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domingo, 20 de abril de 2014

LA PUERTA SE CERRÓ DETRÁS DE TI, Diego Arturo Robles Barrios



La puerta se cerró detrás de ti
Diego Arturo Robles Barrios

Yo soy la puerta. El que entra en mí se salvará
Juan 10,9

Cierto día, cierto alquimista de cierto reino dijo haber hallado, ciertamente, la cura para el sufrimiento humano. Y si bien es cierto que al anunciar su descubrimiento recibió cantidad de acertadas denostaciones, una vez comprobado el mismo, con certeza por cierto, recibió cantidad de sacros conciertos y ciertas alabanzas.

El remedio era sencillo, “ridículamente sencillo” pensaron unos, y tremendamente metafísico, “tremendamente ridículo” afirmaron otros. Consistía en poner al centro de la plaza un quicial con una puerta con un letrero con la palabra felicidad, así con mayúsculas, y con una flecha en dirección al otro lado. “Nadie se atreverá a cruzar”, se concluyó en la reunión extraordinaria del Real Consejo; no obstante, aun existiendo una gran desconfianza o rechazo o escepticismo o burla o vergüenza o incredulidad o condena o repudio o lo que fuera que sintieran, tanta era su curiosidad que aceptaron financiar el proyecto y, más, ceder el espacio público requerido para el mismo.

En efecto, nadie quería pasar por ahí, no por miedo a ser felices y menos por no desearlo, sino por no querer convertirse en el hazmerreír del reino, cuyos habitantes y gobernantes, entre nervios y recelo, se burlaban constantemente de la inmaculada puerta, mientras, en silencio, deseaban estrenarla.

Así pasó no poco tiempo, hasta que unos comerciantes de otro reino llegaron al que nos atañe, los cuales, después de celebrar el éxito de su negocio, al ver la susodicha puerta en medio de la antes mencionada plaza, inmediatamente se formaron para cruzar al otro lado; tal fue la cantidad de alboroto, albricias, gritos, risas, brincos, maromas, aplausos, fiesta, alegría, baile, escándalo, juerga, contento, embriaguez y gozo con que lo hicieron, que los oriundos no tardaron en congregarse a su alrededor y contagiarse de la extranjera dicha no sin antes penetrar la famosísima puerta.

La noticia corrió de boca en boca, de familia en familia, de pueblo en pueblo, de reino en reino, de país en país, de continente en continente, de mundo en mundo, de planeta en planeta, de estrella en estrella, de galaxia en galaxia, de etcétera en etcétera. Cuando llegó a los oídos de Dios, la creación entera estaba en la fila. Minutos después, el alquimista murió de risa.

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