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sábado, 6 de septiembre de 2014

VICENTE ROJO, José Luis Cuevas (1984)

José Luis Cuevas (1984)


A Vicente Rojo lo conocí en 1956. Fue en el pequeño cuarto que el periódico Novedades destinaba a los que hacían el mejor suplemento cultural de América Latina: México en la Cultura.



Recuerdo en detalle el encuentro: Vicente Rojo, con los brazos ligeramente levantados reflexionaba sobre una hoja de cartón. Formaba una página. Esperaba que le dictara su espíritu dónde debía ir tal o cual imagen. Sus dedos se agitaban nerviosamente como si fueran alas y se dispusieran a iniciar el vuelo.

El rostro, situado a pocos centímetros de la página, me hizo imaginar unos ojos inteligentes que giraban hacia diversos puntos, moviendo mentalmente las imágenes. De pronto, las manos descendieron y, en hábil movimiento, las colocaron en lugar exacto. Vicente Rojo levantó la cara y me miró. Me sentí una de esas figuras o letras que Vicente movía como en un juego de ajedrez y pensé que avanzaría hacia mí para colocarme en el sitio donde la composición no se alterara. Como obedeciendo una orden que exige el orden, me moví de la puerta y avancé hacia el escritorio donde estaba el director Fernando Benítez. Vicente Rojo ocupaba el lugar de director artístico del suplemento que Miguel Prieto, al morir, había dejado vacante. Como Prieto, su maestro, Vicente era también pintor.

En 1958 presentó su primera exposición individual titulada Guerra y Paz, en la Galería Proteo. Ahí conocí su pintura y mi entusiasmo se encendió frente a un arte neofigurativo que me hizo evocar la estatuaria catalana que había yo conocido en el Museo Marés de Barcelona. Todavía me emociona esa época expresionista de Rojo, cuando la descubro en casa de algún amigo de entonces. En 1959, Rojo encuentra su camino y su serie Los presagios lo revelan como el más brillante pintor de mi generación.

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