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martes, 24 de junio de 2014

Mastonardi: Obra Completa, Alejandro Bekes


(Mastronardi: Obra completa – Universidad Nacional del Litoral)

Trato de imaginar al lector más probable de los dos gruesos, casi intimidatorios volúmenes de laObra Completa de Carlos Mastronardi (dos imponentes tomos, el primero negro, el segundo blanco, ambos marcados con una enorme M en contraste, difuminada) y no puedo sino pensar en alguien que se me parece: en alguien que ha leído y lee a Mastronardi desde hace tanto tiempo que bien podría afirmar que lo ha leído toda la vida, y que espera seguir leyéndolo y releyéndolo. Este lector, en fin, no puede menos que sentir gratitud ante la presencia de esos tomos que le prometen toda la poesía y toda la prosa del entrerriano; que le prometen libros casi mitológicos y casi del todo inhallables antes, a no ser en librerías de viejo igualmente legendarias, en la angosta y oscura calle Talcahuano, o en la soleada e hispánica Avenida de Mayo, o en Suipacha, o en algún rincón de Parque Centenario… Libros como las Memorias de un provincianoValéry o la infinitud del métodoFormas de la realidad nacional. Y también novedades de aspecto apetitoso, como la colección de fragmentos que el poeta, según leemos en la introducción general, había archivado bajo la letra B. (de Borges), o como los muchos artículos y reseñas que Mastronardi fue publicando a lo largo de su vida de periodista, o incluso algunos (breves y no demasiado significativos, es cierto) pasajes de sus famosos Cuadernos de vivir y de pensar, que no habían entrado en la edición de la Academia. Es decir que ante estos tomos ese lector espera lo que obviamente se puede esperar de una Obra completa: que lo sea.
Algo levemente distinto sucede cuando ese lector abre el primer volumen y se asoma a sus páginas. Trataré de resumir los episodios de su aventura sin ser demasiado prolijo. Lo primero que encuentra (sección I) son “Unas palabras a Mastronardi”, en que Arnaldo Calveyra divaga cariñosamente, convoca recuerdos e intenta resucitar la dicotomía de fondo y forma, que los formalistas rusos y la estilística liquidaron hace casi un siglo. Sobre el final del texto, escribe, dirigiéndose imaginariamente al poeta: “Siempre me preguntaré por su actitud una vez llegado a presencia de la página en blanco”. Es una pregunta que quizá se haga todo aquel que quiera imaginar a un poeta como hombre que escribe, con la ingenuidad de la primera aproximación, mucho antes de que la eternidad lo haya transformado en sí mismo. La mejor respuesta a esa pregunta no es otra, por lo demás, que el poema logrado, pues las palabras y los silencios que lo componen son justamente el resultado de aquella actitud; y si el poema es de Mastronardi, podemos estar seguros de que aquello que leemos no es lo primero que manchó la página en blanco: pocos enemigos más declarados de la escritura espontánea que el autor de “Lirismo y facilidad”, donde entre otras cosas se lee (T. 2, p. 180) [1] : “Nos atrevemos a interrogar de este modo a nuestros poetas espasmódicos: ¿Cómo admirar la aventura sin riesgo, el prodigio hecho costumbre, la hazaña indolora?” Y más todavía (p. 178): “Estimulado por la vanidad, ese poeta innumerable renuncia a toda labor y se limita a poner en juego sus presuntas, misteriosas riquezas. Con inmodestia ejemplar, admite que nació armado de todas las armas y desdeña los costosos hallazgos de la premeditación y del espíritu normativo. Su romanticismo apremiante le permite rendir a la Musa antes de haberla cortejado”. Se diría que no hace falta, pues, preguntarse por la actitud de Carlos Mastronardi ante la página en blanco: él mismo nos la explica en muchas de sus páginas críticas, como la citada, o como la “Nota analítica” en que describe la composición de “Luz de provincia” (T. 2, pp. 560 ss.).
