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lunes, 16 de junio de 2014

LA VIDA BAJO UN TOLDO, Ollin Velasco

La vida bajo un toldo
Ollin Velasco


El hombre enciende su cigarrillo y fuma, apoyado en su carro (un Mazda, modelo ’85). La noche se enfría y las luces del bar swingerde la esquina le rozan fugazmente el rostro demacrado. El hombre de cuarenta y tres años va sacando lentamente el humo mientras sube lo más que puede el cierre de su chaqueta. Se vuelve a apoyar en el auto inservible, cubierto con una lona raída. Literalmente, esa es su casa en el barrio de Chapinero, al nororiente de Bogotá.

Él es una de las más de 11 mil personas que la Secretaría Distrital de Integración Social (SDIS) de la capital colombiana clasifica como “Ciudadanos y ciudadanas de la calle”. Lleva viviendo doce años así, pero sólo cinco al lado de un área verde situada una cuadra al sur de la Avenida Caracas, en la calle 67. El hombre es el multitrabajos de la zona: lava autos, hace mercado para sus vecinos, arregla instalaciones de luz o vigila por las noches. Nunca se detiene, acaso cuando dan las tres de la mañana y se acuesta a dormir. Pero su rutina se reanuda cada mediodía. Su vida ha sido un mosaico, aunque durante mucho tiempo la única constante fue la violencia.


La vida, los giros

“Me crié en un ambiente duro desde que era muy pequeño. Cuando mi padre murió, mi mamá y yo nos fuimos a vivir con mis tíos y mi abuela. Ella tenía una cantina, así que me acostumbré a un ambiente de farra, alcohol y peleas”, dice.

Del bar swinger contiguo salen ritmos electrónicos ensamblados con reggaeton. A pesar de ser mitad de semana, ya varios autos están estacionados en las aceras. Nelson escanea los vehículos. Sabe que será otra noche de mucho trabajo.


Fotos tomadas de: indigenciacolombiana.blogspot
“Mis tíos nos golpeaban a la menor provocación. Un día me cansé y escapé de casa, con uno de mis primos. Se llamaba Jorge y era como mi hermano. Con él viajé mucho, por todo el país. Aparecimos de nuevo en casa, luego de dos años.”

Pero ya eran muy diferentes. Los tíos quisieron seguir sometiéndolos y ya no pudieron. A los veintisiete años, Urbina y su primo se enlistaron al Ejército, en la Brigada Móvil Contraguerrilla.

“Un día nos emboscaron y mataron a once nuestros. Entre ellos, mi primo. Ese fue el momento en que mi vida cambió.” El hombre enciende otro cigarrillo y lo cala hondo. Se queda un rato en silencio, mientras observa cómo una patrulla aparece para hacer un rondín habitual. Las luces rojas y azules se aproximan y él empieza a ponerse nervioso. El auto pasa. Él respira de nuevo. Esas son las rondas para llevarse indigentes a la UPJ (Unidad Permanente de Justicia). Dice que es una pesadilla que ha vivido cuatro veces. “Aquí, ser habitante de la calle es un delito, aunque no lo diga la ley.”

Judith es la responsable de una casa de hospedaje estudiantil situada frente al carro que ya es parte del paisaje de la cuadra. Ella trabajó unos años en la SDIS, donde se diligencian casos como el de Nelson. Y aunque no le gusta la idea de que haya gente en su condición, con él no tiene problema.
“En Colombia, vivir en la calle es una opción. No está penalizado por la ley. Personalmente, no tengo quejas del señor. Siempre que puede me ayuda”, dice, mientras apresura un jugo de lulo.


Sin fortuna

La muerte de Jorge fue terrible para Nelson. A partir de ella, una cascada de sucesos le cayó encima. La mala racha comenzó con seis años de prisión, luego de dar dos tiros y dejar cuadripléjico a un general del Ejército que le negó el permiso para asistir al funeral de su primo. Cuando el hombre salió libre, estaba muy resentido con las Fuerzas Armadas. Así que se pasó al bando de la guerrilla.

Otro cigarro. Más luces y la voz lejana de un presentador de espectáculos dentro del club de parejas intercambiables.

“Duré como ocho meses ahí y luego me escapé, porque tampoco era un asesino. Volví a Bogotá, envalentonado por haber vivido la guerra. No me dejaba de nadie y tuve muchos problemas por eso. Me emborrachaba mucho. Fue hasta hace siete años que dejé el trago, pero me refugié en la marihuana”.
Al filo de las 10 de la noche llegan parejas que van de la mano y se internan en un motel que se publicita con un gran corazón y la leyenda “Paraíso Bogotá”. Mientras tanto, una perra color canela sale por debajo del carro. Mira alrededor y busca las piernas de su amo. “Se llama Niña”, dice él y le extiende cerca del hocico una mano sucia, un par de uñas amoratadas.

Nelson cuenta que intentó volver con su familia, pero que ya no quisieron aceptarlo. “Fue cuando me quedé a vivir en la calle”, explica, antes de aceptar que también trabajó para un cártel que se llamaba La reina de la coca. Vendía pastas, hasta que la policía se dio cuenta y empezó a extorsionarlo. Dejó el negocio. Luego consiguió un trabajo formal: fungió como auxiliar de almacén en una empresa de fabricación de vinilos.
“Ahora me gustaría estar en algo ‘bien’. Si lavo tres carros al día gano 15 mil pesos (cien, en moneda mexicana). Pero no es fijo. A veces no consigo nada.” Según cuenta, los jueves, viernes y sábados son sus días más ocupados.


“No lloro ante la gente”

Nelson empieza a desocupar el sitio donde mañana temprano recolectará la basura de las casas cercanas. Niña sigue de cerca sus movimientos. De vez en cuando sortea alguna colilla encendida que él deja caer.

“He vivido cosas muy duras. Me han macheteado, disparado, asesinado amigos. No lloro ante la gente, pero cuando estoy solo, sí. Hubo un tiempo en que estaba tan decaído que dejé que el cabello me creciera hasta acá”, y da media vuelta para señalar con el índice su espalda.

Judith va con prisa al trabajo. Advierte: “Prefiero mil veces ver a una persona como él, que a alguien que viva delinquiendo en la calle. Hay indigentes tan destruidos que, hasta en los hogares de paso dispuestos por la Alcaldía, les tienen que suministrar estupefacientes.”

El hombre ayuda a Judith a salir con facilidad del garaje. Ella baja su ventanilla y le da algunas monedas que tintinean en una mano cuarteada. El día empieza de diferente forma para cada quien. Ante la pregunta “¿usted es feliz?”, él resuelve con un instantáneo y automático: “No, nadie lo es viviendo así.” Pero el semblante le cambia con el segundo cuestionamiento. “¿Un deseo? Claro que sí. Quiero superarme.”

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