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jueves, 26 de junio de 2014

ESCAPAR DEL SILENCIO, Norma Segades-Manias


Luego de medio año de trabajo, todavía era la nueva.
Los había escuchado mascullar que no habría traslado hasta que todo se calmara un poco.
Desde entonces buscaba el momento oportuno.
Desatendió la cifra del número de hombres que cruzaron el vano de su puerta. Interminables días, interminables noches, interminables clientes, interminables llantos,interminables náuseas.
Al principio les era reservada a aquellos que gustaban de ejercer la violencia. Hasta que se dio cuenta de que el Rengo y su mujer ganaban mucho más cuando ofrecía esa animosa resistencia que terminaba con hematomas y sometimientos.
Pero ella no iba a darse por vencida.
No lo hizo cuando el padre las dejó llevándose los muebles y el dinero para vivir en casa de la Chola, apenas a cien metros de la suya.
Ni cuando lo veía llevando de la mano a sus hijas pequeñas, siempre lavadas, siempre peinadas, siempre rubias, siempre sonrientes.
Ni siquiera aquella madrugada en que sintió los labios del padrastro –antes que lo apresaran por el robo del kiosco- mamando sus pezones, introduciendo un dedo en su vagina para rozar, paciente, ese botón de carne que expandía las alas del asombro.
Meditó largamente sobre las herramientas de las que disponía para escapar de allí.
De ese lugar cerrado. Sin ventanas. Sin comunicación alguna con lo externo. Sólo les era dado un mendrugo de tiempo para estar con las otras y comprobar, acaso, cuánto en común tenían sus historias.
Para sentirse rotas, corrompidas. Para sentirse derrotadas,
Porque la policía estaba involucrada.
No tomaba denuncias de desapariciones hasta que los captores se encontraran sobradamente lejos.
Dos días les bastaban.
Sólo cerrar los ojos, mirar para otro lado.
Quizás, en realidad, no había salida.
Por eso, por la noche, cuando llegó el gordito, lo miró con un poco de ternura.
Se acercó seductora, lo desnudó despacio, recorrió con los labios su piel llena de sebo, mordisqueando los pliegues del abdomen hasta llegar a la ingle.
Nada olía a jazmines, pero no le importaba.
El hombre, estremecido, se arqueó sobre el camastro, sollozando, jadeando. Comenzando a sentir los ásperos delirios del espasmo.
Entonces, sinuosa y solapada, se acercó a su mejilla. Balbuceó juramentos al borde de la oreja, apresó cada lóbulo con sus dientes pequeños, introdujo la lengua en la cueva sensible del oído y deslizó su mano a la entrepierna.
Era el tiempo preciso de sentarse en su pecho, de arrastrarse hacia abajo, de introducir el pene en su vagina y cabalgar el tiempo del retorno, el tiempo de la huida. De brincar, retozar, danzar acaso sobre el abdomen fofo, aguardando el instante señalado, la contracción final de los temblores.
Y al fin, cuando su cliente yacía en el reposo posterior al combate, lavó toda inmundicia por encima de la desvergonzada palangana puesta sobre la silla, se secó lentamente y hurgó entre los bolsillos del abrigo hasta encontrar el móvil.
Todavía agitada y sudorosa, lo tomó entre sus manos para marcar el número preciso.

NORMA SEGADES-MANIAS

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