Sigue a la página liminar de Calveyra unas “Notas a esta edición” (sección II), muy instructiva acerca de las arduas pesquisas y vicisitudes que demandó la empresa: arduas y aun no concluidas, porque, se explica allí, la Academia Argentina de Letras no respondió a los reiterados pedidos de las editoras para acceder a unos archivos del poeta, que, según declaración del propio presidente de la Academia, posee esa institución, donados por Jorge Calvetti (a quien Mastronardi había en principio designado albacea). De modo que esta edición se basaría en la obra ya publicada y en el “archivo Osman”, es decir, en los papeles que Eise Osman y su esposa tienen en custodia en Gualeguay. Ya veremos que parte de esta información no es exacta. Esta nota inicial, firmada por Claudia Rosa y Elizabeth Strada, expone además los criterios que han regido el trabajo; en general es muy clara, aunque a veces también innovadora: se dice allí que esta edición va acompañada de un aparato crítico, pero en realidad lo que se quiere decir es que va acompañada de “una visión de las lecturas que se realizan contemporáneamente a la obra del autor” (T. 1, p. 21); en efecto, cada tomo incluye un dossier de trabajos críticos sobre Mastronardi, pero esto no es lo que el diccionario entiende por “aparato crítico”. El aparato falta, en cambio, aunque al menos hay notas al final de cada sección que ilustran sobre la procedencia de los textos.
El que sigue en el orden del Tomo 1 es una “Introducción” debida a Claudia Rosa (sección III). Allí nos aguarda alguna leve sorpresa. El primer párrafo afirma que la obra de Mastronardi se está conociendo tardíamente, y esto por dos causas: la primera es “la escasa circulación de sus textos, en su mayoría realizados en ediciones de no fácil comercialización y sin distribución nacional…”; la segunda, “cierta resistencia a la lectura dada una textura y una sintaxis de sus textos complejas, que requieren una colaboración lenta y asidua por parte del lector, una disponibilidad y una complicidad empática que nos permita no sólo escuchar lo que el poeta tiene para decirnos sino también seguir los meandros de su compleja trama argumentativa” (T. 1, p. 29). Dos observaciones quiero hacer a estas palabras. La primera es que la colaboración y la empatía son necesarias para leer a cualquier autor que escriba literatura; el estilo de Mastronardi prosista es, en efecto, complejo, pleno de una ironía velada que hay que aprender a descubrir; pero su “trama argumentativa” no es más compleja que la de Borges o la de Martínez Estrada; es cierto que la prosa del autor no ha tenido hasta ahora la difusión que merece, pero no, a mi juicio, por su complejidad; además este escollo, si existe, puede atribuirse a los ensayos críticos, no a las Memorias de un provinciano ni a los Cuadernos. La segunda observación es de índole más general: y es que estas palabras sólo pueden referirse a la prosa (pues la poesía, obviamente, no tiene “una compleja trama argumentativa”); pero Mastronardi es Mastronardi sobre todo por su poesía, aunque su prosa sea interesantísima y ocupe la mayor parte de estos dos volúmenes. Basta imaginar qué lugar ocuparía esa prosa si Mastronardi no hubiera escrito antes su poesía. [2] Ahora bien, esa poesía no tuvo problemas de difusión, pese a que apareció también en ediciones de escasa circulación comercial; muy pronto ingresó en las antologías; su fama y su detenida lectura no se limitan a nuestro país. Hace catorce años, el poeta y editor español Alfonso Martínez Galilea, a quien yo acababa de conocer, me incitó (casi me obligó) a armar y prologar una pequeña antología poética de Mastronardi, que se publicó en Logroño y que tuvo buena acogida: una muestra de que esta poesía no está confinada al fresco abrazo de agua que casi aísla su provincia natal. En otro momento de esta introducción, Claudia