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lunes, 14 de abril de 2014

LITERATURIZACIÓN EN LA FORMACIÓN DE PROFESORES, Ethel Krauze

Reforma educativa:
una propuesta
(literaturización en la formación de profesores)

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Ilustración de Huidobro
Ethel Krauze

Nadie pone en duda que es urgente la necesidad de transformar el modelo educativo. Principalmente, en el manejo de la lengua, que es la herramienta básica del desarrollo humano. Niños y jóvenes que sepan leer, escribir, comprender, crear y compartir.

“¿Qué lecturas me recomienda para mis hijos?” “¿Qué puedo hacer para que mis alumnos lean, entiendan lo que leen y además lo disfruten?”

Estas son las preguntas que constantemente me hacen los padres de familia y los profesores. A lo largo de los años, los estudios, la experiencia y los intercambios con alumnos y maestros, he ido hilvanando diversas respuestas, lo mejor que he podido, para estas sinceras, espontáneas, necesarias preguntas. He llegado a la conclusión, siempre en proceso de perfeccionarse, de que leer no es el paso número uno en la adquisición fructífera de la literatura. Hagamos una breve revisión de las últimas décadas.

Se han diseñado numerosas estrategias para fomentar la lectura, desde bibliotecas escolares, bibliotecas de aula, salas de lectura y tiempos específicos durante clase para esta actividad. Sin embargo, pese a las buenas intenciones, los resultados han sembrado de frustraciones hasta al más optimista: las pruebas Enlace, Pisa y demás instrumentos de evaluación lo demuestran año tras año. Efectivamente, se puede tener libros a la mano y horarios obligados para leerlos. Esto no significa que los niños adquieran la pasión por la literatura. Digo, específicamente, la literatura. Porque a través de ella es que se fecunda la vocación lectora. Desgraciadamente, ahora se habla de “leer” lo que sea, con tal de que se lea. Los cuentos, las novelas y, sobre todo, la poesía, han dejado de estar en primer plano en las bibliotecas y las salas de lectura. Se privilegia la lectura por información, por necesidad académica o por formación profesional. La pasión se ha transformado en obligación. La imaginación creadora se ha quedado a la sombra del conocimiento puntual. (Hablo de pasión y no de hábito; la experiencia estética no puede imponerse como una medida higiénica. No me imagino a alguien lavándose los dientes con sublime pasión, pero sí como hábito comedido.)

Las críticas recaen en los medios tecnológicos y en la “obnubilación” de los jóvenes delante de las redes sociales. Lo que poco se ha comprendido es que los jóvenes están escribiendo como nunca, por lo tanto, leyendo. En los espacios cibernéticos donde crean sus perfiles, sus blogs y sus plataformas de intercambio se leen mutuamente, retroalimentan su imaginación y desarrollan su creatividad.

Insisto, leer es el segundo paso. Para leer hay que tener algo que leer; alguien, pues, tuvo que haber escrito antes. Alguien tuvo la necesidad de expresar lo que llevaba dentro y compartirlo por escrito. Alguien, como cualquiera de nosotros. Todos somos ese “alguien” que tiene algo que expresar y compartir. Si escribimos nos damos cuenta del significado de lo que vivimos, y es, entonces, cuando surge nuestro interés por conocer otros significados, otras vidas: así entramos de modo natural en la lectura. Basta dar el primer paso. Si aprendemos a reconocer y plasmar nuestras emociones y nuestras ideas por medio de la escritura, desde el inicio de la vida escolar, al paso de la alfabetización, estaremos introduciéndonos en el proceso de la literaturización.

Le llamo así a la adquisición total de la lengua. Desde que nacemos comenzamos su aprendizaje: imitando los sonidos que escuchamos, empujados por la necesidad de expresar y satisfacer nuestros deseos y proyectar nuestras ideas en los otros, construyendo nuevas, en el intercambio, terminamos hablando. Escuchar y hablar son dos caras del mismo proceso. En la vida escolar, adquirimos la lecto-escritura, es decir, la alfabetización, el aprendizaje funcional de lengua. Pero ha faltado la literaturización, que es la integración de las habilidades anteriores hacia el desarrollo de las facultades creativas y estéticas de la lengua, con una didáctica apropiada que nos lleve a la incorporación natural de la literatura en nuestra vida diaria. No para que todos se conviertan en escritores profesionales; sí para que todos escriban, lean, entiendan, disfruten, aprendan y compartan las riquezas de su mundo interior con las múltiples voces que ofrece la literatura.

La construcción de una teoría didáctica de la creación literaria y del proceso creador se ha convertido, pues, no sólo en mi principal línea de investigación en el postgrado en Literatura del CIDHEM (Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos), sino en una misión de vida para mí. La formación de profesores, para que puedan literaturizarse y, a su vez, incorporar la literaturización en sus aulas, junto con los programas escolares, representa la respuesta a las preguntas iniciales.

Es el momento justo para que la Reforma Educativa incluya plataformas didácticas de literaturización para capacitar a los profesores.

Un equipo de comprometidos alumnos que he coordinado en el postgrado en Literatura en CIDHEM ya da los primeros frutos de este nuevo paradigma: la literaturización en la educación. Caminito de los cuentos es un libro escrito por niños y niñas de quinto grado de primaria, de la escuela rural “Profesor Francisco Figueroa”, durante el ciclo escolar 2012-2013, en la comunidad de San Juan Unión, Municipio de Taxco de Alarcón, en el estado de Guerrero. Estos pequeños han vivido en carne propia el inicio de la literaturización, de la mano de su profesor, Joaquín Martínez Miramontes. Es uno de esos “caminitos” que se han ido abriendo como parte de este esfuerzo y se ha convertido en un proyecto social, en conjunto con los profesores Hermes Castañeda Caudana y Sol Manzanares Hernández, y auspiciado por Grupo México, Casa Grande y Desarrollo con Sentido, para ampliar su cobertura y publicar el material que será presentado la próxima semana.

Es una muestra de que este país puede ser tan grande como sus niños y sus niñas, si los adultos aprendemos a ponernos a su altura.

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