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domingo, 13 de abril de 2014

RELATO CON JACARANDA, Guillermo Samperio



Relato con Jacaranda

a Macaria España, con cariño

Guillermo Samperio

Desde varios años atrás el cambio de estaciones se daba de forma incomprensible, en especial la dolorosa mutación del invierno en primavera. Así iba sucediendo durante los primeros días de abril. Calores de pronto quemantes se alteraban con vientos violentos, contundentes, o un aire ligero se acompañaba de un frío filoso, profundo. Luego de tumbos, altibajos, turbulecias, el clima se iba estabilizando y se ahogaba en una monotonía que sutilmente inquieta los deseos.
A pesar de la multitud de construcciones y del inmenso espacio que abarca el pavimento, la vegetación se desparramaba por la ciudad. En algunas zonas era apenas simbólica desde jardineras discretas, botones empeñosos, o uno que otro árbol en las banquetas; pero, hacia el poniente, la vegetación se iba apoderando de las anchas calles. Se detenía en los jardines amplios al pie de las casas, subía a las paredes, saltaba hacia las aceras como ríos verdes y azules y bugambilias.
Fuera de uno de estos predios, en las Lomas de Chapultepec, un hombre de vestir modesto estaba bajo una jacaranda. Veía la amplia copa violeta, aparentemente deshilachada; midió la altura, imaginando el ruido estruendoso y el movimiento espectacular que produciría el árbol si cayera hacia la calle; quizá alcanzara la otra banqueta y aun lamiera el muro de la casa de enfrente. Muchas veces lo había visto ponerse verde, violeta y sepia de nuevo.
Era el árbol al que más afecto ponía. Le cortaba periódicamente las puntas resecas, castraba retoños que pudieran convertirse en ramas rebeldes. Lo fumigaba, encalaba el tronco en cada reciente descarapeladura. Todo ello lo hizo porque se trataba de una de las jacarandas más grandes bellas del rumbo, y por que era la jacaranda de Ángela. Como ya había sucedido varias veces aquella mañana, las personas se detenían a verla cuando estaba en flor. Los elogios percibidos al vuelo por el hombre significaban para él una recompensa importante, lo mismo que los comentarios exagerados de Ángela. Unas palabras y otras lo habían hecho sentir que su existencia estaba bien en sus zapatos burdos y sus pantalones de mezclilla, en los cuadros rojos y blancos de su camisola y en su cachucha de beisbolista.
El hombre bajó la mirada, se acomodó la gorra, giró hacia su derecha, se dirigió a la entornada puerta de fierro, entró y cerró dispuesto a cumplir la orden. El portón negro, de dos hojas, se unía hacia el oriente con una larga cerca, y juntos daban un frente de unos cuarenta metros. Las víboras negras de la herrería se elevaban creando caracoles en el centro y rematando en puntas de lanza dirigidas al cielo. Los nudos donde coincidían las culebras del portón y de la cerca eran disimulados por un girasol blanco de lámina; la sucesión de puntas de lanza formaban medias lunas acostadas consecutivamente.
La casa de dos pisos, grande, los muros pintados de blanco ostión mate y la herrería de negro, quedaba a unos treinta metros al fondo; mediaban diversas plantas y algunos árboles colocados de manera estratégica. Una doble fila de arbustos custodiaba el camino recto que dividía en dos el amplio jardín. Por esta vereda iba caminando el hombre de la gorra de beisbolista; llegó casi hasta la puerta principal y dio vuelta a la derecha, donde se perdió tras unos matorrales de manzanitas del amor. Las ventanas de líneas rectas mostraban una arquitectura discreta, precisa, sobria, que contrastaba con la herrería de la calle.
Cuando el hombre entró, Ángela lo vio desde su ventana, en el piso superior, hasta que se perdió de vista. Puso un momento la mirada sobre los violetas de la jacaranda, que volaban sobre la cerca, los miraba como intentando retenerlos; después, les dio la espalda y, rodeando la cama, fue hasta el clóset. Se dedicó a sacar su ropa, a ordenarla según el tipo de prenda sobre la colcha de gobelino guinda y dorado.