Rosa refiere sus afanes por encontrar el misterioso (y tal vez apócrifo)Tratado de la pena, cuyo invisible rastro persiguió, dice, durante siete años, sin éxito. El resto del trabajo se ocupa, ahora sí, de la poesía del autor, y me parece en general agradable, aunque aquí y allá lo oscurezca un poco cierto desdén por el estilo, o ciertos “meandros” quizá inevitables, tratándose de una materia tan esquiva; a veces, sin embargo, esos meandros pueden parecer gratuitos; leemos, por ejemplo (p. 34): “Hay, en los textos mastronardianos, una forma de aceptación, de rechazo o de diálogo con el sujeto cartesiano, con el dueño del logos, con aquel que puede sostener un discurso unívoco, coherente…” etc. Si el lector no pasa de largo, quizá se pregunte si al fin Mastronardi acepta o rechaza a ese problemático sujeto cartesiano, o si dialoga con él. Lo peor de los sofismas es que tratar de refutarlos puede parecer igualmente sofístico.
La parte siguiente del Tomo 1 (sección IV, pp. 43-252) contiene la poesía (no toda la poesía) de Mastronardi, precedida de una introducción de Martín Prieto; pero pospongo mi comentario de toda esta sección para el final de la presente reseña, por motivos que luego podrá apreciar el lector.
La sección V, titulada “Memorias y cuadernos” (pp. 257-773), recoge las Memorias de un provinciano, según su edición original de 1967, a la que se agregan “algunos comentarios y pequeñas correcciones que el propio autor anotó” y sin las fotografías que la ilustraban; y losCuadernos, que la Academia Argentina de Letras había publicado en 1984 con el título deCuadernos de vivir y de pensar, pero que aparecen aquí completados, como ya hemos dicho, con algunos breves textos omitidos en aquella edición, y un cuaderno más, escrito en Gualeguay en los últimos meses de vida del poeta; todo lo cual hace un total de casi mil cuatrocientas anotaciones, muchas de ellas realmente estupendas. Esta sección viene precedida de un valioso ensayo de Sergio Delgado, titulado “La sombra de las cosas”, que en realidad va más allá de los textos que aparentemente prologa, para abordar en su conjunto la poética de Mastronardi, tal como se desprende de su obra en verso y de sus reflexiones sobre ella, dispersa en estas memorias y cuadernos. El ensayo apunta a desentrañar, sin violentarla, la ambigua construcción de un “yo” a la vez autoral y poético, cuyo artesano se mimetiza pudorosamente tras la magnífica obra cumplida: “La mitad de mi ser está en la sombra”, escribió Mastronardi y cita Delgado. Nos atrevemos a decir que los Cuadernos, quizá porque no fueron escritos con un fin de publicación determinado, encierran lo más atractivo del taller del poeta. No sólo hay allí reflexiones sobre la literatura o sobre el ambiente literario, sino argumentos de cuentos no escritos y a veces geniales; esbozos de poemas; fragmentos en verso que no llegaron luego a granar en poema concluido.
La sección VI de este primer tomo encierra dos partes, la primera titulada B. y la segunda explícitamente Borges. Se abre la sección con un estudio de María Teresa Gramuglio, titulado “El Borges de Mastronardi. Fragmentos de un autorretrato indirecto”, que se refiere exclusivamente aB. Sobre el texto titulado Borges no se ofrece aclaración alguna, salvo la ya dada en la nota editorial (sección II), de que este trabajo fue publicado por la Academia de Letras en 2007. Explica la ensayista que B. fue una pila de papeles manuscritos, entregados por el poeta a la señora Osman, que después Claudia Rosa revisó con suma paciencia, ordenó de la mejor manera que pudo y transcribió, numerándolos, para esta edición. Al leer estos textos y el estudio previo, parece quedar bastante clara la causa por la que su autor no se resolvió a hacer de ellos un libro y, en fin, publicarlos. El prosista Mastronardi debió reconocer su problemática cercanía con Borges. En esto no se diferenciaba mucho de tantos otros que le fueron coetáneos; pero precisamente a nuestro poeta le disgustaba no diferenciarse. Gramuglio muestra de qué modo su prosa adopta giros y palabras típicas de Borges, como si quisiera que su personalidad propia e inconfundible se recortara sobre esta superficial semejanza. Sabía, tal vez, que su esencial diferencia respecto del autor deFicciones sólo se percibe claramente en el verso.
