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domingo, 20 de abril de 2014

EL IMPOSIBLE ADIÓS A GEORGES BRASSENS, Rodolfo Alonso

El imposible adiós a Georges Brassens
Rodolfo Alonso

Cuando murió, muchos musitamos por lo bajo, como con leve asombro: se ha ido. El que había dicho: “Que mi cuerpo sea enterrado cuando mi cuerpo y mi alma estén de acuerdo en un punto: la ruptura.” Con él se iba también una parte de nosotros. Aquellos que nos formamos con el cine y la canción francesa, con Edith Piaf y Michèle Morgan, con los filmes de Marcel Carné y Jean Renoir, con Gérard Philippe e Yves Montand, con El muelle de las brumas y Las hojas muertas, con el existencialismo y las polémicas de Sartre y de Camus, sabíamos, desde que oímos cualquiera de sus discos, pero sobre todo desde que vimos su rostro (su rostro vivo, honesto y fraterno, que nada podría desmentir) en Puerta de Lilas, de René Clair (1956), su única aparición en cine, que era uno de los nuestros, entrañablemente.







También supo llegar a ser de muchos más, sin dejar jamás de ser él mismo. Como un heraldo de esa revolución del disco que, luego, a partir de Los Beatles, iba a resultar una verdadera salida de emergencia para la poesía amenazada de extinción, encarnó en el music hall los temas eternos de los poetas: el amor, la fraternidad, la vida y la muerte, la dicha y la desgracia. Pero formando parte, sin la menor grandilocuencia, de una tradición que en Francia llegaba desde los trovadores hasta los chansonniers, que iba de François Villon a Jacques Prévert, pasando por el mismísimo Rabelais, y que supo ser a la vez un cantor, un poeta, un rebelde y un enamorado.

Nacido el 22 de octubre de 1921, en Sète, un puerto del Mediterráneo donde también había nacido Paul Valéry (y que inspiró probablemente su indeleble Cementerio marino), murió en Montpellier el 30 de octubre de 1981, muy pocos días después de cumplir los sesenta años. Anarquista convencido, huraño y paciente, tierno y sardónico, descubierto por Lady Patachou y lanzado por Jacques Canetti, en el “mundo del espectáculo” nadie ofreció menos espectáculo que él: sólo cantaba con su guitarra sus propios temas que, con la sobriedad de los auténticos, supieron llegar a la vez al gran público y a las minorías de entendidos, que se volvieron fieles. Mordaz y alegre (a su manera de sonrisa triste, como de quien conoce un antiguo dolor y el valor de los contados instantes de placer), inconformista y solidario, sentimental pero sin pelos en la lengua, no fue sólo “el pornógrafo del fonógrafo”, es decir alguien capaz de romper no pocos tabúes (pero también de detenerse siempre en sus propios límites, por propia voluntad), sino también y sobre todo “el polizón de la canción”, el hombre que contrabandeó poesía entre flashesratings. Georges Brassens fue, fundamentalmente, un hombre bueno y digno, algo así como un hermano más grande con mucha vida vivida. Por eso su protesta tuvo y tiene color humano, su lirismo es viril, su acento es compañero. Y por eso también su amor, su dignidad, no pudieron ser malversados ni siquiera por “las trompetas de la fama”.

No pocas veces se le perdía de vista porque volvía a lo suyo. Sus otros amores: la carpintería, las tareas manuales, la cercanía de su gente en barrios de París o en la pequeña ciudad marítima natal donde lo conocían todos. Una vida privada, ajena a todo sensacionalismo, cerrada a cal y canto para los paparazzi y el periodismo amarillo. Pero abierta siempre de par en par para el hombre común, para la poesía de todos, en la calle.

Como él lo había pedido, fue enterrado al día siguiente de su muerte, sin flores ni coronas, ni ceremonia alguna, en el humilde Cementerio de los Pobres de Sète. El féretro, de roble claro, fue colocado en la tumba familiar ante una pequeña multitud de trescientos amigos. Sólo habló el padre Barrés, un sacerdote cercano al poeta. Vecinos y familiares –principalmente su compañera Joha y uno de sus sobrinos, extraordinariamente parecido a él– se marcharon de inmediato en cuanto concluyó el breve trámite.

¿Qué vacío vino a dejarnos, aquí mismo y en otras partes, tan lejos de su Francia natal, esa ausencia? La sensación de haber perdido a un excelente hermano mayor, un hombre de honor y de experiencia, en quien se podía confiar. Nos queda, en cambio, más en sus canciones que en sus libros, más en su voz viva que en sus textos, la certidumbre de que la poesía puede sobrevivir, por los caminos mas inesperados, incluso en tiempos de miseria.

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