Ángela era una mujer alta, delgada, linda. El cabello negro le rozaba las medias lunas de los hombros, su tez más bien clara que trigueña. Bajo los ojos grises, ojeras tenues se desvanecían hacia pómulos apenas marcados; nariz recta sin ser fina, boca de grandes labios. Senos separados, sugerentes y generosos a un tiempo. Cintura delgada, cadera madura, piernas largas, Ángela tenía veintisiete años. Un calor quemante empezaba a ascender hacia la frescura donde la mujer seguía acomodando su ropa. Pensaba que en esta ocasión no lloraría.
Desde que dejó la mesa, en la planta baja, luego de su largo silencio tras las palabras que le expuso al licenciado Humberto Mateos L., se prometió que no lloraría. Antes de bajar, Ángela había decidido no levantarse hasta que terminara el último ritual en el que ella participaría en esa casa, pasara lo que pasara. La firmeza le nacía de una comprensión especial, que le tomaba espíritu y cuerpo, llena de sentimientos contradictorios, pero por primera vez ante un camino claro, definitivo. Tristeza, vértigo, odio, lástima, cariño, se mezclaban de golpe. Bajo esta diversidad de sensaciones estaban la angustia y el miedo duros, secos, dolorosos, no lo podía negar ni lo deseaba pues también eran determinantes. En los anteriores intentos por abandonar la casa había fracasado, hundiéndose en otra multiplicidad anímica. Amenazas, chantajes, dudas, culpabilidad, llanto, la hacían deshacer las maletas, aceptaba las prebendas que el fracaso en turno le otorgaba. Las escenas de la noche anterior le habían abierto el camino, desencadenándole el estado emocional que ahora la llevaba hacia movimientos irrevocables.
A las tres de la mañana, Luis Arturo estacionó el Mercedes Benz junto a la jacaranda, Ángela se dio cuenta de que la luz de la biblioteca, en el primer piso, estaba encendida; nerviosa, todavía se quedó media hora más con Luis Arturo. El motivo de la charla no importaba tanto. Al fin se despidió de él, bajó del auto, abrió el portón, atravesó un poco apresurada las sombras del jardín sintiendo el viento frío sobre el rostro y las manos. Entró por la puerta principal, a oscuras se dirigió a las escaleras. Luego de subirlas, de caminar inquieta hacia su habitación, el licenciado Mateos se asomó desde la biblioteca y la llamó.
Aunque sintió ganas de no hacerle caso, la mujer obedeció; una vez dentro, él cerró la puerta con toda calma. Sin pronunciar palabra, el hombre se acercó al sofá de terciopelo verde oliva que tenía adelante. De ahí tomó un carcaj que tenía cinco flechas profesionales, se lo puso sobre el hombro derecho. En seguida manipuló un arco rojo, lo apoyó contra el piso; presionando sobre la punta superior hacia abajo cerró la curva de la madera. Tensó la cuerda colocándola en la ranura ajada; la hizo vibrar como cuerda de violonchelo. Sus movimientos eran hábiles, rápidos, exactos. Preparó una flecha naranja, apuntó hacia un estante de libros voluminosos, giró lentamente hasta detenerse ante el respaldo de un sillón, cerca de Ángela. Parecía ubicar el blanco donde clavaría la saeta, pero de pronto bajó los brazos y la guardó en el carcaj. Miró a los ojos grises de la mujer; con una voz engolada, tensa, aún pretextando calma, dijo: “Ven, sígueme”.
Salieron de la biblioteca y bajaron hasta la oscuridad del jardín. La mujer, pasmada, seguía al hombre poseída por un miedo enorme, sin opinión sobre lo que estaba sucediendo. En el instante en que se supuso que Mateos dispararía, sus sentimientos se cubrieron por un velo turbio que la distanciaba de los hechos y siguió al hombre por seguirlo. Mateos caminó hacia la izquierda al cuarto de jardinería, junto a una perrera grande. De pronto, se encendieron las luces del jardín develando manchones verdeazules, rojoverdes o verdeamarillos , agitados rítmicamente por el viento. Se escucharon leves ladridos; apareció el hombre jalando de