Cierra el volumen un dossier integrado por seis trabajos sobre Mastronardi, de autores, épocas e importancia disímiles. Nombraré solamente los autores: Conrado Nalé Roxlo, Juan Carlos Ghiano, Ricardo H. Herrera, Miguel A. Federik, Jorge E. Martí y Saúl Yurkievich.
El Tomo 2 está constituido por la obra propiamente ensayística y crítica del poeta. Se abre con una segunda “Introducción” de Claudia Rosa. Luego tenemos la sección II, “Ensayos”, que incluyeValéry o la infinitud del método Formas de la realidad nacional, precedidos ambos por un lúcido ensayo de Adolfo Prieto, que se refiere exclusivamente al segundo texto; el lector se sorprende un poco (una vez más) de que este trabajo no se haya puesto delante de la obra a que se refiere: ubicado en este lugar, quien lee espera encontrar en él una referencia a la sección en su conjunto… Ocupan la sección III los Prólogos que Mastronardi escribió para diversos libros, casi todos de poesía; el más bello, el más sentido, es a mi juicio el que dedicó a José Pedroni: espíritu afín al suyo en cuanto a la sustancia vital rescatada (y recatada) en la poesía, aunque al mismo tiempo tan diverso si pensamos en la llaneza del santafesino y en la ironía del entrerriano. Ironía que deja aquí lugar franco al conmovido homenaje. “Las operaciones de su alma (escribe) parecen evidencias que resplandecen y suprimen la duda, tal como ocurre con los hechos de la naturaleza”.
La sección IV comprende las “Colaboraciones en revistas y otras publicaciones periódicas”; está precedida de un inteligente ensayo de María Teresa Gramuglio titulado “Las colaboraciones en Sur. Ironía y complicidad”. Se transcribe allí un pasaje de las Memorias de un provinciano, en que el propio Mastronardi revela su método de reseñar: el de los elogios aviesos, “cuyas frases están construidas de modo que unas cláusulas anulen a otras” y donde los encomios aparecen “atemperados por adjetivos ambiguos y puestos como al descuido” (T. 2, p. 265). Veamos un ejemplo de esta técnica; en una de las notas para Sur, Mastronardi trata de ser amable con un poeta amigo; en lugar de decir que la escritura de éste es improvisada y pobre, escribe, como al descuido: “Ajenos a todo procedimiento preparatorio, [estos poemas] no se franquean sino al lector que los completa o recompone con el socorro de su imaginación integradora” (T. 2, p. 391). Para Mastronardi, bien sabemos, los “procedimientos preparatorios” son esenciales; la ocurrencia repentina, un error; lo que en boca de otro crítico pudiera sonar a elogio, en su pluma es casi una condena; notemos además la malicia del verbo “recompone”, redoblada por el cercano “socorro”: como si la indigencia de esos textos no pudiera remediarse sin el auxilio de un alma benévola. Las ironías no se limitan, por otra parte, a los coterráneos y (por entonces) primerizos; leemos así, en la reseña de una antología de poetas franceses: “[...] Cabría decir que Poe, Whitman y la Biblia son las tres fuerzas cardinales que impulsan la moderna poesía francesa. Como es sabido, Claudel, Péguy, Patricio de la Tour du Pin y otros deístas que ennoblecen dicha literatura, fueron tocados por la Gracia que fluye perenne del Sagrado Libro. Por lo demás, en los profundos ritmos, en los magnos versículos y en el poderoso aliento pulmonar de Whitman se hallan implícitas las innovaciones técnicas que, con previsora sapiencia, introdujo la Divinidad” (T. 2, p. 324). Hojeo