando el Atlántico para alinear en el partido anual entre dos equipos de barrio. Por supuesto que también se incluyen falsas crónicas: aquellas que dan cuenta de partidos memorables como la final de Italia 90. Con la diferencia de que los resultados repercuten en la vida de dos enamorados.
Sacheri sabe lo que dice cuando habla de futbol. No sólo porque es capaz de refigurar un lenguaje y una intensidad anejas al juego. También, porque trasciende lo deportivo hasta el plano de lo humano. Sus estrategias narrativas son simples y envolventes. De esa forma garantiza el entusiasmo de los lectores. Es cierto, no todos los relatos golpean de la misma forma pero ya se sabe que eso es imposible en un libro con tantos textos. Se agradece, en cambio, la identificación lograda. Esa empatía casi inmediata, la certeza de lo imposible. Se agradece, más aún, la creación de ese territorio donde pueden convivir, sin pugnas, lo deportivo y lo literario. No habiendo ventaja de ninguna de las partes, lo importante no será el resultado sino el partido. O los partidos. Uno o varios por cada cuento. Una o varias oportunidades para limar esas falsas asperezas y terminar celebrando juntos la maravilla del juego.
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Eduardo Sacheri, La vida que pensamos. Cuentos de futbol, Alfaguara, México, 2013, 336 pp.

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