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sábado, 19 de abril de 2014

SISMO, Miguel Velasco

Sismo (ó: Movimiento interior).

18 de abril de 2014 a la(s) 22:48
Hoy recordé que todos los días pueden ser nuestro último día, Cristina, que la vida no es para siempre; soy de la generación del terremoto del 85 y estos sucesos nos mueven recuerdos como los compradores de frutas que escarban en el montón hallándose con la manzana a punto de podrirse.  
  
¿Has notado cuánto creció el hijo del vecino desde que llegamos a este departamento? Hace siete años iba en brazos y hoy seguramente corrió por las escaleras, siete años en los que nuestras fiestas de velas y música terminaron para pasar más tiempo cansados frente al televisor gastándolo sin motivos para sentirnos vivos, ¿te pasa igual o soy el único que creyó que hoy podría ser la última vez que vería tus ojos? Porque quizás pedirte que vivíamos sin olvidar nuestra fragilidad te parezca una locura, pero me encantaría saber que estás loca, que cada mañana celebramos en el desayuno que despertamos y que nuestros besos son vivos todos y no sólo besos, y nada más.

Ya sé, dirás que exagero, como siempre dirás que la vida es trabajar duro, competir con los demás y ganarse un lugar, pero, ¿no tenemos ya ganado uno, en ésta, nuestra única vida como es? ¿Para qué competir en una carrera de vencidos donde todos quieren más y más sin ver lo que ya tienen? ¿Para qué entregarnos a la costumbre de los cansados si podemos hacerlo en la fortuna de los vivos que se encierran a amarse, y sólo a amarse?

Te escucho, y escucho que me dirás que “me la vivo soñando” pero, ¿para que vivir padeciendo si eso hacen todos? ¿Por qué no mejor disfrutar y nada más? Comprar pan recién hecho como lo hacía antes, gastar los ahorros en flores, en vino y en fondue, ¿no nos hacía eso más felices? ¿No nos hace eso mejores personas que buscar la “felicidad” que nos venden? ¿No prefieres la idea de tenernos que la de sostenernos? A mí sí, a mí me motiva pensar que mañana no sé qué pasará y por ello prefiero gastarme la única vida que tengo contigo, ésta, para ir ahora mismo por unas quesadillas al puestito de las vías en vez de ahorrar para la cena con tus “amigas” del Vermont: De ésas tengo dos a la semana y nunca me han dejado salvo dinero, y el dinero no me ha traído más que la necesidad de más dinero.

Cuando decidimos vivir juntos teníamos una ventaja: No estábamos seguros de nada, no sabíamos si al día siguiente comeríamos, si tendríamos para un carro, para un comedor, para esta alfombra pero nos teníamos completamente a nosotros. Hoy queremos más y más, queremos lo que tienen los otros o mejor, queremos parecernos a algo diferente a lo que soñamos en un inicio: Estar tú y yo siempre juntos. ¿No es histérico pasar diez horas en la oficina hasta el agotamiento para venir a la casa a recobrar fuerzas sólo para poder seguir invirtiendo ese tiempo en obtener más? ¿No es la versión más pobre de un ser humano vivir para tener en vez de hacerlo para estar juntos como lo hicimos en un inicio? Porque claro que me entusiasma el departamento en Cancún, pero no quiero quedarme dormido frente al mar mientras tú estás a mi lado hermosa, no quiero ser un hombre que está cansado de vivir.

Hoy, a las 9:25 a.m., estaba tan agotado que no sentí nada, no me enteré que este edificio lo abandonaban todos por el temor a que se derrumbara y nadie vino hasta nuestra puerta a decirme: “¡Alejandro, salga!”. Nadie vino a despertarme preocupado porque mi hija, la vida que traes en el vientre, se quedar sin padre. ¿Qué hemos ganado si ni siquiera los que han visto la emoción con que hemos adornado la habitación de María tocaron a nuestra puerta para despertarme? No hay nadie, salvo tú y yo, interesados por nuestra vida, por nuestra hija y por nosotros, ¿no deberíamos ser egoístas con nuestro amor? Ser sólo de nosotros como fuimos antes, sin pensar en que los demás se sientan orgullosos o envidiar lo que tenemos, porque hoy pudo terminar mi vida cuando más tengo ganas de vivirla.

Antes solíamos ir al parque de Santa Catarina a darle de comer a las palomas y hoy vamos a sentarnos en la mesa de un restaurante exclusivo con vista a la plaza a beber un tinto caro y a comer del chef, y, ¿sabes algo? Extraño sentir a las palomas reconociéndonos ansiosas volándonos para que les demos del pan que juntamos en la semana, extraño que la vida nos obligara a compartir lo que ahora guardamos y guardamos para ser como los demás, como ésos que no tocaron a nuestra puerta para rescatarme aún sabiendo que podían dejar a un ser sin padre. ¿Exagero? Quizás, pero prefiero pasar por la vida como un exagerado que supo vivir, que como uno más de la corriente que siempre vio por ser como los demás sin saber que las palomas, y cada minuto de nuestra vida, son absolutamente de ti y de mí y no deben ser de nadie más salvo de este amor.

Hablemos, porque a veces volver a lo que fuimos es la manera más trascendente de ser únicos.

¿A qué hora regresas de esa puta oficina? Tengo ganas de invitarte unas gorditas de la señora de las vías. Tengo muchas ganas de vivir. Tengo muchas ganas de recordar todos los días quién soy hasta el último día que puede ser cualquier día, como hoy, como mañana. Tengo muchas ganas.  

Con amor,

El Tipo de Abril.            
 


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