estas páginas y no me resigno a dejar de citar otra magistral ironía. Dice de otro volumen de reciente aparición (p. 394): “Más allá de los objetos mecánicos y mercables que no bien aparecen generan nuevas necesidades y cuya multiplicación acaba por suscitar guerras predatorias, el autor de estos poemas confía en los valores permanentes que toman su origen en el hombre, no en las cosas. [...] Sus versos, que hostigan y enfrentan reciamente al olvido, nos invitan a olvidar todas las formas de riqueza instrumental”. Es curioso que el poeta enfrente al olvido invitándonos a olvidar; pero la ambigüedad del predicado que sigue (que puede referirse a los objetos mecánicos y mercables, pero también, acaso, a la riqueza instrumental de las formas poéticas) no deja dudas sobre la intención del crítico.
A las notas para Sur siguen unos cuarenta artículos más, publicados en diversas revistas a lo largo de sesenta años (de 1927 a 1987). Las “Prosas varias” (sección V) incluyen entre otras cosas una importante “Nota analítica”, que describe el largo proceso de gestación del poema “Luz de provincia”. Viene después la “Correspondencia” (sección VI), que se limita a tres nombres: Calveyra, Martí y Osman; y los artículos editoriales del diario El mundo (sección VII), escritos entre 1958 y 1961. Cierran el volumen, además de un nuevo dossier que incluye los nombres de F. L. Bernárdez, Borges, César Tiempo, Emma Barrandéguy, Héctor Izaguirre, Eise Osman y Elsa Serur de Osman, una cronología y una bibliografía. Una bibliografía notoriamente incompleta: baste decir que no se registran allí los varios y decisivos ensayos que Ricardo Herrera dedicó a Mastronardi, pese a que uno de ellos (“Método e identidad”) está incluido en el dossier del Tomo 1.
Pasemos ahora, finalmente, a lo que considero el defecto central de esta ambiciosa y a todas luces necesaria empresa, la de editar la obra de uno de los más notables poetas argentinos del siglo pasado. Me refiero a la sección IV del Tomo 1, dedicada a su poesía. Si la perduración de Mastronardi se debe principalmente al valor de su lírica, el cuidado de esta sección tiene particular relevancia. Deseo examinar ante todo la nota crítica de Martín Prieto que la precede y que parece querer disminuirla o desdibujarla, pese al título (“Una lección permanente”), que prometía otra cosa. Al comenzar la lectura de esta nota, el lector piensa que ésta se propone hablar de la recepción de la poesía de Mastronardi y de su lugar en la historia de la poesía argentina; pero más bien se propone hablar de la recepción y del lugar en la historia de la poesía de Juan L. Ortiz; esto es a tal punto visible que, si hubiese aquí lugar para bromas, podría pensarse que Prieto se equivocó de Obra completa. El nombre del autor de El álamo y el viento aparece, en efecto, dieciséis veces, en las apenas ocho páginas que el ensayista consagra a (destituir) la obra de Mastronardi. Pero vayamos por partes. En el inicio, apunta Prieto que el primer libro del poeta, ceñido a temas y formas tradicionales, no daba con las notas de la vanguardia martinfierrista: vanguardia que, dice, “sobre todo por el prestigio adquirido posteriormente por buena parte de sus actores [...], fue el capítulo principal de la historia de la poesía argentina del siglo XX” (T. 1, p. 44). Omite decir Prieto que ese prestigio ulterior coincidió, para varios de esos actores, con un retorno a formas tradicionales, lo que es bien visible sobre todo en Borges y en Marechal, dos de sus figuras próceres; y que, en todo caso, muy poco de la producción inicial de esa vanguardia resulta hoy importante o siquiera legible. Por tanto, si de verdad faltara del todo en la poesía juvenil de Mastronardi la nota vanguardista, habría que considerarlo un anticipado, pues hizo antes lo que los otros harían después. Pero no es cierto. En un verso como
 
