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viernes, 13 de junio de 2014

ESPAÑA: EL FIN DE LA TRAGEDIA, Ricardo Menéndez Salmón *

España: El fin de la tragedia

España celebró su primer campeonato mundial en Sudáfrica 2010

Especial Mundial: Metáforas del fútbol

Ricardo Menéndez Salmón escribe sobre la selección española de fútbol que hasta 2010, cuando fue campeona del mundo, no habia sido muy afortunada "España es hoy importante no porque lo diga una prensa fanfarrona, que en nuestro país ha sido siempre otro de los rostros del aparato de Estado, sino porque la Selección juega, desde hace años, el mejor fútbol del planeta".

Por: Ricardo Menéndez Salmón*

Publicado el: 2014-05-22

Desde niño recuerdo a España como un equipo de fútbol trágico. Su peripecia, marcada por el sufrimiento, dibujaba un arco que pasaba siempre por el trance del deus ex machina o el derrumbe a las puertas de la gloria. No existía término medio en aquel trayecto: si se ganaba, era como una representación homérica; si se perdía, hasta las meigas de la mitología atlántica se condolían. Imposible olvidar el gol de Maceda a Alemania en la Eurocopa del 84, la inspiración de Butragueño en su noche mágica de Querétaro, el 12-1 endosado a Malta en la Navidad de 1983: triunfos erigidos sobre la agonía, el estado de gracia y el exceso, respectivamente; imposible de igual modo olvidar la pifia de Cardeñosa en Argentina en el 78, el penalti marrado por Eloy en el Mundial de México tras un memorable partido contra Bélgica o la eliminación en Estados Unidos en el 94, jugando con uno más contra Italia, némesis personificada en Baggio y Tassoti.
España, que hizo grande al fútbol con sus triunfos imposibles y lo descubrió cruel con sus improbables derrotas, encarnó en mi ánimo la razón que distingue a este deporte del resto de juegos: su parecido con la vida. En cualquier deporte de grupo gana siempre el mejor equipo. No se puede jugar peor que el rival un partido de baloncesto, balonmano o rugby y pretender ganarlo; obviamente, en los deportes individuales, desde el tenis al atletismo, pasando por la natación, el ciclismo o la gimnasia, esta consideración deviene tautológica. Sin embargo, el fútbol es único en ese sentido, pues como en la vida no siempre ganan los mejores, los más inteligentes, ni siquiera los más honestos. En fútbol es posible que triunfen los mezquinos, los tramposos, los innobles.
Si se echa la vista atrás, parece increíble que el equipo construido en torno a la llamada Quinta del Buitre no lograra un título importante. Aquel equipo, que nacido en el Real Madrid hallaba su prolongación en la Selección, y que fue la alquimia previa de lo que años más tarde Cruyff destiló en casa del rival por antonomasia con el denominado Dream Team, sufrió en sus propias carnes ese aciago destino que hizo de España, con un balón en los pies, la perfecta sinécdoque de la existencia. Solo el recientemente fallecido Luis Aragonés, autor de la sentencia más preclara a propósito del arte de competir que recuerdo haber escuchado (“Las finales no se juegan: se ganan”), logró que el fútbol español abandonara la tragedia, género popular por antonomasia, para instalarse en el documental de costumbres o en el ámbito de la divulgación científica, géneros minoritarios aunque consoladores. No más porteros excepcionales dejándose colar un gol de alevines, no más goles fantasma con miopes árbitros australianos como jueces, no más obras de arte a la basura por culpa de un error cometido desde los once metros.
Hasta la feliz noche del 29 de junio del 2008, el fútbol vivía la dictadura de unos rácanos condecorados. Bastaba pensar en la Grecia campeona de Europa en el 2004 y en la Italia campeona del mundo en el 2006: en ambos casos, el triunfo de la nada. Sin embargo, como cierto periodista de La Repubblica escribió tras el España-Alemania del Ernst Happel, partido con el que la Selección iniciaría el ciclo más inolvidable de su historia y, por extensión, de la historia del fútbol moderno, la sensación que produjo España en aquel torneo fue la de un grupo de niños jugando bajo la lluvia, seguidos de cerca por la mirada de su abuelo. (A veces la poesía se esconde en el rincón más inesperado). Desde esa óptica, el gol de Torres a Alemania fue tan decisivo como un cambio de sistema político, y a mí me ayudó a reconsiderar ciertos mitos que, como sugiero, me habían abrigado desde la infancia. Hasta ese gol, el fútbol español asumía el rostro de cierto derrotismo autosatisfecho. Todo colectivo necesita sus arquetipos, así que, del mismo modo que Brasil personificaba la Alegría y Alemania la Competencia, España, durante décadas, había sido la más fidedigna personificación de la Fatalidad. Para compensar esta instancia devoradora, nuestro imaginario había desarrollado otros mitos más o menos estables, suerte de antídotos que permitían, si no derrotar al coco implacable de la mala suerte, al menos oponerle un orgullo imbatible. De todas estas construcciones mentales, la más intensa, patética y peligrosa era la de la Furia.
El gol de Torres en Viena enterró a la maldita Fatalidad y nos desnudó de la vergonzante Furia. A partir de ese día, España viste dos trajes mucho más amables: el Respeto que propicia ser un equipo campéon y la Belleza de un fútbol de alta escuela. El refrendo superlativo tras el Mundial de Sudáfrica y la conquista consecutiva de una segunda Eurocopa asentaron la estatura de dicho imaginario. El gol de Iniesta a Holanda ratificó la senda inaugurada por el fútbol español; la paliza a Italia, ese 4-0 que descansa para siempre en el Olimpo de cualquier historia del deporte, lacró la leyenda de una generación irrepetible. Olvidadas las tropelías del azar, la ceguera que un dios arbitrario había infligido a nuestros atletas, y aceptando que no es necesario recolocarse la clavícula in situ para demostrar que los españoles estamos hechos de otra pasta, bastaba aceptar que, nueve de cada diez veces, el balón celebra a quien lo mima.
España es hoy importante no porque lo diga una prensa fanfarrona, que en nuestro país ha sido siempre otro de los rostros del aparato de Estado, sino porque la Selección juega, desde hace años, el mejor fútbol del planeta. Sus obras están ahí, al alcance de quien las desee ver. Enterrada como colectivo trágico, que se movía entre el éxtasis y el desastre, ha sabido reinventarse como una máquina eficaz y, por añadidura, elegante. El niño que creció convencido de que perder era una cuestión de método se ha convertido en un adulto agradecido al comprender que ganar es, sobre todo, una cuestión de estilo.

* Escritor español.

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