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jueves, 19 de junio de 2014

CERTEZA, Norma Segades-Manias


CERTEZA. ( Del libro "Réquiem por los pájaros")


Lo supe de inmediato.
Podés llamarlo astucia, instinto maternal, corazonada. Pero sentí un relámpago rasgando el territorio de mi vientre.
Fue aquel domingo en que volviste a casa con zapatillas nuevas.
Antes de las camperas y los vaqueros de buena marca y el celular con cámara.
Después de las reuniones con amigos en la puerta de casa y los envases de cerveza que iban y venían desde el kiosco y el olor penetrante de aquellos cigarrillos que armaban con destreza.
Sólo quise negarme los indicios.
Porque de alguna forma vos lo estabas prohibiendo con tu voz de inocencia.
Vos me manipulabas con los ojos llorosos y el acento quebrado.
Cuando la Anita desapareció del barrio casi al anochecer y los vecinos salieron a rastrearla te vi, muy preocupado, hablando con el padre. Le palmeabas el hombro con la fraternidad de los desamparados.
Día tras día los acompañaste.
Baldíos,pozos de agua, casas abandonadas.
Nadie supo más de ella.
Mucho menos los necios de uniforme que nunca pueden descubrir a nadie.
Los homicidas se emborrachan, confían en amigos, se entregan por remordimiento…
Los transportes de estupefacientes sufren desperfectos, colisionan, eluden controles para darse a la fuga…
Ellos solamente se aferran a la supervivencia dentro de las paredes de sus comisarías. Ni toman las denuncias para no incrementar las estadísticas.
-¿Para qué? -se preguntan en la ronda del mate-. Si entran por una puerta y se marchan por otra.
Si a las familias de los delincuentes reclamando justicia por sus muertes el Estado termina indemnizándolas.
Si la justicia se comercializa y los menores son inimputables.
Por eso, hace un instante, cuando entré en el galpón en busca de carbón para el brasero y encontré las dos cintas de sus trenzas atando la ropita ensangrentada detrás de los equipos de labranza no dije una palabra.
Con la mano derecha cubrí las convulsiones de mis labios en tanto recorría de soslayo la soledad total en la que me encontraba.
Cerré la puerta sigilosamente, corrí cada cerrojo y coloqué un candado.
El sol capitulaba con las primeras sombras.
Regresé a la cocina y me senté a esperarte.
No he encendido las luces.
El alumbrado público recorta las siluetas de los árboles sobre los vidrios de la puerta. Y hay perros que les ladran a las sombras más allá de los límites del mundo que construí para vos a fuerza de doblarme en fregaderos por un salario indigno.
Tengo un arma escondida debajo de las mantas.
Tengo una decisión inquebrantable.
Tengo una culpa ardiendo en mis entrañas.
Y este dolor de oírte, canturreando tranquilo, mientras volvés a mí, cruzando el patio.

NORMA SEGADES-MANIAS

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