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lunes, 2 de junio de 2014

EL NOMBRE DE LAS PIEDRAS: MEMORIA Y DIVERSIDAD, Esther Andradi

El nombre de las piedras: memoria y diversidad

Esther Andradi

I
am Tom, dice. Ha venido de Inglaterra con la mayor parte de la familia, gente joven. Pero él ya está viejo, le cuelgan los pantalones sobre sus piernas delgadas. Su nariz enrojece; sus ojos, detrás de gruesos cristales, esconden alguna lágrima. Una gorra le cubre la cabeza. Parece un primo de Woody Allen, pero es un berlinés. Nació en el edificio de esta esquina, destruido por los bombardeos durante la guerra como casi todas las viviendas de este barrio de Berlín, y en su lugar se construyeron departamentos sencillos durante la postguerra. Aquí vivían el físico Albert Einstein y también la editora Lisa Matthias, por quien Tucholsky perdió la cabeza, y la poeta Else Lasker Schuler y la cantante Claire Waldorf. Todos ellos, como tantos otros, se vieron obligados a emigrar en 1933, cuando Hitler fue ungido canciller. Los que no se fueron a tiempo fueron asesinados. Hace ochenta años.
La familia de Tom y algunos vecinos nos hemos reunido en la esquina donde se van a colocar las placas de metal que recuerdan a los Meyer, arrancados de sus viviendas y asesinados en Auschwitz. Stolpersteine se denominan en alemán: piedras para tropezar, piedras para recordar. En cada pieza, de diez centímetros por lado, se graba el nombre de la persona, la fecha de nacimiento, el día de la deportación, el lugar del asesinato. Colocarlas es casi tan arduo como el ejercicio de la memoria. Se quitan algunos pocos adoquines de la vereda, se hace un colchón de cemento y luego se incrustan las placas. Se adhieren al piso como huellas que se resisten a borrarse. Hay lugares donde se siente el temblor de tantos pasos perdidos. Cinco acá. Ocho allá. Tres más adelante. ¿Cómo hicieron para no verlos? ¿Cómo, para no darse cuenta?
Es triste lo que les voy a contar, dice Tom, pero es la historia. Aunque tampoco es tan triste, porque aquí no ha muerto nadie. Sólo se muere alguien cuando ya no se le nombra. Y ahora nombramos a mi abuela, a mis tíos, a mi primo. Son los Meyer. Hoy aprendí la palabra “primo” en alemán, dice Tom. Mi padre nos educó en el idioma inglés. Somos ingleses, nos dijo. Pero, Tom insiste, somos multinacionales, multiculturales. Y repite. Sólo se muere alguien cuando se le olvida. Nuestra familia estuvo largo tiempo dispersa. Ahora estamos otra vez todos juntos. En Berlín, en Inglaterra, en el mundo.
Le alcanzan una rosa, él la coloca sobre la piedra. Con todo mi amor y mi recuerdo, dice. En alemán. Y se le quiebra la voz. Me estalla un dolor en la garganta. ¿Dónde quedó la familia de mi abuelo? ¿Dónde sus hermanos? ¿Dónde los que naufragan? Gracias al mar, que no se tragó a mi abuelo.
Cada baldosa, cada piedra, cada casa, todo puede recordar lo que ya no está, lo que alguna vez fue, lo que ha sido. “Cualquier piedra que levantes, desnudas, renuevan el entramado desde hoy”, escribe Paul Celan. En 1933 vivían en Berlín unos 170 mil judíos alemanes. Al principio de 1940 quedaban apenas ochenta mil. En 1941 comenzaron las deportaciones. En 1943 sólo eran 27 mil 500; en abril, 18 mil 300; en junio, 6 mil 800.
Puesto que miles es una cifra vaga pero que encierra nombres y destinos únicos, hace más de una década el artista plástico Gunter Demnig decidió instalar en una vereda de Berlín las primeras Stolpersteine con el nombre y apellido y la edad y el día de la deportación de cincuenta personas. Fue en mayo de 1996, en una iniciativa organizada por la NGBK, la Nueva Sociedad de Artistas Visuales Berlineses.
Desde entonces la acción se volvió colectiva. Ya son miles las piedras que tienen nombre en setecientos lugares de toda Europa. Instituciones, familiares de los desaparecidos, vecinos de los edificios, se ocupan de indagar el destino de cada uno de los ciudadanos deportados y asesinados en los campos de concentración. Una vez que se conoce la historia de cada uno de los habitantes desaparecidos del edificio, se graban las piedras y se instalan en las veredas.

II
Mi abuelo llegó a Buenos Aires en un barco. Se embarcó en Trípoli como polizón, escondido en la bodega con otros refugiados como él, para arribar a Marsella, donde logró blanquear a medias su situación. Venía de Siria, a principios del sigloXX, cuando esos territorios estaban ocupados por el imperio otomano. Mi abuelo no tenía pasaporte. Su nombre fue cambiando según el capricho, el idioma o la ortografía de los empleados de migración de los puertos donde anclaba.
No sé nada de él. No hay un registro de su llegada al país, no estuvo en el Hotel de Inmigrantes como yo creía, no tuve edad para preguntarle cuando lo conocí. Pero me acuerdo que aspiraba a perpetuar su apellido. Todo –o casi todo– salió al revés.
El apellido que me legó mi abuelo es el itinerario de su migración.

