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lunes, 9 de junio de 2014

VIVEZA CRIOLLA: URUGUAY, Horacio Cavallo *


Uruguay: Viveza criolla

La mano de Suárez ante Ghana en Sudáfrica 2010

Especial Mundial: Metáforas del fútbol

El escritor Horacio Cavallo escribe este evodacor relato sobre su experiencia con la selección uruguaya de fútbol. "el momento más alto de la Selección uruguaya que acompañé fue en Sudáfrica, contra Ghana. Un partido peleado que bien le habría costado la derrota a nuestro equipo si no existiera eso que por acá siempre se llamó la viveza criolla..."

Por: Horacio Cavallo*

Publicado el: 2014-05-22

En Uruguay, como en el resto de los países sudamericanos, basta una tapita de refresco, una pelota de papel o incluso una botella de plástico para que al menos dos niños improvisen un partido de fútbol en el patio de una escuela, en la vereda, en una plaza. Esa fascinación, que es llevada a cabo con lo mínimo indispensable –algo que patear– atraviesa varias generaciones. Si bien hoy los juegos de fútbol en las consolas y la interminable oferta a la que invitan los canales de cable mostrando una amplísima gama de partidos en diferentes rincones del mundo, han sacado a muchos de esos niños y muchachos de la calle, se mantiene ese afán de mover piernas y brazos, de dar alaridos, de pedirla, de intentar meterla entre la línea imaginaria que forman dos piedras.
Hace veinte o treinta años cualquier excusa era buena para salir a la calle con una pelota sencilla de cueros pegados. Nuestros padres sabían que no había peor penitencia que prohibirnos salir a jugar. Cuando a través de la ventana o en los gritos lejanos uno adivinaba los pases, las moñas de los pibes de la barra, hundía la cabeza dentro de la almohada con toda la rabia del mundo. También esos vecinos amargos que se negaban a que cada tanto la pelota diera en las paredes de sus casas, como un arrítmico corazón que confabulaba contra la siesta, lo sabían. Entendían que detrás de nuestros ojos brillantes, la mugre de nuestras piernas y el ojo atento para evitar los coches, estaba naciendo una pasión que culturalmente nos hermanaba. Esos vecinos –doy fe– más de una vez rompieron la pelota que caía en sus techos enterrándole un cuchillo y devolviéndola a la calle como una masa sin forma. Supimos de la tristeza y de la impotencia viendo aquél amasijo de goma y cuero. Algunos de esos niños practicaba fútbol en alguno de los clubes del barrio, otros seguían con sus padres o tíos el rumbo del campeonato uruguayo, y otros más solo jugaban en las esquinas cada tanto, sintiéndose un poco pataduras, pero confiados en aquella popular cancioncita que decía: “Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”. Unos querían ser como el delantero de Nacional, otros como el arquero de Peñarol, como el mediocampista de Cerro, o el zaguero de Defensor. Tarde o temprano, ante partidos internacionales y frente a la inminencia de un nuevo Mundial, nos unía a todos el celeste en el pecho y el negro en los pantalones. No había entonces algo que tuviera la fuerza con la que se nos aparecía en los sueños un jugador mundialista. Y si Uruguay quedaba fuera de la competencia demasiado rápido, cada uno sabía si se pasaría con los argentinos o con los brasileños, por una cuestión de cercanía. Aunque también cabía la posibilidad de que algún jugador destacado de cualquiera de los países participantes se ganara, por sus habilidades o sus locuras, toda nuestra admiración: pienso en las maravillas circenses de René Higuita, por ejemplo, que hizo que muchos de los niños que jugaban de porteros decidieran salir a la cancha. O Chilavert, pateando aquellos tiros libres que en caso de errarlos lo ponían en desventaja atravesando el campo de juego a toda velocidad, confiado en que los jugadores de su equipo lo protegerían a capa y espada.

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