La mañana mansita entró en mi pieza,
 
el uso del adjetivo coloquial muestra a las claras que había en el joven entrerriano ese “desenfado y empuje” que González Tuñón (y Prieto con él) pretenden negarle; tampoco es verdad que, como dice Prieto, le faltasen metáforas novedosas al autor de Tierra amanecida:

Un rotoso muñeco es el ayer.
Y están los viejos días colgando de mi voz.

Debo explicar que, en este artículo, Prieto acostumbra sostener una afirmación discutible con meras citas de autoridad. Así, por ejemplo, afirma que Mastronardi es un simbolista, basado en pasajes de dos entrevistas: una a Borges, donde éste dice, no sin alguna sombra de ironía, que Mastronardi al escribir el verso Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre quiso nombrar, sin nombrarla, a Entre Ríos: hecho tan evidente que no hacía falta (como dice Shakespeare) que saliera un fantasma de la tumba para revelárnoslo. La otra entrevista es a Mallarmé, quien dijo que nombrar una cosa es suprimir “las tres cuartas partes del disfrute del poema”. Más allá de esa calculada fracción de disfrute, resulta claro que el simbolismo es bastante más que eso; yo no pretendo negar la filiación simbolista de la poesía que examinamos (Ricardo Herrera la ha defendido con buenos argumentos): discuto que la prueba sea la omisión del nombre de Entre Ríos en este espléndido verso, o su innecesaria elucidación.
Prieto parece complacerse en la descalificación del poeta que prologa. Dice, verbigracia: “Esa es la nota que le propinó a Mastronardi, otra vez, Raúl González Tuñón cuando le recordó que «al elaborar tan minuciosa y cuidadosamente el verso, puede decirse que corre el riesgo de convertirlo en un producto químico»”. No creo que haya motivos válidos para aplaudir una malignidad tan aviesa y tan falsa. Quien haya leído un poco a Mastronardi, sabe que está aun más lejos de la química que González Tuñón, y que la cuidadosa elaboración del poema no es, en él, enemiga de la emoción, sino su mejor aliada. Prieto prosigue: habla ahora de los poetas del cuarenta, generación que vio en Mastronardi a uno de sus maestros. Esto lo lleva a mencionar e incluso a citar extensamente a tres poetas rosarinos de entonces, que a juzgar por las citas nada tienen que ver con Carlos Mastronardi ni con su estética. A partir de aquí (p. 48) Prieto renuncia casi del todo a su tema central y se dedica a hablar de Juan L. Ortiz. Sólo vuelve a Mastronardi al final, cuando parece admirarse de que algunos poetas actuales, que han practicado siempre el verso libre, ahora estén pensando un poco en los acentos y en las rimas, con lo que “el viejo Mastronardi” estaría de nuevo “presto a dar su lección”… Reducir la lección de este gran poeta a la métrica es simplemente absurdo. Pero Prieto también finge ignorar que, a lo largo de los muchos años transcurridos desde el último libro de poesía de Mastronardi publicado en vida de éste (la Antología de 1966), siempre ha habido, y hay, poetas que escriben, como él, a partir de la tradición poética de la lengua, no en hostilidad con ella. Bastaría nombrar, sin ir más lejos, al propio Borges, que continuó escribiendo su poesía hasta 1985; pero pienso también (sin pretender ser exhaustivo ni mucho menos) en Juan Rodolfo Wilcock, Olga Orozco, Jacobo Fijman, Daniel Devoto, Francisco Madariaga, Luis Alberto Ruiz, Alfonso Sola González, Horacio Armani, Hugo Padeletti, Antonio Requeni, Juan José Hernández, Dora Hoffmann, Horacio Castillo, Alejandro Nicotra, Marta Zamarripa, Javier Adúriz, Bernardo Schiavetta, Rafael Oteriño, Rodolfo Godino, Ricardo Herrera, Pablo Anadón, Carlos Schilling, Ezequiel Zaidenwerg, Alejandro Crotto… Para todos ellos, me atrevo a afirmar, Mastronardi ha sido y es un poeta importante y leído. No creo tampoco, como Prieto, que la literatura sea una carrera de generaciones que se “relevan” unas a otras. Ni Mastronardi ni Pedroni ni Nalé Roxlo pueden ser “relevados”. Por nadie. Un poema tiene muchas vidas, y los cambios de gusto (siempre circunstanciales, casi siempre efímeros) no pueden matar la auténtica poesía, que vuelve a renacer, no sólo en las antologías y reseñas, sino en la emoción agradecida de sus lectores. El territorio de la literatura, por otra parte, es lo bastante grande para que todos convivamos en él: justamente por eso, no entiendo con qué fin esta nota de Prieto, que podría muy bien encabezar un volumen titulado Contra Mastronardi (libro posible, que nadie le impediría escribir o compilar) ha sido puesta delante de la poesía (casi) completa del maestro. Al jardín del poeta le han colgado delante un espantapájaros.
Aquel lector entusiasta de esta Obra completa que describí al comienzo, un poco desalentado pero aún lleno de esperanzas, deja atrás el pantano y se adentra ahora en el viviente jardín. Allí descubre, con desagradable sorpresa (con estupor, mejor dicho), que no está aquí incluida toda la poesía de Mastronardi. (Tampoco estaba toda en la Poesía completa que había editado la Academia Argentina de Letras en 1982). Es verdad que las editoras rescatan (y el lector agradece) un buen número de textos inéditos, alguno sorprendente, como “La libreta de bolsillo”, que parece el casi inmediato borrador de un poema no terminado. Pero faltan seis poemas. Seis poemas publicados en vida del autor. Aparecieron, en efecto, en la Antología de Carlos Mastronardi que preparó y prologó Jorge Calvetti para la Editorial de la Universidad de Buenos Aires, en 1966. Más que eso: el propio Mastronardi alude a ellos en una nota que figura en esta misma Obra completa, bajo el título “Escrito para audición radial” (Tomo 2, p. 582), lo que aleja toda duda sobre su autenticidad, si pudiera haberla. Son los siguientes: “Los reinos graduales”, “Triste soberanía”, “Contra la mudanza que traen los años”, “Tentativa sin límite”, “Las fechas deslumbrantes” y “Petición de penumbra”. Por si hiciera falta, quiero citar los versos iniciales del último:

