martes, 11 de febrero de 2014

TRES POEMAS DE DOMINGO FAILDE

Elegía

... y luego tú te fuiste entre las flores,
te fuiste, y yo no he muerto.

(Ricardo Molina)

Era un nido de fresas submarinas la tarde,
reflejo sin retorno de aquella
mansedumbre que vierte
vino en el corazón, cuando se ha consumado
el oráculo y palpan
mis pupilas la augusta soledad de los líquenes.
El tiempo ha declinado sobre mí sus gaviotas:
pesa tanto el amor cuando se arranca,
es tan lerdo el olvido cuando llueve...
Y, esta tarde,
dejo en el escritorio papeles amarillos
-cartas, algún poema-,
mientras de mi solapa vespertina
ha brotado un jardín de orfebrerías,
y escucho el mar rodando hacia el ocaso
y rozo su esqueleto de líquidas gramíneas
y, como entonces, ando,
y espero, como entonces,
en un punto de un mapa con sillas y casinos,
con agua en las aceras y con árboles lánguidos.
Esta tarde,
esta tarde...
se me enluta el silencio de los pájaros, gira
tu sombra alrededor como un triste recuerdo.
Hacía meses o siglos, y tú ya no me hablabas;
el mar pintó de gris su regazo y la herrumbre
tomó el viejo navío que hay varado en la playa,
ése que contemplé cuando trajo el otoño
un tren de aliento verde
y yo era un peregrino que buscaba posada,
un prófugo, un asceta, un náufrago entre vidrios.
Esta tarde, esta tarde... llueve en Punta Carnero;
también tus manos leves llovieron algún día
y, lleno el pecho de aspas, abrazado al crepúsculo,
musitaba tu nombre, luego acaso palmera,
mecido por la brisa fresca de los lagares.
Y esta tarde las olas suenan a despedida
y un río de esquinas negras te devora... y un río
como todos los ríos
que van a dar al mar –como se sabe-
que es peor que morir.
.
.
.
´.
Piedras y Lágrimas


Sunt lacrimae rerum...
(Virgilio)


Evoco este dolor algunas veces,
cuando declina el día y un perfume
de musgos delicados, casi umbrosa,
distante perfección, mana del infinito,
y flamea la muerte, posada en las ruinas
su planta de doncella.
...................................... Sabes que has conocido
y amado: que ya nada distrae tu vista, lejos,
detrás del horizonte que algún velero cruza
o aquella torpe piedra donde el pasado habita.
Oyes tras las ventanas una llovizna incierta,
y el resplandor de un vino silente y fastuoso
arrastra los estambres, el polvo sumergido
y amarillento de este dolor antiguo y frágil.
Has tenido tu premio: llegar hasta la orilla
del llanto, la ensenada final, el desescombro
del corazón que apura su historia y sus latidos.
Estás pensando en ella: sus pies, sus senos amplios,
las rosas de un poema roto e irremediable.
Lo sabes. Y estás solo. Y te echas a la calle.
A la deriva. Y solo.
................................. Disperso por el humo,
lo sabes: no hay salida, y el paladar reseco
aún buscará una fuente en cualquier muro
o ha de beberse el llanto de las cosas que, en tromba,
desplómanse en la noche,
surcando el vuelo azul de las gaviotas.
.
.
.
.
Ruinas de Baelo Claudia

Perenne el rumor de las gaviotas sobre los cuerpos
-tú y yo- enlazados en la soledad de esta arena,
cuya fragancia anida detrás de las palabras
que nunca pronunciamos
y son como tesoros sumergidos,
como clepsidras calmas, ignorantes acaso
de la agraz persistencia del olvido, esa sombra
que planea en silencio sobre nuestras cabezas.

Nos habíamos amado, era cierto.
Pero aquí, en Baelo Claudia,
conocimos los raudos embates de la mar,
el sortilegio de las invasiones
que, a lomos del poniente,
sembraron en la arena pavorosas preguntas,
llamadas de socorro nunca correspondidas
y aquel designio inútil
de erigir un castillo en el aire o, tan sólo,
permanecer el tiempo de un latido, el instante
preciso para hurgar
en la niebla, tal vez adivinando
las oscuras razones que escruta el corazón.

Resta, sin más, la música,
los espacios celestes, la estéril pervivencia
de ese amargo detrito que queda entre las rocas
testificando huellas fósiles en el agua,
y un día, quizá sin nombre,
aflorarán, ignotos, los restos del naufragio,
y el pecio de tus labios ha de agitarse, incólume,
en las profundidades, sigilosos y tétricos.

Nosotros, ciudadanos de un temporal de otoño,
seremos devorados por olas insaciables.
Partitura en el viento, soñarán nuestras voces
la algarabía solemne que ondea en la memoria,
y el espejismo lento de las generaciones
avistará el lejano redel de nuestros miembros:

El mar siempre retorna a sus orillas.

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