III
No fue fácil indagar la historia de quienes nos precedieron en esta casa de Berlín donde vivo. Porque los inquilinos y propietarios judeoalemanes de este edificio –como de otros también– no fueron arrastrados de un día para otro a los campos de concentración. Las familias eran trasladadas a un lugar “de tránsito”, donde se decidía su destino, “catalogados” según sus características: los ancianos, los enfermos, los discapacitados, los niños, los jóvenes y los adultos con aptitud para trabajar.
Durante la guerra, el edificio fue alcanzado por una bomba incendiaria que destruyó gran parte de los techos y provocó el derrumbe de los muros. El ascensor quedó intacto. Y como los cimientos eran suficientemente sólidos, lo reconstruyeron.
La señora Hertel, que vive en la planta baja desde principios de los años setenta, se encargó de la investigación. Puso anuncios en el periódico, en la web y en el museo del distrito. Buscó incansablemente en los catastros de la municipalidad. Y al cabo de dos años dio con los nombres de quienes no habían podido escapar de la telaraña nazi. En el legajo figuraba Abreise. Partida. Era el eufemismo para ocultar el transporte definitivo. La solución final.

IV
Estaba soleado el día que pusieron las placas en la vereda de esta casa donde vivo.

V
En el edificio vive una familia coreana. Llegaron después de la guerra, los hijos nacieron en Berlín, pero sus rasgos siguen siendo orientales. De dónde vienes, cuánto tiempo hace que estás aquí, cuándo te regresas, son las preguntas de rigor para los extranjeros o los que portan rostros diferentes. Cuando, en los años sesenta, y dada la escasez de mano de obra, Alemania invitó a trabajadores de diversos países, se pensó que más temprano que tarde regresarían a sus lugares de origen. Pero la mayoría no volvió. Bien porque no pudieron hacerlo, o porque ya no lo deseaban, o porque trajeron a su familia y los hijos se asimilaron. Hoy, cuarenta por ciento de los jóvenes menores de veinte años que viven en esta ciudad tiene un progenitor oriundo de otro país, o ambos padres. O él mismo ha nacido en otro país. La diversidad que un día fue destrozada está otra vez aquí.

VI
La diversidad destrozada. Así se llama la exposición permanente que circuló por todo Berlín durante 2013. Cada barrio, cada plaza, cada vereda, evocaba los ochenta años de la entronización del nazismo en este país –el 18 de enero de 1933. En el Museo Histórico y en cada lugar estratégico se instalaron columnas con historias de vidas truncadas por el exilio o el asesinato, para evidenciar la destrucción de la diversidad durante los años del nazismo.
Esa diversidad que ahora ha vuelto a poblar las calles de Berlín. La diversidad, que significa libertad.


VII
La colocación de cada placa es un arte. Hay que afirmarlas muy especialmente, para que nadie venga por la noche a arrancarlas, como ya han hecho en algunos lugares. O a profanarlas. El procedimiento toma su tiempo. Los vecinos hemos sido citados a las 11 de la mañana y estamos todos. Los del primer piso y los del segundo, los del tercero, los del cuarto.

VIII
Mis padres están de vacaciones en Corea pero yo, aunque ya no vivo aquí, no quise dejar de venir. Esta casa es mi infancia y mi juventud. Y esta es mi ciudad. Aunque muchos creen que soy chino. O coreano. O japonés. Pero soy berlinés. Eso dice el joven que ha venido en representación de su familia. Y aquí estoy yo, viendo a mi abuelo que huye del Medio Oriente antes de que su país se convirtiera en la lengua de fuego que se traga a sus padres. Y a mis abuelos que vinieron de Italia arrasados por hambrunas. Tantas sangres confluyen en este momento en la vereda, mientras el artesano afirma meticulosamente las placas.

IX
Entonces habla la señora Hertel. Cuenta de su peregrinaje por un sitio y otro hasta encontrar respuesta a sus preguntas. Quienes vivían aquí eran personas con nombre y apellido. Una vida de la que poco o nada sabemos. Poseían frazadas y abrigos que debieron entregar, aunque era invierno. Son cinco. Pero no son un número. Son personas con una vida, una familia, sueños, una historia truncada. Ida Julie Auerbach, que ya era una anciana, y sus hijos adultos Alfred y Hans. Sigfried Meyer, del que poco o nada se sabe. Y la más joven del grupo, Ida Hellmann, de treinta y un años. Antes del Abreise debían declarar sus pertenencias. Ida Hellmann declaró: “Nada”. Ya nada poseía. Ni siquiera una manta. La historia de estas personas está en el legajo que guardaron los asesinos. Los administradores del régimen registraron con meticulosidad el despojo.
Nombrar a las personas, contar la vida, fue un momento único. No exagero si digo que las lágrimas llegaron a nublar la mirada del vecindario. Aunque hayan pasado ochenta años.

X
Todos los días llegan a Berlín refugiados que huyen de la guerra civil de Siria. Familias enteras, niños, mujeres. O los africanos que ya no tienen lugar en Lampedusa. Los distritos disponen escuelas y centros deportivos como alojamientos temporarios; las iglesias y grupos ciudadanos organizan cadenas de solidaridad. Pero también hay fanáticos neonazis que realizan violentas manifestaciones para amedrentar a la población de los barrios donde residen los refugiados.
La libertad, como la diversidad, es un bien precario. Ser libre es como ser feliz. No hay tiempo para dormirse en los laureles. La diversidad destruida en 1933 retornó, pero hay que defenderla todos los días.
Como las piedras de la memoria, que hay que pulir una vez por semana para evitar que el metal se deteriore.

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