Quiso el alma escondida alzar murallaspara ser una patria imperceptible…
 
Y el terceto final de “Triste soberanía”:
 
Solo recuerdo y paz, nada te asombra:gastaste un hombre para verlo en sueñosy has creado libertad para una sombra.
 
Juzgue el lector si pudo trazar estos versos otra mano que la que compuso “Tema de la noche y el hombre” o “El forastero”. Por otra parte, en caso de que por algún motivo los editores hubieran decidido omitirlos, era un deber mínimo explicar esta falta, sobre todo considerando la relativa exigüidad de la obra en verso del poeta y, además, el hecho de que algunas de estas piezas son realmente singulares y de excelente factura. Citemos, dada la importancia del tema, las palabras del propio Mastronardi, en el incipit de la citada nota autocrítica: “Entre los poemas inéditos que corresponden a distintas etapas de mi vida y que congregó el escritor Jorge Calvetti en la ya mencionada Antología de Eudeba, se cuentan el soneto ‘Exhumaciones’ y ‘La medalla’, pieza compuesta en verso libre donde se advierte algún eco de Whitman. [3] Asimismo, en las páginas finales de esa selección se alistan dos composiciones que responden a las leyes métricas tradicionales pero cuyo contenido tiene cierto aire superrealista. Trabajos presididos por una amena voluntad de juego, el verso regular atempera el capricho originario”. Esas dos piezas son, sin duda, “Contra la mudanza que traen los años” y “Tentativa sin límite”. Dice el cuarteto inicial de la segunda:

Soy la nocturna y honda tribu armadaque al arrimo del nácar se disuelve,cuando es dura batalla tu miraday un lirio ilustra al que brumoso vuelve.

De la poesía inédita rescatada en esta edición, salvo la nombrada “Libreta de bolsillo” y algún otro esbozo prometedor pero abandonado, se deduce a mi entender que lo esencial de la poesía de Mastronardi estaba en lo ya publicado (juntando la incompleta Poesía completa de la Academia de Letras y la Antología de Eudeba). Tampoco las traducciones (cinco de Rilke y las demás de poetas brasileños) pueden despertar, creo, excesiva admiración. En la introducción general declaran las editoras (como mucho antes lo había hecho Ghiano en la edición de la Academia) que nunca se encontraron las versiones de Mallarmé en que Mastronardi, según declaración propia, había trabajado durante años.
¿Un balance final? No puedo menos que intentarlo. La aparición de esta Obra completa es sin duda auspiciosa; no sólo para los lectores asiduos y para los estudiosos de Mastronardi, sino como rescate de un patrimonio literario que estaba disperso o era simplemente inhallable. Es imposible (y no sería noble) disminuir el esfuerzo que sin duda ha costado. Sólo deploro que haya descuidos como los señalados y, acaso, que no se haya convocado para la tarea a otros lectores realmente afines al poeta. Así el destino de Mastronardi sigue parcialmente incumplido, pese al tamaño de esta incompleta Obra completa. “El provinciano universal”, lo llamó Nalé Roxlo; la juntura es veraz; por universal, interesa a todos los públicos y, me animo a decir, vivirá siempre; como provinciano, sigue sufriendo el ostracismo que tal adjetivo implica. Si no la mitad, al menos una parte de su ser poético sigue en la sombra. 
Alejandro Bekes
 
Notas al pie    (>> volver al texto)
  1. Todas las citas que correspondan a esta misma edición se indican por el tomo (T.) y la página.>>
  2. María Teresa Gramuglio, por otra parte, sostiene en este mismo libro (T. 2, p. 263): “Mastronardi fue, es, esencialmente un poeta”.>>
  3. Aclaro que estas composiciones sí están entre los “Poemas editados en revistas y otras publicaciones”, de esta Obra completa.>>

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