una cadena a un dálmata joven. Se internaron con dificultad en el pasto a unos diez metros de la mujer; en el tronco de un trueno ató la cadena y regresó. Eligió una flecha de sofisticadas navajas, la acomodó cuidadosamente sobre la cuerda. Levantó los brazos firmando un triángulo sobre la base de la media luna del arco, apuntó hacia el animal. El perro ladraba y gruñía una y otra vez; quería zafarse con violentos tirones. Las manchas blancas del mapa de su piel brillaban alternativamente bajo la luz según sus movimientos. Dirigía el alargado hocico negro hacia su dueño; sus ojos húmedos parecían mirar en el desconcierto, sin entender lo que sucedía. El aroma de las flores iba hacia su nariz y ésta pretendía oler en la noche una respuesta. Quizá todos sus sentidos habían creado esa memoria instintiva y condicionada sobre la utilidad del arma que en ese momento orientaba hacia él y no hacia los animales que recogía y entregaba con destreza a Mateos.
En el aire frío de esa madrugada de principios de abril, cortando los olores, la noche y un haz de luz, la flecha silbó ligeramente, viajó casi invisible como un rayo discreto y perforó los tensos músculos del cuello del dálmata. El cuerpo del perro cayó bruscamente hacia atrás, como si el sólido golpe de una patada lo hubiera derribado para siempre. Produjo algunos sonidos extraños desde la garganta y se convulsionó mientras la sangre pintaba el pasto. “Uno de los mejores tiradores del país”, dijo el hombre. Después, vino un silencio total.
Ángela corrió hacia el interior de la casa, subió hasta su recámara, se encerró. Durante un largo lapso escuchó ruidos en el jardín, percibió desde su oscuridad que la luz de afuera se apagaba. Sintió los movimientos del hombre en la planta alta, supo que también él se había encerrado en su habitación. Hasta entonces, pudo respirar normalmente; se quitó los zapatos y comenzó a caminar de un lado a otro. “Si pudiera irme ahorita mismo, me iría”, fue le primer pensamiento de la mujer. A la noche le quedaba una vida breve.
Ángela se acostó sin desvestirse; con los ojos cerrados vivió ráfagas de recuerdo que se montaban unas en otras. Pasó a través de los anteriores intentos por abandonar la casa; voces lejanas, escenas, colores, rostros se superpusieron hasta que apareció una noche en la que su madre, tan joven como cuando murió, la despertaba y decía “Nena, nena, ven, levántate”. Sin entender, la niña obedeció y miró el llanto y la prisa en el rostro de su madre, quien le vistió simplemente un abrigo y salieron rápido del departamento. Al ir bajando las escaleras, la niña preguntó: “¿Y mi papá, mami?”; la joven señora guardó silencio y cargó a su hija antes de salir a la calle. Afuera, las esperaba un carro.
Luego de que este recuerdo se repitió varias veces, siempre sin respuesta, Ángela se fue calmando y con el resplandor del amanecer se quedó dormida. Despertó a media mañana, se aseó, llamó por teléfono un par de veces, bajó a desayunar. El licenciado Humberto Mateos L. untaba mantequilla a un pan tostado. Ángela tomó asiento frente a él. Le miró la calvicie, la nariz enrojecida, la cazadora de gamuza miel. Una mujer indígena ataviada de uniforme a rayas blancas y rosas los atendía silenciosamente.
Después del jugo de naranja, de algunos sorbos a un café negro, Ángela habló: “Papá, me voy”. El hombre intentó decir algo, pero ella lo atajó: “No quiero escucharte”. Mateos lo sabía, así que desistió de cualquier frase. Pero la sirvienta le ordenó que llamara a Celorio. Minutos después, apareció Celorio enrollando una gorra de beisbolista entre las manos. “Buenos días”, dijo sin mirar al hombre ni a la mujer, “dígame, don Humberto”. “Quiero que me tumbes la jacaranda de la calle”, indicó Mateos. Al notar que Celorio no se movía, explicó: “Ve y dale con el hacha hasta que caiga... ¿Ahora sí entendiste?” “Sí, don Humberto”, respondió y salió poniéndose la gorra.

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